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Antonio Muñoz Molina: Las posesiones de los indigentes

 

Desposeído de un espacio propio con muros o cortinas que lo protejan, habitando una perpetua intemperie a la vista de todos, el indigente disfruta de una intimidad paradójica, porque nadie lo mira, y ni siquiera registra su existencia, a no ser los guardias que lo despiertan al amanecer en el banco de un parque, o los bárbaros beodos que amenizan una noche de juerga jugando a prenderle fuego. Que la Policía Municipal vaya al amanecer de banco en banco del Retiro sacudiendo a los mendigos dormidos quizás tenga la finalidad moral de disuadirlos de la pereza, según el precepto de que a quien madruga Dios le ayuda. En mi desnortada juventud, a los mochileros que pernoctábamos malamente en el suelo de las estaciones de ferrocarril italianas los carabinieri nos expulsaban sin miramientos en cuanto amanecía. Gracias a eso, tuve una vez el privilegio imborrable de caminar por una Florencia desierta con las primeras claridades violetas de una mañana de agosto, con el estómago vacío, el pelo sucio y el espíritu exaltado, llegando por puro azar a la plaza de Santa Croce, delante de los mármoles como de fichas de dominó de la iglesia. Providencialmente, estaba levantándose la persiana metálica de un café en el que el amigo que me acompañaba y yo pudimos tomarnos un capuchino que nos confortó el alma y nos saqueó nuestra mísera bolsa compartida. Todo era tan caro y nosotros tan pobres que nos alimentábamos de cartones de leche, mortadela y pan. En las afueras de las ciudades buscábamos los campings para plantar al lado nuestra tienda. Lo más fatigoso era levantarla todas las mañanas, llenar las dos mochilas con nuestro equipaje, ir a dejarlo hasta la noche en la consigna de la estación. No tener casa era llevarla siempre encima.

Yo también aparto la vista cuando paso cerca de las madrigueras de los indigentes, pero los miro de soslayo, y cuando ellos no miran me fijo en las cosas que tienen, en sus tentativas o simulacros de vida doméstica. A veces sigo a alguno cuando emigra de un lado a otro empujando su carro tambaleante de supermercado, colmado hasta arriba de todo tipo de cosas, bolsas de ropa, pares colgantes de zapatos, un colchón mugriento, un saco de dormir. Los indigentes parecen nómadas, pero en realidad tienen el mismo apego al sedentarismo que nosotros, los que vivimos al otro lado de la frontera invisible delante de la cual se extinguen las miradas. Aparecen un día en una esquina, en un cierto banco, arrastrando una maleta demasiado grande, o cargando una escueta mochila, y allí se quedan; rondan por las calles cercanas, y alguno toma tanta confianza que si hace buen tiempo tiende su colchón en medio de la acera, con una bolsa o una almohada sin funda como cabecero, y ahí se tumba con las dos manos en la nuca, en la intimidad de su dormitorio sin paredes, quizás con un brillo de delirio o de alcohol en los ojos entrecerrados.

En mi vecindario de clase media creo que los conozco de vista a todos, y es probable que ellos me conozcan a mí. Llegó uno nuevo hace años, arrastrando una maleta enorme, sin ruedas, y se instaló en un banco, sobre el que tenía siempre una pila de libros muy usados, que se pasaba gran parte del día leyendo. Le di una vez algo de dinero, y me contó su vida. Hablaba español con la solvencia peculiar de los inmigrantes rumanos. Me dijo que era ingeniero, y que una serie de desgracias, entre las que se incluían el matrimonio roto y el alcohol, lo habían expulsado a la calle. A veces me veía y a veces no. Nos cruzábamos y él iba arrastrando su maleta excesiva, con el agobio de quien ha acumulado más cosas de las que en realidad necesita, avaro y codicioso de su misma indigencia. En Nueva York hay homeless que son así, que llenan tanto los carros metálicos que apenas pueden empujarlos, de modo que parece que viven esclavizados por ellos, como los millonarios aplastados por lo descomunal de sus fortunas. Volví a ver al exingeniero rumano en una acera más ancha, en una zona de más pujanza, la calle de Alcalá. Ahora, los libros los tenía desplegados sobre un banco y sobre una parte de la acera, no sé si con el propósito de vender alguno, con una ambición de progreso en su miseria, el pelo y la barba ahora más desordenados, los ojos más huidizos, como en un descenso gradual hacia la locura.

Hay otro vecino a la intemperie en quien he observado un declive semejante. Hace unos años, lo veía sentado tras la repisa de un café que daba a la calle, junto al ventanal, escribiendo siempre en una libreta, muy absorto. Tomaba un café con leche, y tenía junto a él una pequeña maleta y un maletín de ángulos metálicos, como de ejecutivo. Por las noches lo veía, siempre solo, mirando la televisión en un bar de tapas y raciones, siempre con el cuaderno, con una taza al lado, nunca un plato de comida. Ahora la maleta es más grande, y más deteriorada. El maletín ha desaparecido. El hombre tiene mucho peor aspecto, y ya no lo veo entrar a los bares. Una noche lo descubrí tapando con unos cartones el rincón de acceso al semisótano de una tienda de cosméticos. Ahora lo veo allí cada noche, encogido tras la pantalla de cartones, con su maleta, sus cartapacios como de archivadores, las extrañas láminas en las que escribe columnas de números y listas de palabras. Resulta que era eso lo que escribía cuando yo lo imaginaba poseído por una solitaria inspiración.

No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado. Álvaro Sánchez-Martín ha contado en el periódico la historia de Badr El Merroun, un muchacho marroquí de 19 años que llegó a España en patera cuando tenía 14, y que en el tiempo que lleva en la calle ha aprendido unas cuantas habilidades necesarias para la supervivencia. Sabe que en los barrios de la periferia es más fácil encontrar ropa en los contenedores, pero que la comida es más abundante en los cubos de basura del centro de Madrid, aunque también es mayor la competencia: hay más gente rebuscando, y es probable que otro indigente te robe lo que poseías. Pero el peligro mayor, según la experiencia precoz de El Merroun, son los servicios municipales de limpieza. El Ayuntamiento de Madrid no le ofrece plaza en un albergue, ni acceso a los servicios sociales; la Comunidad ha establecido que los extranjeros no empadronados no tienen derecho a la tarjeta de transporte. Pero, según una nueva directiva municipal, los servicios de limpieza están autorizados a quitarles sus pertenencias a los indigentes, y a tirarlas sin que ellos estén delante. Es una perversidad administrativa parecida a la de poner bancos con extrañas formas oblicuas en las calles, o en forma de sillones, con el fin de que se luzca algún diseñador afecto al municipio y se lucre algún concejal o allegado; y también, sobre todo, para que quienes no tienen casa ni tienen nada tampoco tengan un banco en el que tenderse, igual que se ponen pinchos o excrecencias metálicas en escalones o bordillos en los que pudiera sentarse una persona exhausta que no puede pagarse una silla en un bar.

Dice Badr El Merroun que a él le han quitado y tirado tres veces las cosas que tenía. “Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre”, escribe Sánchez-Martín. En el Madrid de los especuladores urbanos y los ricachones eximidos de pagar impuestos, donde las aceras de todos desaparecen bajo la invasión de las terrazas, y las calles son pistas de velocidad para coches y motos de lujo, verse forzado a dormir en la calle cuando no se tiene dinero ni para alquilar la más pobre habitación ya no es la última ignominia. Vigilaré esta noche por si a mi vecino sin techo lo han desahuciado de su domicilio de cartones.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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