Enseñar es mucho más que solo transferir conocimientos. Significa, por sobre todo, ayudar a otros a construir y a construirse a partir de esos conocimientos que les son transferidos. La educación, la verdadera educación implica enseñar a otros a decir “Yo soy”. O lo que es lo mismo: enseñarles a ser autónomos.
Autonomía: voz que violentamente contradice cualquier noción de sumisión o individual reduccionismo; noción que nos reúne con nuestra condición humana: compleja, múltiple. Somos personas; jamás únicamente consumidores, trabajadores, clientes, público… La autonomía orienta al ser humano alrededor de ese sentido sobre el cual identifica su propia vida. Un sentido que nadie le puede proporcionar. Toca a cada quien descubrirlo, convertirlo en legitimación personal.
Todos los seres humanos estamos obligados a descubrir el sentido de nuestra existencia. Y, en torno a él, reconocer eso que somos y no podríamos dejar de ser.
La autonomía nos lleva a pensar por cuenta propia, a decidir por cuenta propia, a valorar por cuenta propia. Nos conduce hacia un camino personal construido con los aprendizajes que pudimos extraer de nuestras experiencias. Nos guía en medio de esa realidad que es el universo de nuestra conciencia.
Nuestra conciencia: ella nos permite establecer cierto orden íntimamente personal a partir de principios y referencias de los cuales nos resulta imposible prescindir. Ella guía nuestra comprensión hacia cuanto nos resulta importante. Nos lleva a distinguir lo bueno y justo tras habernos permitido identificar lo malo e injusto. Para formar nuestra conciencia debemos educarnos. Aprender a decidir, a elegir y actuar desde un proceso en el que la sola inteligencia es insuficiente. Resulta absolutamente necesario acompañarla con condiciones espirituales como la sensibilidad, la lucidez, la imaginación; con virtudes como la perseverancia, la motivación, la capacidad de sobreponernos a fracasos y frustraciones; y, por último, con una voluntad capaz de conducirnos hacia esa meta que pudimos proponernos.
Educar nuestra conciencia, educar nuestra autonomía significa, también, no perder nunca la curiosidad ni la capacidad de asombro; conservar siempre el propósito de aprender y de continuar aprendiendo… La educación apoyada en una enseñanza de la autonomía individual se convierte, así, en un “deber ser” educativo que es el pináculo de la labor docente: formar individuos capaces de vivir consigo mismos y de convivir con otros, infundir en el ser humano la potestad de conjurar el espectro de esa deshumanización que, de tantas maneras, rodea nuestro tiempo presente.
Frente a la helada racionalización de las ideologías, ante la delirante irracionalidad de los fanatismos religiosos, ante tantas y tantas formas de estupidez colectiva, la autonomía individual aparece como el necesario conjuro de la humanidad individual ante impuestas irracionales obediencias.

