En ciertas ocasiones, por su irracionalidad, por su absurda crueldad, llegamos a figurarnos la injusticia como una herida lacerante, como una llaga sin cicatrización posible. El pueblo venezolano se está enterando (en realidad, lo sabía desde hacía tiempo, pero ahora los detalles son más pormenorizados) que entre desfalcos, corruptelas, estafas y sobreprecios a lo largo de estas últimas décadas, fueron miles y miles los millones de dólares que se perdieron o fueron a parar a unas pocas manos y andan por ahí, en toda clase de “inversiones” o aprovechamientos o acumulaciones dentro de las bóvedas bancarias a lo largo y ancho del planeta.
Para el venezolano común, ése que vive con una pensión de unos centavos de dólar, para el maestro que malvive con diez dólares mensuales, para el profesor universitario que recibe cuarenta dólares al mes por sus servicios; y, en fin, para el desconcertado testigo de miles de escuelas abandonadas, de universidades languideciendo en paupérrimas condiciones de subsistencia, de hospitales sin quirófanos operativos, de autopistas sin mantenimiento… En suma, para todo aquél que contempla el inaudito nivel de deterioro de la nación “poseedora de las más grandes reservas de petróleo del mundo”, esa cantidad inimaginable de miles y miles de millones de dólares desfalcados, desvanecidos, dilapidados, es un dolorosísimo recordatorio de los extremos a los que puede llegar un país que pierde el norte de su destino.
En Venezuela, donde un café pequeño en cualquier establecimiento cuesta lo mismo que el salario promedio de algún profesional dependiente del Estado (dependencia que, por cierto, significó durante muchos años una garantía de estabilidad y confianza en un sistema que, mal que bien, funcionaba) se siente como una dolorosa herida, como una sangrante llaga para quienes continuamos residiendo en el país y para los casi nueve millones de compatriotas que tuvieron que salir de él. No existe forma de justificar esto. No hay argumento capaz de explicarlo. Es el sinsentido absoluto, la total contradicción de una sociedad donde sus ciudadanos deberían, al menos, poder tener el derecho a vivir en condiciones capaces de permitirles su aspiración a una mínima subsistencia.
De nuevo: en una nación donde todo se cae a pedazos y sus desasistidos pobladores aprenden, con muy variados y específicos detalles, cómo muy pequeños grupos de “afortunados emprendedores”, además de, por supuesto, una caterva de personajes próximos al régimen junto a interminables grupos familiares, alcanzaron enriquecimientos inconcebibles, estratosféricos, irreales, esa percepción de grotesca, de salvaje, de inhumana injusticia metaforiza los peores extremos a los que puede llegar una nación cuando abandona sus principios morales y su necesario respeto hacia instituciones sustentadas por válidos valores tradicionales.
Hoy los venezolanos padecemos el terrible error de ese abandono mientras nos esforzamos por sobrevivir míseramente dentro de las fronteras de la nación poseedora de “las mayores reservas petroleras del mundo”.

