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La cuenta regresiva que fingimos no escuchar, por Soledad Morillo Belloso

 

Lecturas de finde.

Soy ahora la mujer que camina sola por la playa. No es una metáfora ni una pose: Es una manera de estar en el mundo. Camino con el paso lento de quien ya no se apura, de quien aprendió que la prisa es una forma de miedo. La arena tibia bajo los pies, el viento que despeina sin pedir permiso, el rumor del mar que insiste como una verdad antigua: Todo eso me acompaña mientras pienso en el tiempo, ese animal silencioso que siempre estuvo ahí, siguiéndome de cerca.

Durante años viví bajo la ficción de la continuidad. El café de la mañana, la rutina de la casa, la conversación breve con el vecino que saluda desde la reja. Creí que la vida tenía la cortesía de repetirse, de darme margen para corregir lo que dejaba a medias. Pero no. La continuidad es un espejismo. El tiempo no se detiene a esperarnos mientras resolvemos nuestras indecisiones.

La negación es un hábito aprendido. Nos permite seguir andando, escribiendo, amando, discutiendo, como si la arena del reloj no cayera. Pero un día —siempre es un día cualquiera— mientras recojo una concha sin saber por qué o escucho una canción con ese sabor indómito a juventud, aparece la punzada. Ese instante en que admito que no soy infinita. Que cada gesto es una apuesta. Que cada palabra es una pieza única en un inventario que no se repone.

La urgencia vital no llega como un sobresalto. Es más íntima, más costumbrista. Se instala en el pecho como una campana que no suena, pero vibra. Me obliga a revisar lo pendiente: la llamada que no hice, la visita que sigo aplazando, el abrazo que dejé para después creyendo que habría un después. Y entonces entiendo que el afecto no se guarda para mañana, que la reconciliación no se posterga, que la alegría, si no se toma hoy, se enfría como el café olvidado en la mesa.

Aceptar que el tiempo está contado no me resta fuerza. Al contrario. Me la da. Me vuelve precisa. Me vuelve sincera. Me vuelve capaz de elegir con intención. La vida, vista desde la finitud, deja de ser paisaje y se convierte en tarea: una que exige presencia, valentía y una buena dosis de ternura hacia uno mismo.

Lo que más cuesta admitir es que ya no tengo tiempo para seguir siendo quien ya no soy. Y sin embargo, en esa aceptación hay una belleza feroz: La de vivir con la lucidez de quien sabe que cada día es una moneda irrepetible, que cada gesto cotidiano —el pan recién comprado, la luz que entra por la ventana, la caminata solitaria por la orilla— es un recordatorio de que estoy aquí, todavía.

La vida no pide velocidad. Pide conciencia. Y mientras camino sola por la playa, entiendo que dejar de fingir que soy eterna es, por fin, empezar a vivir de verdad.

Soledad Morillo Belloso 1

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM