Normas precursoras de un código de deontología para maestras.
Como es adentro, así ha de ser afuera.
Bajo estas condiciones, Ana jamás hubiera podido ser maestra.Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto y la palabra. Gabriela Mistral.
Nota del Autor: Los códigos de moralidad aplicados al magisterio femenino en 1923 no fueron un suceso aislado, sino un estándar panamericano e hispánico. Estos requisitos de decoro y castidad —que consisten en contratos y reglamentos de consejos de educación en España, Estados Unidos, y países como Costa Rica y Argentina— eran, mutatis mutandis, idénticos. Dada la ausencia de un alfabetismo universal y el imperante rigor religioso de la época, estos estándares se constituyeron como un baluarte moral necesario contra la incorrección social y el desafuero. La estricta mentalidad conservadora, sumada a la búsqueda de mantener a la mujer en el Designio de Dios y evitar que se apartara de su esencia más justa y pura, hacía imposible que el país se abstrajera de aplicar estos códigos, los cuales, en su espíritu, procuraban que la mujer docente no se desviara de la imagen de decoro y virtud que el Creador espera de ella. De este modo, se impedía que la explosión y el cambio de la estructura económica desdibujaran una imagen de prestigio internacional. Por ello, el análisis de estos requisitos se extiende, por analogía, a toda la región cultural de la época, demostrando la coherencia moral que se exige a los educadores.
La Ilusión de la Titulación frente a la Realidad de la Moral
En el año 1923, la figura de la maestra en Venezuela era un pilar social y también el objeto de una idoneidad ética. Si bien la legislación formal del magisterio exigía el Título de Maestro Graduado de una Escuela Normal —o, en su defecto, la aprobación de un riguroso examen de suficiencia—, la realidad laboral estaba dictada por lo que podemos llamar el precursor de un código deontológico. Este cuerpo normativo, detallado y establecido por escrito en los contratos y reglamentos de la época, superaba con creces los requerimientos pedagógicos.
Contrato de 1923 para Maestras.
“El acuerdo del Contrato de 1923 para Profesoras, realizado por los Consejos de Educación, establece que este es un acuerdo entre la señorita ___________________________, maestra, y el Consejo de Educación de la Escuela __________________________, por el cual la señorita acuerda impartir clases durante un período de ocho meses a partir del ____ de Septiembre de 1923, a cambio de que el Consejo de Educación acuerde pagarle la cantidad de ______________ mensuales; además, la señorita __________________________ acuerda: 1. No casarse, ya que este contrato queda automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casa; 2. No andar en compañía de hombres; 3. Estar en su casa entre las 6:00 de la tarde y las 6:00 de la mañana, a menos que sea para atender una función escolar; 4. No pasearse por las heladerías del centro de la ciudad; 5. No abandonar la ciudad bajo ningún concepto sin permiso del presidente del Consejo de Delegados; 6. No fumar cigarrillos, pues este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando; 7. No beber cerveza, vino o whisky, ya que este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encuentra a la maestra bebiendo cerveza, vino o whisky; 8. No viajar en coche o automóvil con ningún hombre, excepto su hermano o su padre; 9. No vestir ropas de colores brillantes; 10. No teñirse el pelo; 11. Usar al menos dos enaguas; 12. No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros por encima de los tobillos; 13. Mantener limpia el aula, lo que implica: a. Barrer el suelo al menos una vez al día, b. Fregar el suelo del aula al menos una vez por semana con agua caliente, c. Limpiar la pizarra al menos una vez al día, d. Encender el fuego a las 7:00 de la mañana de modo que la habitación esté caliente a las 9:00 de la mañana cuando lleguen los niños; y 14. No usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios. Publicado en el libro Mujeres forjadoras del pensamiento costarricense de la Dra. Grace Quesada.
El contraste entre el requisito formal (la preparación técnica) y el requisito tácito (la moralidad intachable) es un espejo de la sociedad de la época: la filosofía que inspiraba el respeto de estas cláusulas morales exigía que la maestra fuera una profesional competente, pero, ante todo, congruente con el rol de sacerdotisa de la moral y el dogma, una vigilante y forjadora de las deseadas costumbres sociales.
Las Prohibiciones Silenciosas: Cuerpos y Vidas Bajo Custodia
En ese contexto histórico, la estabilidad laboral de la maestra dependía de su capacidad para ser un “ejemplo moral” absoluto, lo cual conllevaba la obligación de asumir un modelo de vida ejemplar dentro y fuera del aula. El magisterio, en esa época, era considerado un verdadero apostolado, una misión de alta dignidad y servicio, similar a la concepción del sacerdocio. ¿Cómo podría sostenerse tal dignidad si la maestra no era congruente con ella en su vida privada? Este rol, aunque voluntario, hacía imperativo el sometimiento a un conjunto de normas, pues sin ellas, era imposible luchar contra los ímpetus e impulsos deformadores del espíritu y de la gracia. Precisamente, la rigidez de estos requisitos buscaba que la maestra fuera internamente una maestra de sus hábitos y costumbres, para que su comportamiento externo reflejara la seriedad del cargo. El ideal que se perseguía era la adhesión de la mujer a su Designio Divino, una conducta que, conforme a las Escrituras, requiere que la mujer se atavíe “con modestia y sobriedad” y “con buenas obras” (1 Timoteo 2:9-10).
Por ello, este compromiso implicaba una subordinación completa de la conducta personal a las expectativas morales de la comunidad y el Estado. Estas normas, establecidas en los documentos contractuales y reglamentarios, operaban como un requisito de observancia obligatoria para mantener el empleo y la reputación:
*La Inmaculada Reputación y el Aforismo de César: Se esperaba, como se ha dicho, una conducta intachable dentro y fuera del aula. Para que la estela de la maestra dejara rastro imborrable de virtudes. Su función era, esencialmente, moldear a las futuras madres de familia bajo la óptica conservadora y religiosa dominante. La más mínima sombra de duda sobre su moralidad era inaceptable. Este requisito se resumía en la máxima: “A la mujer del César no solo le basta ser honesta, sino que debe parecerlo”. A la maestra no le bastaba con ser decente, tenía la obligación social de parecerlo en todo momento.
*El Veto al Matrimonio (Obligación de Celibato): Casarse a menudo significaba la pérdida automática del cargo. Esta cláusula requería a la maestra una obligación de celibato profesional, un estado de soltería virtuosa, pues se suponía que la maestra debía dedicar su vida enteramente a la instrucción. Su vida y su reputación, dada la alta dignidad de su apostolado, debían ser un cristal prístino, inmaculado. Si las normas de la época vetaban el matrimonio, un acto lícito y autorizado por la ley y la religión, ¿con qué mayor justificación y rigor no vetarían las relaciones lujuriosas, ilícitas e inmorales? La lógica es contundente: si se prohibía el matrimonio, la ley del decoro castigaría con mayor vehemencia el desenfreno o las conductas ilícitas. Un escenario tan licencioso, donde se pudiera especular, incluso, sobre una supuesta predilección de las maestras por hombres más dados a la fuerza física que al intelecto (como eran percibidos popularmente algunos maestros de Educación Física) o la seducción invisible de los locutores y las voces de la radio que, al prometer amor y encuentros furtivos a través de las ondas, desfiguraban el ideal del matrimonio y la rectitud, se convertía en el pretexto perfecto para la negación absoluta de la “moral del aula”, resultando en una expulsión fulminante y en el oprobio social.
*La Austeridad Estética y Social: Estaba mal visto fumar o que se le viera fumando, frecuentar bares, o asistir a bailes considerados “indecorosos”. El vestir debía ser discreto, recatado y sobrio, ya que la maestra no podía permitirse la menor sombra de sospecha. La obligación de ser un modelo de sobriedad era absoluta. Bajo estos parámetros, ¿qué destino le esperaba a la maestra si sus propios vecinos o los padres de sus alumnos la denunciaban por recibir visitas inapropiadas, tener un amante secreto, o simplemente por recorrer las calles solas a horas tardías sin una justificación de estricta necesidad? Su nombre, inmediatamente, andaría de boca en boca, siendo calificada sin piedad como “fiestera”, “maestra alegre”, “ninfómana” o “ligera de cascos”. La reputación no era un asunto privado; era una extensión de la escuela, y su compromiso con el decoro era absoluto y vigilado por toda la comunidad.
La meta no era solo instruir a los niños; era custodiar el Designio de Dios y la moral cristiana.
De Sacerdotisa a Profesional: La Respuesta Gremial y la Lucha por la Dignidad
Abstrayéndonos de esas normas deontológicas o precusoras de la deontología docente para las maestras, había otro asunto que abordar y eran las mejoras en la infraestructura de la educación y otros asuntos laborales, porque respecto de la moralidad todo estaba claro de qué es lo que se quería, y precisamente se requerían mujeres cuyo comportamiento externo fuera fiel reflejo de su fuero interno para lograr que la educación estuviera en las manos y en el ejemplo de mujeres virtuosas.
El nacimiento de la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria (SVMIP) en 1932 y, más tarde, la Federación Venezolana de Maestros (FVM) en 1936, marcó el inicio de la transformación. Lideradas por educadores visionarios, estas organizaciones lucharon incansablemente por la profesionalización real, la dignificación salarial y la autonomía de la docente. Pero es necesario preguntarse qué pensaría la sociedad de la época si estas reuniones gremiales hubieran sido, en realidad, el pretexto perfecto para que las maestras, impedidas de casarse, buscaran una vida licenciosa y clandestina. La idea de que el sindicato sirviera como una fachada para la búsqueda abierta de parejas, o peor aún, para “quitarle el marido” a otras mujeres, sería para el puritanismo la complicación del desorden moral. Especialmente si, siguiendo la socarronería de la época, se llegaba a asumir que la supuesta preferencia de estas maestras recaía en profesionales que, según el prejuicio popular, poseían más vigor físico que intelecto (como eran vistos los maestros de Educación Física), pues este argumento puritano servía como la excusa perfecta para desvirtuar la nobleza de la causa gremial, reduciéndola a una simple fachada para la inmoralidad organizada.
El éxito de este movimiento no solo mejoró la calidad de la educación a través de las exigencias de infraestructura y la dignificación salarial, sino que, progresivamente, le otorgó a la docente el estatus de profesional, permitiéndole reclamar una autonomía y una esfera de vida privada. Esta última, a su vez, significó el fin del encause moral con que la sociedad de 1923 había logrado contener conductas no deseadas ni lícitas para ese tan digno cargo.
Fue el momento en que la maestra, citando la rebeldía del ícono pop, decidió: “Voy a traer el pelo suelto, voy a ser siempre como quiero, aunque me tachen de indecente, aunque hable mal de mí la gente”. El cordón umbilical del control moral había sido cortado, dando paso a una licencia sin contención que el puritanismo tanto temía.
Sin embargo, la historia nos obliga a una pregunta incómoda: si aquel código de conducta, con sus límites imprecisos entre la moral recta y la vigilancia extrema, fue percibido como un yugo, ¿no se corre hoy el riesgo de haber canjeado el decoro por el desafuero? La duda se impone: esa autonomía duramente conquistada, ¿ha devenido en una “libertad enrarecida” por el abandono progresivo de las normas que mantenían la conducta en su carril? Es claro que los cánones morales que tenderán a la dignidad, al prestigio y al honor jamás constituirán una opresión para la persona correcta; pero para quien busca una moralidad permisiva —aquella que tolera el vicio y el espectáculo público—, cualquier norma de limpieza y sanidad será vista, irónicamente, como la restricción más severa.
Conclusión: El Núcleo Inexorable de la Ética
La historia de estos códigos nos revela un principio inexorable: cada época y cada sociedad construye sus propios cánones morales, donde lo lícito para unos puede ser inmoral para otros, pero esta relatividad no puede ser el arbitraje definitivo de la conducta. El riesgo mayor, y más sutil, reside precisamente en esta metamorfosis, donde las mentes perversas de cada tiempo buscan, intencionalmente, mutilar la moralidad concebida con pureza y justicia. El fin es dejar una “rendija de ilicitud”, logrando que aquello que es intrínsecamente inmoral sea tolerado y asumido socialmente como la nueva ética. Sin embargo, la verdad de la conciencia, esa “presencia de Dios en el hombre” de la que hablaba Víctor Hugo, y el principio cristiano de “Todo me es lícito, pero no todo conviene” (1 Corintios 10:23), nos recuerdan que lo correcto es correcto en cualquier tiempo y lugar. No todo lo que es permitido se convierte en lícito; por ello, la verdadera dignidad de una sociedad se mide por la resistencia de su núcleo ético frente a la complacencia de lo inmoral. Bajo esta luz, la maestra que se presenta en el aula con vestimenta escandalosa, que se conduce de forma impropia con estudiantes o colegas, o que actúa con desenfreno público, podrá tener la ‘permisividad’ de su época, pero jamás la ‘licitud’ moral que exige el Designio de Dios para la mujer ni la sanidad del ejemplo que demanda la profesión, lo cual se ve a años luz de lo que la imagen de algunas mujeres proyectan hoy en día, en franco desacato a Dios.
La conclusión ineludible es que, en materia de ética, la virtud se encuentra en el justo medio: “Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”. La historia del magisterio femenino nos enseña que toda regla moral busca proteger la dignidad y el prestigio de la sociedad, la imagen de sus instituciones, dado que como es adentro debe ser afuera. Si en 1923 esas normas precursoras de un código deontológico perseguían la pureza en la conducta de las maestras y que ellas fueran el vivo ejemplo de corrección; la época actual peca por la erosión de los valores que un educador debe encarnar. La conciencia siempre sabrá distinguir la rectitud de la ilicitud. La pérdida de respeto, moral y honor en el presente es, en esencia, la destrucción de esa caja de valores que, en otro tiempo, se exigía con dureza a quienes tenían la sublime tarea de formar a las generaciones de futuro.
Cuando el fango se sube al nivel del espíritu, no hay moralidad ni hay conciencia; todo es podredumbre y cieno. Benito Pérez Galdós.
Profesor universitario – crisantogleon@gmail.com

