Hay personas que cruzan la calle con pequeñas tormentas meteorológicas alojadas en el interior de los huecos de la calavera. Uno las ve detenerse ante un escaparate o consultar el móvil en un semáforo y piensa que llevan una existencia razonablemente estable, pero quizá detrás del hueso de su mejilla izquierda esté descargando una borrasca de baja presión. Quizá haya un frente húmedo avanzando despacio desde la cavidad nasal hacia la garganta. Quizá nieva en silencio en el seno maxilar derecho de la señora del bastón.
Yo ignoré durante años que tenía senos paranasales. Sabía de su existencia teórica, del mismo modo que sé que existen las Islas Aleutianas, pero ya. Formaban parte, en fin, de una geografía ajena. Un día, sin embargo, me desperté de madrugada con la sensación de que algo o alguien inflaba la zona situada debajo del ojo izquierdo. Comprendí entonces que poseía cavidades neumáticas, habitaciones, sótanos, y que el dolor variaba según la postura. Al tumbarme, aumentaba. Al levantarme, disminuía, como si el clima de mi interior obedeciera a leyes atmosféricas previsibles. “Persisten las precipitaciones en el seno frontal”, diría un hombrecillo del tiempo imaginario, “aunque se esperan claros a lo largo de la jornada”.
Lo que ocurre detrás de la frente de cada ser humano es un misterio. El hombre que discute a gritos en la terraza del bar podría tener un monzón alojado detrás de la nariz. La cajera del supermercado tal vez sufra una humedad permanente en las cavidades etmoidales. Tal vez algunas aflicciones no sean otra cosa que chaparrones pasajeros. No sabemos casi nada los unos de los otros. Ni siquiera sabemos gran cosa de nosotros mismos. Vamos por ahí creyéndonos individuos sólidos cuando somos edificios frágiles llenos de conductos, canales, líquidos, corrientes de aire y tempestades íntimas que pueden hacernos
Hay personas que cruzan la calle con pequeñas tormentas meteorológicas alojadas en el interior de los huecos de la calavera. Uno las ve detenerse ante un escaparate o consultar el móvil en un semáforo y piensa que llevan una existencia razonablemente estable, pero quizá detrás del hueso de su mejilla izquierda esté descargando una borrasca de baja presión. Quizá haya un frente húmedo avanzando despacio desde la cavidad nasal hacia la garganta. Quizá nieva en silencio en el seno maxilar derecho de la señora del bastón.
Yo ignoré durante años que tenía senos paranasales. Sabía de su existencia teórica, del mismo modo que sé que existen las Islas Aleutianas, pero ya. Formaban parte, en fin, de una geografía ajena. Un día, sin embargo, me desperté de madrugada con la sensación de que algo o alguien inflaba la zona situada debajo del ojo izquierdo. Comprendí entonces que poseía cavidades neumáticas, habitaciones, sótanos, y que el dolor variaba según la postura. Al tumbarme, aumentaba. Al levantarme, disminuía, como si el clima de mi interior obedeciera a leyes atmosféricas previsibles. “Persisten las precipitaciones en el seno frontal”, diría un hombrecillo del tiempo imaginario, “aunque se esperan claros a lo largo de la jornada”.
Lo que ocurre detrás de la frente de cada ser humano es un misterio. El hombre que discute a gritos en la terraza del bar podría tener un monzón alojado detrás de la nariz. La cajera del supermercado tal vez sufra una humedad permanente en las cavidades etmoidales. Tal vez algunas aflicciones no sean otra cosa que chaparrones pasajeros. No sabemos casi nada los unos de los otros. Ni siquiera sabemos gran cosa de nosotros mismos. Vamos por ahí creyéndonos individuos sólidos cuando somos edificios frágiles llenos de conductos, canales, líquidos, corrientes de aire y tempestades íntimas que pueden hacernos colapsar en un instante.

