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Humberto González Briceño: Cuando el Rey cae ¿Termina la partida?

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En ajedrez, cuando el rey desaparece del tablero, la partida deja de existir. En Venezuela, en cambio, la política se permite anomalías: el rey cae y el juego continúa, aunque ya no se sepa muy bien bajo qué reglas. La aprehensión de Nicolás Maduro ha sido leída como el golpe final al régimen chavista. Otros, más cautos, la interpretan como un episodio más de una larga partida amañada. Ambas lecturas contienen algo de verdad y conviene mirarlas juntas, sin triunfalismos ni derrotismo automático.

Desde la perspectiva más fría, el chavismo nunca fue un proyecto personalista en sentido estricto. Maduro era el rey, sí, pero un rey sostenido por un entramado de torres militares, alfiles ideológicos y caballos operadores. Su función principal no era mandar, sino equilibrar. Garantizar que ninguna facción se sintiera excluida del botín ni amenazada por las demás. Al desaparecer, no se derrumba el tablero: se desordena. Y ese desorden puede ser tan peligroso como liberador.

Ahí entra Delcy Rodríguez, investida ahora como mando presidencial. No es una reina coronada, sino una pieza promovida a la fuerza, sin el respeto automático del resto. Gobierna bajo sospecha permanente. No controla plenamente a las Fuerzas Armadas, no tiene carisma interno ni crédito externo, y carga con el expediente completo del régimen. Está, como se dice con ligereza pero con precisión, entre la espada y la pared. Cada movimiento que haga —reprimir, negociar, esperar— abre una grieta distinta.

Desde esta óptica, no hay jaque mate. Las torres siguen en pie, los alfiles repiten el dogma aunque ya no crean en él, los caballos buscan salidas individuales y los peones se adaptan con la flexibilidad moral que siempre los ha caracterizado. El régimen puede seguir jugando, incluso sin rey, apostando al desgaste del adversario y a la resignación del país.

Pero hay otra lectura posible, menos cínica y no necesariamente ingenua. La caída del rey no es sólo simbólica: rompe el centro de gravedad del sistema. Sin una figura que arbitre y reparta, el chavismo entra en una fase en la que es preferible no hacer nada, porque cualquier jugada que haga empeorará su posición. Es decir, el chavismo está en una especie de trampa inevitable: cualquier jugada que haga, le acerca más a la derrota. Cualquier movimiento empeora su posición. La cohesión interna se vuelve costosa, la disciplina más frágil, la lealtad más transaccional que nunca. Ya no se juega para ganar, sino para sobrevivir. Esto es conocido como zugzwang, palabra alemana aplicada al juego de ajedrez.

Ese es el resquicio de optimismo. No porque Delcy vaya a conducir una transición virtuosa, sino porque su margen es tan estrecho que acelera el desgaste. El tiempo, que antes jugaba a favor del régimen, empieza a volverse incómodo. Las piezas se estorban, los silencios pesan, las decisiones se pagan caro. La impunidad, gran incentivo del chavismo, deja de ser una garantía colectiva.

¿Es jaque mate? No todavía. Pero tampoco es la partida interminable de antes. Es un final abierto, tenso, donde la ventaja no está en la fuerza bruta sino en la incapacidad de recomponer el centro. En ajedrez, muchas partidas no se ganan por brillantez, sino por errores acumulados. Y el chavismo, sin rey y con una regente sitiada, parece condenado a seguir jugando… hasta que ya no pueda mover ninguna pieza sin perder algo esencial.

Maestría en Negociación y Conflicto – California State University -+1 (407) 221-4603 – humbertotweets

 

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