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Sergio Monsalve: El final de “Euphoria”

 

Terminó la serie Euphoria después de pasar por el calvario de su dispersión. La temporada tres será recordada, primero, como una despedida que resume la sonrisa impostada de Zendaya en el plano final, como la antiheroína mesiánica de una producción de culto, que elevó a una generación a los altares, al precio de diluir su mensaje y concluir en un tono de sermón, en abierta contradicción con su mensaje inicial de disrupción.

Es sintomático que haya concluido de manera tan conservadora, en tiempos de Trump, luego de ser símbolo de la transvanguardia woke, de su moda en las plataformas y de su hecatombe, producto de los forzamientos de la industria, alrededor de HBO.

La temporada tres pretende un diálogo con su época, a la manera de una fábula moral de una política distanciada, hablando de problemas raciales y de formas anómicas de supremacismo, entre blancos que venden fentanilo y afroamericanos que la expenden, buscando controlar el negocio en su tráfico desde México.

En el centro de todo, los chicos de Euphoria viven el éxtasis de una aparente madurez, en pos de un sueño que deviene en pesadilla gótica de librito, a merced de estafadores, tratantes y explotadores de cuerpos.

La serie concluye regodeándose en el infierno de sus mismos tropos, pero sin la contundencia de antes. Por tanto, mueren personajes de manera decepcionante, otros quedan varados en la ruta de la historia y los protagonistas van incorporando los caprichos de un guion escrito con poco esmero.

Se siente que algunos, como Jacob Elordi, quieren salir del secuestro, de su síndrome de Estocolmo, tomando el camino que indique el desafortunado libreto. Por ende, el joven interpreta una de las muertes deshonrosas que banaliza el producto, lo mismo que a sus figuras.

Alexa Demi puede que haya defendido una mejor imagen, que sea un auténtico respiro y aporte en la tercera temporada. Del mismo modo, la secuencia final de venganza, que encarna Delroy Lindo, nos recupera la fuerza estética de Sam Levinson, cuando se desata, inspirándose en sus referentes del pasado. El serio problema es que vemos un nuevo remake de Taxi Driver y los westerns de Tarantino, extrañando la esencia original de un Leone.

Euphoria, en última instancia, refleja precisamente el estancamiento de una hipermodernidad que no logra superar a sus precedentes, que se consuela con cocinar pastichos deluxe, como un Winding Refn enamorado de sí mismo y su aura de maldito.

Pero la verdad, pensando en frío, la serie no deja de ser una tímida y muy convencional crítica a las adicciones de hoy en día, desde OnlyFans hasta el afán de lucro fácil, cumpliendo con aquel estándar de la censura Hollywoodense según la cual, el que la hace la paga, los malos pierden por su egolatría y los buenos se ganan sus alas de ángeles.

Considero que Euphoria se ha decantado por una reacción que es propia del contexto, que se contenta con vender pósteres de una semipornografía descerebrada, que amaga con trastocar a la audiencia, reforzando múltiples estereotipos y esquemas superados.

Audiovisualmente, el registro del desenlace es vistoso, refleja un esfuerzo por romper el estado inercial de la trama, pero no aporta mayor contenido a la narración, que no sea el típico despliegue de efectismos, revestido de una solemnidad artie de un pastor culposo, redimido porque es cool rememorar a Ford, Scorsese y Eastwood.

Sin embargo, más allá del reclamo y del alarde, Euphoria cierra en un tono kitsch y previsible que es parte de su relato restaurador en el fondo.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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