“El trapo rojo”, el mismo que el torero usa para provocar la embestida del toro, un animal que entrenan y hasta encierran para incomodarlo y reaccione embistiendo, que no lo es siquiera agresivamente, con la finalidad de hacer que un hombre, ser humano, se “luzca”, de manera estudiada y fingir hermoso un acto bestial, donde los roles se cambian; como que “la bestia” o bestias, terminan siendo el torero, quienes le acompañan y a aquel criminal, sádico espectáculo, aplauden y llaman fiesta. Y con ella se emborrachan y aplauden. La gente echa el cuento como le agrada y hasta conviene. La víctima es bestia, pues así el cuento es más bonito.
“El trapo rojo”, usado para incitar a un animal, como todos, naturalmente manso, entrenado criminalmente para reaccionar ante determinados gestos, se usa también para excitar, crear temor al toro e incitarlo a que embista a quien tiene al frente. Por supuesto, el toro no embiste al color rojo, tampoco al hombre que se pone “a un lado”, sino al movimiento del paño o de la muleta. La embestida del toro, que es resultado de la excitación, sacarle de su tranquilidad, incomodarlo, sirve para que el torero se “luzca”, haciendo unos movimientos repetitivos y nada artísticos, pero que, por la repetición, a lo largo de los tres tercios o partes de la corrida, le den fundamento moral al asesinato del animal por parte de la verdadera “bestia”, el hombre. Antes, el toro, ha sido condicionado por sus creadores para un espectáculo triste y deprimente que llaman “fiesta brava”.
Y no pondré énfasis en los picadores, personajes como sacados de las cámaras de torturas más crueles; sádicos que gozan agujereando el cuerpo del toro con una puntiaguda lanza, montados en un caballo, por demás protegidos para que el toro, a quienes las bestias llaman bestias, no les toque, si acaso al caballo, al cual protegen con una gruesa manta, sólo para que el toro no les dañe una propiedad e instrumento.
Por eso, en el lenguaje coloquial, “desplegar el trapo rojo”, tiene la connotación de provocar odios y temores. La definición de socialismo, que pudiera ser el toro, por lo inocente, lo impreciso, se volvió un trapo rojo. El primer Estado llamado impropiamente socialista, nació en Rusia. Del fondo del viejo y despótico imperio ruso nace un Estado, derivado de una crisis de enorme magnitud en todos los planos, donde la pobreza general es lo distintivo; este, apoyado por fuerzas obreras organizadas militarmente, se apropia de lo existente. Se le asume como una síntesis de aquella multitud y sus intereses. La historia cuenta como aquel Estado asumió su responsabilidad y derechos. Lo suyo lo repartió según su conveniencia y en función de todo lo que acontecía a su alrededor, en favor y en contra. La idea del viejo imperio y el emperador fue disuelta o convertida en un Estado nuevo, con nuevos gobernantes, dueños de lo que antes fue del emperador, los suyos, incluso el autoritarismo. Fue una herencia completa. Hasta que el modelo que, pareció congelarse y pretendía seguir en una eterna transición, entró en crisis y pasó lo que todos sabemos. Pero fueron tantos los años, desde 1917, que por llamar aquello socialismo, puesto en una constitución, llegamos a creer que aquel modelo, donde lo privado, hasta el aire de los pulmones, pasó a manos del Estado, era lo relativo a la propiedad de todos, del común. En Rusia se generó un Estado poderoso, con capacidad hasta de financiar proyectos costosos fuera de su frontera, afrontar guerras, como la II mundial con éxito, que la llevó a consolidar la URSS, con naciones que supuestamente había liberado y hasta hazañas como los viajes al espacio, que en nuestra juventud nos llenó de asombro y admiración.
Pero ese estado de cosas que, según algunos teóricos hasta respetables, era un Estado o momento de transición hacia el verdadero socialismo, intentó eternizarse, pues las vanguardias, pese las sustituciones personales, no encontraron cómo desenredar la madeja o les pareció que aquello era lo ideal. Hicieron su cunita y allí se refocilaron. La verdad es que el cambio hacia la búsqueda del equilibrio no obedece a esa forma o brebaje y menos atiende las órdenes de esa vanguardia sino demanda el respeto del acontecer.
Pero dicen que “el ojo del amo, cuida el caballo”. El caballo estatal, el amo, es manejado por quienes no son los amos, pero descubren que, mantener aquello, va en su estricto beneficio. Los obreros, los trabajadores todos, quienes producen, de repente, también se percatan que no son dueños del caballo y que quienes, en verdad lo tienen y aprovechan como tal, poco interés prestan por sus problemas y, entonces, ellos también, comienzan a desentenderse por la salud, el ritmo y dirección del caballo. Más, si este, a ellos nada les tira.
Entonces llegamos a un momento que, en verdad, el caballo no tiene dueño ni nadie quien lo cuide. O mejor, la finca que es el caballo y todo lo demás, sólo sirve para sacarle lo que produce, a la vista de todos y a escondidas. El Estado, quien se cree dueño, pero para aprovecharse de ello, pero poco para cuidarla, pues no es suya, sólo se aprovecha, se vuelve demasiado celoso por lo que la finca tiene, pero duro y tacaño con quienes en ella trabajan. Y estos, ante aquello, se llenan de remordimiento y desinterés porque eso no es suyo. Y a esto todo lo cunde el moho, la pobreza y hasta lo peor, el desencanto. Por eso, se vino abajo la URSS y reapareció la Rusia boyante de ahora y los alemanes de la parte oriental, se la pasaban, no trabajando, sino esperando el menor descuido de los vigilantes para saltar la cerca. Por cierto, la Rusia de hoy, se financió con capitales acumulados por quienes manejaban al caballo.
A un conductor de un vehículo del Estado, en un país inadecuadamente definido como socialista, le oí decir, en un video, “aquí, nosotros hacemos las veces que trabajamos y el gobierno que nos paga adecuadamente”. Esto es sustantivo
Es falso de toda falsedad que en alguna parte haya habido alguna sociedad socialista, pues decir que lo es y hasta estamparlo en la constitución no es suficiente; es como llamar, a un morrocoy, gallo.
Los enemigos del “sueño” socialista -la palabra “sueño” la uso muy deliberadamente, porque ello implica la lucha constante en favor de los trabajadores, pese podamos asumirla de manera distinta a como lo hizo la ortodoxia, se valen de los fracasos, errores de vanguardias que creyeron que el socialismo se lograba por la vía de la imposición y la fuerza pura, casi como el único elemento, lo que los llevó a simple capitalismo de Estado, para exhibirlo como causante de miseria colectiva. Estudiadamente pasan por alto que el mundo lleno de miseria, desigualdad y hasta discriminación, se identifica plenamente con el capitalismo clásico. Y llaman socialismo a sociedades de capitalismo de Estado, porque algún iluso y hasta apurado, se le ocurrió poner en la constitución la definición socialista, como si eso fue se lo determinante y sustantivo; pese la estructura dice otra cosa.
Aquí, en Venezuela, pese las variantes cuantitativas, derivadas de la decadencia del rentismo petrolero o lo que es lo mismo, ha dejado de entrarnos en buena magnitud el maná petrolero, lo demás sigue igual como antes. Claro, como dije, hay un cambio, un Estado empobrecido, tanto que, los capitales imponen la política cambiaria, lo que nunca sucedió en la llamada IV República y un empresariado acostumbrado a la “manguanga”. No olvidemos, vale la pena recordarlo, que los adecos mismos, llamaron a la dominante clase capitalista nuestra, “parasitaria”. Es decir, nacida, amamantada por la renta petrolera, a base de créditos demasiado géneros, generalmente para importar mercancías y hasta gran parte de esos créditos invertirlos en el exterior. Lo que nos lleva a darle valor sustantivo a un Estado poderoso, como el rentista nuestro, aunque debiera ser con un modelo más sostenible y soberano, que por su fuerza no se deja manejar unos pocos capitalistas poderosos.
Pero aquí, el asunto se agravó con las sanciones que, generó crisis deterioro y hasta destrucción de nuestro negocio petrolero, basta recordar a Citgo, la disminución descomunal de la producción y venta de petróleo y el fracaso de generar una economía sustitutiva. Y, no sé si es acierto, pero tengo fuertes sospechas, que los supuestos aliados, en los que creíamos nos sacarían rápido de la crisis que se derivaría del discurso desafiante y al parecer sin sustento de Chávez, como aquello “aunque dejen de comprarnos hasta una gota de petróleo, seguiremos triunfantes hacia adelante”, tienen también su estrategia de dominio, por lo que las angustias nuestras a ellos no les contaminan.
Entonces el supuesto socialismo cubano, que ellos mismos se atribuyen y es utilizado por factores opositores al gobierno venezolano – aunque hay algunos ilusos relacionados con éste que eso creen- explican o responsabilizan las dificultades y la miseria, propia del capitalismo global, hasta en el seno de países ricos y poderosos, al socialismo. Dicen “el socialismo es miseria”, ignorando, a veces de manera convencional que, del estado de miseria del cual hablan es del capitalismo, bien privado exclusivamente o estatal. La miseria, la pobreza, según las cifras, es un fenómeno mundial, global y los países llamados arbitrariamente socialistas donde hay miseria, pobreza, apenas son dos. Pues Vietnam y China, que no son socialistas sino de capitalismo de nuevo tipo, donde el Estado es propietario de parte del capital, pero también este pertenece en buena medida al sector privado, pero ellos, sobre todo China, por razones fáciles de entender, se siguen llamando socialistas, la pobreza casi ha desaparecido y según las cifras, cada día disminuye, mientras en el mundo capitalista clásico se expande. Y no hablo de explotación del trabajo, pues ese es un tema “aparte”.
Pero, el “trapo rojo”, ese del socialismo o comunismo, como causa de la pobreza, lo toman de Cuba, una sociedad capitalista de Estado, que desde hace unos pocos años, intenta asirse a la experiencia China, pero algo hay allí digna de estudiar que hace el “retorno” bastante lento y de Venezuela, que nunca ha hecho nada sustantivo por salirse de los límites y normas de capitalismo clásico, pero sufre los efectos de unas severas sanciones impuestas por un país capitalista y de las dificultades para insertarse adecuadamente en los espacios donde antes estuvo y ahora de sus potenciales aliados.
De modo que acusar al socialismo como engendrador de pobreza, usarle cual trapo rojo, sin que “el pobre”, ni siquiera haya nacido en parte alguna, para generar odio y hasta miedo, es un muy manejo de la realidad, de las ciencias sociales y un proceder lleno de mala fe.
La pobreza enorme que acumula el mundo es inherente, no en gran medida, sino exclusivamente al modelo dominante. Buscar culpables fuera y entre fantasmas es un mentir, falsificar la realidad.
Es como cuando a uno, en mi barrio, siendo niños, para que no nos escapáramos de noche, al centro de la ciudad, nos decían: Allí en la esquina, , la llamada de “Los dos corrales”, donde están esas dos matas de yaque, que unen sus ramas y forman un techo, de noche se montan los fantasmas y el hombre sin cabeza a esperar que pasen los niños para darles muerte.

