Los artículos 89 y 91 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela son inequívocos: el trabajo es un hecho social protegido, los derechos laborales son progresivos e irrenunciables, y todo contrato que los rebaje es nulo. A la par, los tratados internacionales de la OIT ratificados por el país prohíben taxativamente las jornadas extenuantes y los horarios abusivos.
Sin embargo, al recorrer la Venezuela de hoy, la realidad transcurre por un carril clandestino. Ocurre en los mostradores de los comercios y en las líneas de producción industrial que están activas. Horarios que duplican los límites legales, salarios transmutados en “bonos” sin impacto prestacional y la aceptación de condiciones leoninas son la norma aceptada.
¿Por qué el trabajador venezolano —desde el trabajador de supermercados hasta el vendedor de tienda y el obrero de fábrica— se somete voluntariamente a contratos y jornadas que la ley prohíbe? La respuesta no está en la fuerza física, sino en los sutiles mecanismos de control mental y social que filósofos como Marx, Nietzsche y Foucault desnudaron en su tiempo.
1. La alienación de la supervivencia y la “bonificación” (Visión Marx)
Karl Marx explicó que cuando el sistema despoja al ser humano de sus condiciones materiales mínimas, el trabajo deja de ser una vía de realización y se convierte en un mecanismo de mera supervivencia animal.
En Venezuela, este fenómeno se ejecuta mediante la “bonificación” sistemática del ingreso, una práctica que ha infectado tanto al sector público como al privado. En el comercio y la industria, el salario constitucional ha sido sustituido por bonos en efectivo o divisas de carácter informal. Al carecer estos de incidencia en prestaciones, vacaciones o utilidades, el trabajador queda atrapado en el presente inmediato. El obrero que acepta turnos nocturnos prohibidos o el vendedor que trabaja doce horas continuas en un comercio no lo hacen por ignorancia jurídica; lo hacen porque la urgencia material anula su capacidad de resistencia. La necesidad económica distorsiona la conciencia: el contrato ilegal se firma porque el hambre no puede esperar el tiempo de un proceso en la Inspectoría del Trabajo.
2. El chantaje de la culpa y el mito del “agradecimiento” (Visión Nietzsche)
Friedrich Nietzsche identificó cómo las estructuras de poder invierten los valores para crear una “moral de esclavos”, donde la resignación y el sacrificio incondicional son aplaudidos como virtudes, mientras que la exigencia de derechos es catalogada como un defecto.
Si en la salud y la educación el poder utiliza el chantaje de la “vocación” (“¿vas a dejar a los niños sin clase o al paciente morir?”), en el sector comercio e industrial se utiliza el chantaje del “agradecimiento”. En un mercado laboral deprimido, el entorno social presiona al trabajador para que se sienta “afortunado” por el simple hecho de tener un empleo: “da gracias que tienes trabajo”, “hay que ponerse la camiseta de la empresa”. Exigir el pago de horas extras o el respeto a los días de descanso te convierte inmediatamente, ante los ojos del “rebaño”, en un elemento conflictivo o poco colaborativo. La indefensión aprendida se instaura cuando el trabajador interioriza que la ley es una utopía y que la sumisión es el precio obligatorio para conservar el sustento.
3. El Panóptico del desempleo y los cuerpos dóciles (Visión Foucault)
Michel Foucault describió en su análisis del Panóptico cómo el poder moderno no necesita de la violencia física constante si logra que el propio individuo se sienta permanentemente vigilado, obligándolo a actuar como su propio carcelero.
En las instituciones públicas opera el miedo al “expediente administrativo” o la suspensión de la firma; en las tiendas, almacenes y fábricas del sector privado, el panóptico funciona a través de la omnipresente fila de desempleados. El temor constante a ser sustituido de inmediato en una economía sin red de seguridad social actúa como el guardia invisible de la torre de control. Las cámaras de seguridad en el comercio, los relojes biométricos en la industria y los acuerdos verbales y precarios construyen lo que Foucault llamaba “cuerpos dóciles”: trabajadores adiestrados para prolongar su jornada de forma “voluntaria”, vigilando sus propias palabras y acciones para no activar el mecanismo del despido.
Colofón: Romper el círculo vicioso
El sometimiento del trabajador venezolano en las aulas, los quirófanos, las fábricas y los comercios no es un problema de ignorancia, sino el resultado de una sofisticada arquitectura de control mental. Concluyen aquí la asfixia económica que obliga a vivir al día (Marx), la presión social que normaliza el abuso bajo el manto de la resiliencia o el agradecimiento (Nietzsche), y la autovigilancia impuesta por el temor a la exclusión (Foucault).
Mientras el debate laboral se limite a negociar bonos paliativos al margen de la ley, la letra constitucional seguirá muerta. Romper la esclavitud mental en todos los sectores productivos requiere una premisa fundamental: entender que el trabajo no es un favor que el patrono concede, sino un derecho bilateral, y que las jornadas prohibidas por la ley jamás serán justificables, ni por la crisis, ni por la vocación.
Diputado de la Asamblea Nacional por el estado Nueva Esparta.

