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Soledad Morillo Belloso: La luz en la lontananza

 

Encerrados en aquel buque descomunal, los navegantes avanzaban como sombras dentro de una barriga de hierro fatigada. El barco crujía, viejo y testarudo, mientras ellos lidiaban con los embates de monstruos que se habían colado, criaturas hechas de sal, oscuridad y rencor antiguo.

Habían sobrevivido a tormentas que casi los parten en dos y luego quedaron atrapados en un mar de calma chicha, ese silencio plano que desespera más que cualquier tempestad. El buque avanzaba apenas empujado por una marea lenta, como si el océano también estuviera cansado.

Una noche, mientras el viento dormía y el mar parecía una sábana de plomo, vieron unas luces en la lontananza. Primero un destello tímido, luego un parpadeo insistente, como si alguien allá lejos les hiciera señas. Se quedaron inmóviles, respirando hondo, con el corazón golpeando el pecho como si quisiera escapar.

¿Sería aquello una orilla con olor a salvación? ¿O sería otra trampa del océano, otro espejismo dispuesto a burlarse de ellos?

La luz tenía un tono extraño, casi azulado, como si viniera de un fuego que no quemaba. Y no estaba quieta: se movía, se deslizaba, se escondía y reaparecía. Los navegantes se miraron entre sí, sin saber si alegrarse o temer. Porque en el mar, la luz puede ser un puerto… o un presagio.

Entonces el océano abrió tres caminos posibles, tres destinos superpuestos como capas de un mismo misterio.

La luz comenzó a crecer, a expandirse como un ojo que se abre en la oscuridad. No era un faro ni una costa: era un fulgor que venía desde abajo, desde las profundidades. El mar empezó a burbujear, a hervir como si algo gigantesco se moviera bajo la superficie.

Los monstruos del buque —esos que habían sobrevivido escondidos entre las cuadernas— se inquietaron, como si reconocieran el llamado.

La luz no anunciaba salvación: anunciaba reclamación. Aquello que había mirado con impavidez a los monstruos venía a buscarlos… y a cobrar deudas.

La luz no se acercó ni se alejó: simplemente cambió de forma. Se estiró, se encogió, se dividió en tres, luego en cinco, como luciérnagas gigantes danzando sobre el horizonte.

El mar seguía quieto, pero el aire se volvió más liviano, casi dulce. Uno de los navegantes juró haber escuchado un canto. Otro dijo que vio figuras moviéndose dentro del resplandor, sombras que caminaban sobre el agua. No era un puerto, no era un barco, no era un espejismo. Era algo que el océano había guardado durante años y que ahora, por alguna razón, les mostraba. Una invitación… o una advertencia.

La luz se volvió más cálida, más humana. Un aroma inesperado llegó con la brisa: tierra mojada, madera recién cortada, humo de fogata. Los navegantes se miraron entre sí con incredulidad y alivio.

La luz era un faro. Un faro real.

Y detrás de él, aunque aún no lo veían, debía haber una costa.

Una orilla. Un lugar donde los monstruos no podían ya soltar su ira, donde las tormentas no mandaban, donde el mar dejaba de ser juez y verdugo.

La luz era una promesa. Y por primera vez en meses, el buque —aquel gigante fatigado— pareció avanzar con un poco más de ánimo.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM