Héctor Rodríguez, ministro de Educación, ha asumido la jefatura de la comisión para la reestructuración del gobierno venezolano. En una reunión reciente con diputados de la Asamblea Nacional, calificó de “insostenible” la cifra de 3,5 millones de empleados públicos, admitió la necesidad de reducir ministerios e institutos, y reconoció que existen 35 ministerios, 150 viceministerios y “miles de institutos cada uno con su estructura”.
Palabras que se pretenden sensatas. Pero inocultablemente tardías y, sobre todo, hipócritas. Porque quienes hoy hablan de reestructuración son los mismos que durante veinte años avalaron el despilfarro más improbo que memoria republicana registre. Los mismos que, cuando la renta petrolera fluía como un río de oro líquido, no supieron ni quisieron sembrar el excedente para los días de vacas flacas. Al contrario: lo derrocharon en una burocracia monstruosa, en ministerios gemelos que competían por el presupuesto, en institutos autónomos que servían apenas como nóminas clientelares.
No hubo entonces comisión que alertara sobre la insostenibilidad. No hubo ministro que llamara a la mesura. Porque la abundancia —ese embriagador vino de los precios altos del petróleo— fue usada para la corrupción y la compra de lealtades, engordar el Estado hasta lo grotesco y prolongar un modelo que nunca fue de desarrollo, sino de sobrevivencia política.
Ahora, con las arcas vacías, la producción en mínimos históricos y el asedio de las sanciones, los mismos que quemaron la cosecha pretenden presentarse como administradores responsables. Hablan de reestructuración como si el desastre fuera una fatalidad climática y no el fruto de sus propias decisiones. Hablan de achicar el Estado que ellos mismos inflaron con la complicidad de una Asamblea Nacional que nunca ejerció control y de un Contralor que nunca contraló.
La reestructuración es necesaria, sí. Pero conviene no olvidar: los que hoy la dirigen son los mismos que durante décadas confundieron la abundancia con inteligencia, el gasto con inversión, y la burocracia con bienestar. Nadie que haya quemado la siembra tiene autoridad moral para hablar de cosecha.
Venezuela no necesita reestructuración: necesita justicia. Una justicia que vendrá solo con elecciones presidenciales con un CNE independiente y con garantías electores. Y antes de que un ministro nos hable de recortes, que nos explique dónde quedaron los excedentes de aquellos años de vacas gordas. Porque el viento que hoy azota estas ruinas no lo trajo la tormenta: lo sembraron ellos.

