El análisis de la estrategia comunicacional bajo la gestión de Delcy Rodríguez revela un viraje notable respecto a la propaganda tradicional de años anteriores. Lo que a menudo se percibe en la opinión pública o en los laboratorios de análisis político como “psicología inversa” es, desde una perspectiva técnica de comunicación de masas, una sofisticada táctica de recomposición narrativa, contención y modulación de la agenda pública.
Frente a coyunturas críticas y de alta volatilidad, el diseño comunicacional del “rodrigato” ha dejado a un lado la confrontación ruidosa y puramente reactiva para adoptar mecanismos de refinamiento autoritario.
Tiene significación puntualizar que el interinato se apoya en sofisticadas técnicas comunicacionales, orientadas a dos fenómenos sociales de profundas consecuencias políticas que apuntan hacia: la mediatización de la sociedad y la confusión valorativa de sus prioridades siempre mirando a posibles escenarios electorales. Según Chomsky (1990), los medios de comunicación masivos actúan como transmisores de mensajes a través de sus imágenes hacia el ciudadano promedio. Por lo tanto, su función principal es entretener, informar e impartir valores y códigos de comportamiento que propiciarán que los individuos se moldeen a las estructuras sociales. La manipulación mediática surge del interés de los grupos dominantes por conformar una conciencia colectiva, lo que Chomsky explica con sus propias palabras:
“En un Estado autoritario no importa lo que la gente piensa, puesto que el gobierno puede controlarla por la fuerza empleando porras. Pero cuando no se puede controlar a la gente por la fuerza, uno tiene que controlar lo que la gente piensa, y el medio típico para hacerlo es mediante la propaganda (manufactura del consenso, creación de ilusiones necesarias), marginalizando al público en general o reduciéndolo a alguna forma de apatía”.
Ahora bien, sabemos que los números son demoledores para el régimen y todo apunta a una derrota segura para el Chavismo en cualquier escenario electoral, el proyecto bolivariano no lo entregaran tan fácilmente. Revisando algunas bibliografías con enfoques mediáticos, pareciera que el equipo estratégico de la presidenta encargada Delcy Rodríguez en sus estrategias convoca desesperadamente en un momento histórico a Chomsky con sus 10 estrategias de manipulación mediática: La estrategia de la distracción 2. Crear problemas y después ofrecer soluciones. 3. La estrategia de la gradualidad. 4. La estrategia de diferir. 5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. 6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. 7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad…
La Narrativa de la “normalización es la bandera del gobierno interino, en lugar de negar las severas deficiencias estructurales (por ejemplo, el colapso de servicios públicos o la necesidad de reformas legales), el discurso oficial las asume, pero dándoles la vuelta. Anunciar la apertura a capitales privados en el sistema eléctrico o reformas a la ley petrolera se comunica no como una claudicación del modelo, sino como un acto de pragmatismo y control soberano. Es psicología inversa: al admitir el problema y mostrarse “abiertos a negociar” o “flexibles”, descolocan la crítica opositora tradicional y proyectan una imagen de gobernabilidad pragmática frente a los actores económicos locales e internacionales.
Otras de las estrategias es mantener la paciencia y prudencia estratégica” ante la Crisis, es decir cuando ocurren eventos de gran impacto político o tensiones externas, la respuesta inmediata ya no es siempre la saturación de los medios con discursos encendidos. Se utiliza el silencio calculado o la “prudencia estratégica”. Al retrasar las respuestas oficiales o emitir declaraciones calmadas en tono institucional, el aparato comunicacional busca enfriar la opinión pública y forzar a los actores adversos a especular, desgastando su credibilidad ante la falta de confrontación directa.
Finalmente, del consenso ideológico a la dominación sin hegemonía, los analistas señalan que el discurso actual ya no busca generar una adhesión ideológica apasionada en las mayorías (la antigua hegemonía), sino administrar el escepticismo generalizado. La estrategia opera bajo la premisa de que “la oposición es un caos” o que “no hay alternativa real”, cohesionando su base dura mediante el discurso antiimperialista clásico mientras proyecta hacia el resto de la población un escenario donde la única vía de estabilidad económica es la continuidad del statu quo bajo su control.

