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Carles Manera: Datos y economía

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El mundo en el que vivimos se caracteriza, entre otros elementos, por su enorme complejidad. Se dirá que esto siempre ha sido así, y en parte es cierto. Pero no cabe duda de que el avance tecnológico, la profusión de datos y la extensión exponencial de la información y de la desinformación, conforman un panorama que resulta difícil desatascar. Nos hallamos inundados de variables, magnitudes de todo tipo, muchas veces contradictorias, que obedecen a tendencias que en multitud de ocasiones se enmarcan en lo que se ha denominado autoritarismo tecnológico. Éste, según indica Francesca Bria, economista especializada en innovación y políticas digitales, constituye una fuerte e intensa erosión a la democracia.

Sin embargo, la economía del dato puede proporcionar, al mismo tiempo, sendas de avance social, sanitario, económico. Desde la primera revolución industrial hasta la cuarta –la que estamos viviendo–, la tecnología ha constituido siempre un factor de carácter social y económico; y, también, de dominio, de emulación. Cómo se utilice: esa es la clave. Aquí las trayectorias difieren notablemente, tal y como indica la profesora Bria y como advirtieron, en su momento, tecnólogos eminentes como Nathan Rosenberg.

En este panorama, el reconocimiento a científicos que trabajan con esas complejidades de los datos constituye un desenlace positivo. Lo hemos visto hace pocos días con el doctorado honoris causa de la UIB al profesor Mateo Valero, director del Barcelona Supercomputing Center (BSC), un científico que lidera un equipo de 1.400 personas que trabajan en un centro único en Europa sobre el tratamiento de los sistemas complejos, de la inmensidad de los datos, con ramificaciones que van desde la industria militar, las finanzas hasta los retos sanitarios y ambientales. Estos dos últimos vectores pienso que no se han enfatizado suficientemente, y son desafíos estratégicos. La colaboración con los equipos de Valero será importante para los científicos de la UIB. Científicos que tienen aquí, en el Campus, un centro de gran trascendencia y relativamente poco conocido: el Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos (IFISC), fundado por el catedrático Maxi San Miguel, una institución con 100 investigadores que está inserto en el tratamiento del alud de datos que van desde la economía hasta el medio ambiente. Y con contactos estrechos con centros de referencia en todo el mundo.

Existe una capacidad tecnológica innegable en nuestro ecosistema de conocimiento. Se conoce poco, y los medios no suelen destacar sus logros y avances. O, simplemente, su trabajo cotidiano, que requiere un gran esfuerzo de los equipos humanos, a veces en condiciones económicas muy limitadas. Apostar por todo esto, por la ciencia en su más amplia acepción, y por el conocimiento, debe constituir una de las principales fuerzas motrices de las administraciones. Justamente en este mundo complicado, incierto, regido por ese principio de incertidumbre que aportó el físico cuántico Werner Heisenberg. El riesgo se puede medir; la incertidumbre no. De ahí que conviene disponer de herramientas potentes que traten esos datos con los que se pueda, también, forjar un mundo mejor.

 

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