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Clodovaldo Hernández: El submarino y la patera, crónica de un mundo inicuo

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Habitando el tiempo

Es esperanzador notar que en las redes sociales hubo una fuerte tendencia de indignación sobre el tratamiento desigual que se le dio a dos tragedias marítimas: el naufragio de una embarcación cargada con cientos de migrantes africanos en aguas del mar Jónico; y la implosión del submarino en el que cinco personas iban a ver los restos del Titanic.

Con mucha pertinencia, los opinadores de Twitter y otras plataformas comunicacionales señalaron que la comparación de estos dos eventos es motivo de una tremenda vergüenza para el norte global, para el capitalismo hegemónico y, en cierto modo, para la humanidad toda.

El pequeño barco de los migrantes (patera, en la jerga española) iba lleno de gente desesperada por huir de sus países y llegar a Europa en procura de un trabajo y alguna condición de vida decente. Pero la normativa impuesta por la Unión Europea es “estricta” (inhumana, sería mejor epíteto): quienes intenten ingresar ilegalmente por mar y zozobren, ¡qué se hundan!

Nada más en lo que se refiere a España y al año 2022, 2 mil 390 personas que intentaban ingresar al país murieron o están desaparecidas, según cifras oficiales. Buena parte de estos seres humanos se ahogaron en el mar Mediterráneo o en el océano Atlántico (tratando de entrar a las islas Canarias). Y en no pocos casos, se convirtieron en víctimas de naufragios sobre los que fueron alertadas oportunamente las autoridades marítimas, que se abstuvieron de actuar. Como suele decirse, los dejaron morir.

Entre los fallecidos siempre hay montones de niñas y niños porque los migrantes se lanzan a la aventura de navegar en pequeñas e inseguras embarcaciones cargando con toda su familia.

Lo más lacerante es que casi todos los que sufren este trance provienen de países que han sido esquilmados por la pensante Europa a lo largo de siglos; que están sufriendo guerras propiciadas por las potencias capitalistas mundiales para disputarse sus recursos naturales; o de naciones que eran prósperas y fueron hechas pedazos por motivos geopolíticos, como es el caso de Libia.

En contraste con el drama de los hombres, mujeres, niñas y niños pobres que mueren sin recibir ningún auxilio, se conoció el caso del vehículo sumergible Titán, en el que viajaron cinco personas de alto nivel económico. Ellos o sus familiares, pagaron por el exclusivo privilegio de llegar hasta el lugar donde, según las investigaciones, reposan los restos del famoso trasatlántico hundido en 1912.

Cuando se tuvo indicios de que había sufrido algún percance, se desató una operación de gran calado, con participación de grupos especializados de rescate de varios países, utilizando los más avanzados equipos y transportes. Se hizo todo lo humana y materialmente posible para salvarlos, pero el daño sufrido por el sumergible había sido catastrófico.

No solo hubo diferencias notables en la logística de rescate (de la inacción total en el caso de la patera a los máximos esfuerzos en el de Titán), sino también en la cobertura de los grandes medios de comunicación controlados por la plutocracia mundial.  Sobre los africanos muertos, silencio absoluto o un breve comentario que rápidamente salió de circulación. Sobre los multimillonarios malogrados, grandes coberturas noticiosas, reportajes, entrevistas, perfiles, infografías, fotografías… La comparación es la crónica de un mundo que cada vez se torna más inicuo y vil.

 

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