El comportamiento suicida muestra un preocupante aumento en todo el mundo y ya se considera hoy un grave problema tanto de salud como de política pública. Cada año pierden la vida más de 800.000 personas por suicidio, lo que representa un deceso cada 40 segundos (Organización Mundial de la Salud, 2024). Es la 4ª causa de muerte en jóvenes […]
El comportamiento suicida muestra un preocupante aumento en todo el mundo y ya se considera hoy un grave problema tanto de salud como de política pública. Cada año pierden la vida más de 800.000 personas por suicidio, lo que representa un deceso cada 40 segundos (Organización Mundial de la Salud, 2024). Es la 4ª causa de muerte en jóvenes de 15 a 29 años. Además, por cada suicidio consumado, hay 20 intentos fallidos. Y si bien el daño mayor y más lamentable es la pérdida de tantas vidas humanas, este fenómeno tiene un alto costo emocional y social -tanto para las familias y comunidades como para la sanidad del tejido social – y un alto costo económico, De hecho, la OMS estima que el suicidio genera pérdidas billonarias anuales en atención médica, ausentismo laboral y años de vida productiva perdidos.
La creciente gravedad de este problema de salud pública nos exige a todos conocer y divulgar la mayor información posible que ayude a mitigar el flagelo y a salvar vidas. Y parte de la necesaria prevención de la conducta suicida exige conocer que se trata de un fenómeno multifactorial. Detrás de ella están implicados diversos factores personales, sociales y culturales.
Se han desarrollado varias teorías para explicar cómo los factores de riesgo se relacionan entre sí y predicen pensamientos y conductas suicidas. Las primeras teorías explicaban el suicidio básicamente a partir de los trastornos psicológicos. Luego, el interés se centró en el tema del riesgo suicida. Pero en la actualidad el énfasis está orientado a comprender y explicar cómo las conductas suicidas se originan de la combinación de tres tipos de factores, a saber, los socioculturales (modo de socialización, normas de crianza, creencias, factores familiares como conflicto y desvinculación), factores personales (como historia de aprendizaje, baja confianza interpersonal, impulsividad, capacidad para identificar y manejar emociones, pensamientos recurrentes de inutilidad, baja autoestima, desesperanza, pobre apoyo familiar y social, depresión) y factores del entorno (crisis económica que desencadena fuertes sensaciones de estrés, incertidumbre e inestabilidad política, vulnerabilidad social, falta de servicios básicos y precario sistema de salud, entre otros).
Hoy en día se sabe que 90% de los suicidios es prevenible con políticas públicas adecuadas a través, por ejemplo, de programas de prevención, teleasistencia, atención psicológica/psiquiátrica, educación, mejoras en la oferta de servicios públicos de salud mental, atención política a los factores de entorno demostradamente asociados con el riesgo suicida, estrategias de intervención en grupos vulnerables, y divulgación de información confiable y útil que contribuya a disminuir el riesgo de aparición de la conducta suicida. Precisamente con respecto a este último punto, es cada vez más necesario e importante combatir la desinformación y los mitos relacionados con el comportamiento suicida. De manera muy sucinta, revisemos 7 de los mitos más frecuentes sobre este fenómeno.
1) Mito: “Solo las personas con trastornos mentales graves se suicidan”.
Realidad: Los trastornos mentales son ciertamente un factor de riesgo común de la conducta suicida. Los casos frecuentes son distimia, depresión y trastorno bipolar. En menor medida, déficit de atención e hiperactividad, y trastornos de conducta. En los primeros son usuales el malestar, los pensamientos e ideación suicida y en los últimos, el comportamiento errático e impulsivo que puede llevar a las personas a acciones suicidas sin pensar en las consecuencias. Pero aunque la depresión y otros trastornos son factores de riesgo, el suicidio es multicausal: pérdidas recientes, trauma, aislamiento, enfermedades crónicas, o crisis vitales pueden desencadenarlo sin un diagnóstico previo.
En concreto, los trastornos mentales no implican necesariamente acciones o ideas suicidas. Son predictores generales, no específicos del suicidio ni mucho menos determinantes monocausales. Es necesario desmitificar la creencia de que sólo las personas con trastornos mentales o depresión se suicidan. De hecho, cualquier persona puede cometerlo. Por ello, el aumento de la tasa de suicidios no puede ser visto sólo como debido a variables intrapsíquicas o a trastornos psicológicos, en abstracción de las variables contextuales y del entorno.
2) Mito: “Si alguien sobrevive a un intento de suicido, el peligro ya pasó”.
Realidad: El período posterior a un intento es de alto riesgo. Muchos suicidios consumados ocurren en los primeros 3 meses tras un intento, cuando la persona sigue vulnerable.
3) Mito: “Los niños no piensan en suicidio”.
Realidad: A nivel mundial, el suicidio es la 5ta causa de muerte entre los jóvenes de 10 a 15 años y la 4ta causa de muerte más común entre los adolescentes de 15 a 19 años (OMS). Niños y adolescentes pueden tener ideación suicida, especialmente ante acoso escolar, abuso o falta de apoyo.
Según el informe anual de violencia autoinflingida 2024 del Observatorio venezolano de violencia, en nuestro país la mayoría de los suicidios el año pasado fueron cometidos por adultos (30-64 años) con 52,1%, luego los adultos mayores (19,5%) y le siguen muy de cerca los jóvenes y adultos jóvenes (18-29 años) que en conjunto concentran el 19%. Pero, y este es el dato importante de cara al mito, 9,4% de los casos de suicidio fueron cometidos por niños y adolescentes.
En su informe del año 2023 sobre salud mental, Cecodap encontró, sobre una muestra de 2,785 adolescentes entre 12 y 17 años en 22 estados de Venezuela, que el 20% de los adolescentes encuestados reportó ideación suicida durante el año anterior. Y Unicef, en su informe “Salud mental y bienestar psicosocial de niños y adolescentes en Venezuela” (2022), sobre una muestra de 4.000 participantes (niños, adolescentes y cuidadores) en 8 estados, encontró que 8% de los adolescentes reportó haber intentado suicidarse al menos una vez en su vida, que 22% de adolescentes reportó sentirse deprimido la mayor parte del tiempo, y que 15% de niños/as menores de 11 años mostró riesgo de problemas psicosociales. Para algunos niños, el suicidio puede ser una forma, no de acabar con sus vidas, sino de que problemas que les superan y no se sienten capaces de enfrentar (acoso escolar, violencia intrafamiliar, burlas por orientación sexual diversa, maltrato, desorientación y traumas vitales) simplemente desaparezcan.
4) Mito: “Quien habla de suicidarse no lo hará; sólo busca atención”.
Realidad: La mayoría de las personas que mueren por suicidio expresaron señales previas (verbales o conductuales). Hablar de suicidio es un grito de ayuda y siempre debe tomarse en serio. Ignorarlo puede tener consecuencias fatales.
5) Mito: “Preguntar o hablar sobre el suicidio puede darle ideas a la gente para hacerlo”.
Realidad: Se ha demostrado que preguntar abre un espacio para el apoyo y reduce el aislamiento. La evidencia muestra que hablar del tema con empatía y seriedad disminuye el riesgo, no lo incrementa.
6) Mito: “El suicidio es un acto egoísta o cobarde”.
Realidad: Quienes experimentan ideación suicida suelen sentir una desesperanza profunda y muchas veces perciben su muerte como un alivio para los demás. Estigmatizar o juzgar a la persona que lo intenta sólo agrava su situación.
7) Mito: “La gente puede creer lo que quiera, al final da lo mismo”.
Realidad: Las creencias y valores de las personas, sus familias y sus comunidades pueden ser un factor de protección o riesgo de la conducta suicida. Así, las creencias religiosas y la participación de la persona en grupos religiosos formales se asocian con un menor riesgo de suicidio; mientras que la pertenencia a sectas y falsos movimientos pseudoreligiosos, así como la presión social o preocupación por inadecuación social se han identificado como factores de riesgo.
El suicidio no es inevitable. Pero el abordaje para su correcta atención y disminución debe basarse necesariamente en tres acciones complementarias e incluyentes: el abordaje individual o grupal directamente con las víctimas, personas vulnerables y afectados, ayudándolos a superar su situación y así prevenir la comisión de la conducta suicida; el abordaje académico y de investigación para seguir profundizando en el conocimiento y comprensión de este fenómeno y, finalmente, el abordaje social o macro, ayudando a esclarecer y combatir las causas macro sociales y políticas que propician éste y otros problemas de salud mental, y a diseñar estrategias en contrario.
@angeloropeza182

