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Fernando Mires: Un orden mundial Neo-Orwelliano

 

En aquel momento, por ejemplo, en 1984 (si es que era 1984), Oceanía estaba en guerra con Eurasia y en alianza con Asia Oriental. En ningún discurso público ni privado se admitía que las tres potencias se hubieran agrupado nunca de otra manera. Sin embargo, Winston (el personaje central de 1084) sabía muy bien que sólo cuatro años antes Oceanía había estado en guerra con Asia Oriental y aliada con Eurasia. Pero aquello era un conocimiento furtivo que él poseía únicamente porque su memoria no estaba debidamente controlada. Oficialmente, el cambio de socios nunca había tenido lugar. Oceanía estaba en guerra con Eurasia; por lo tanto, Oceanía siempre había estado en guerra con Eurasia. El enemigo del momento representaba siempre el mal absoluto, de lo cual se deducía que cualquier acuerdo pasado o futuro con él era imposible. (George Orwell, 1984, primera parte, capítulo 3)

La repartición del mundo en tres imperios me pareció siempre, no tanto una distopía, más bien una previsión política genial de George Orwell. Coincidió con el hecho de que cuando leí por primera vez 1984, tenía lugar el cisma de China con respecto al comunismo mundial encabezado por la URSS de Nikita Kruschev.

En esos momentos, cuando Kruschev comenzaba la des-estalinización de la URSS, es decir, una serie de reformas que, si bien no convertían a la URSS en algo parecido a una democracia, tuvo al menos el mérito de des-totalizar, por lo menos en parte, el poder totalitario.

Kruschev estaba lejos de ser un demócrata, pero fue artífice del “deshielo“, título de una muy interesante película soviética que causó fuertes discusiones entrelos atónitos comunistas de los años sesenta (de algunas de ellas fui testigo presencial) muy poco acostumbrados a discutir entre ellos. Hoy podemos decir: El fin del stalinismo comenzaba a ser el fin del totalitarismo ruso.

Durante Krusvhev nos fue revelado con todos sus detalles el espantoso Gulag, las deportaciones forzadas, el asesinato de miles de comunistas, entre ellos toda la vieja guardia que acompañó a Lenin (Stalin, no olvidar, asesinó a más comunistas que Hitler). Pero, sobre todo, la esclavitud que tenía lugar en los campos de concentración soviéticos llego a su fin.

A su manera rusa, y con algo de ironía, Kruschev puede ser considerado algo así como el Abraham Lincoln de la URSS. El trabajo forzado, bajo Kruschev, fue convertido en trabajo asalariado. La dictadura de Breschnev, llamada por los propios rusos periodo del “estancamiento”, comenzó a anunciar el deterioro del ideal comunista a escala mundial.

No deja de ser irrisorio. Stalin, junto a Hitler (a Napoleón le faltaron armas más modernas) han sido los asesinos más grandes de la historia de la humanidad, pero los dos gozaron de amplia popularidad, tanto nacional como internacional, popularidad que terminó cuando Kruschev puso fin a ese deporte practicado por todo totalitarismo: los asesinatos en masa, ya sea dentro como fuera de la URSS.

Intentando una mirada larga, podemos afirmar que sin Kruschev nunca el ideal stalinista se habría venido abajo arrastrando con su derrumbe la ideología del comunismo como “fase superior en el desarrollo de la humanidad”, seg´un los propios comunistas. El periodo Breschnev fue un periodo de descenso del comunismo a nivel mundial y, sin ese descenso, nunca habría tenido lugar la aparición de un Gorbachov, de la Perestroika y del consiguiente derrumbe de las naciones-colonias de la URSS en Europa del Este y en Europa Central.

Desde su punto de vista totalitario el dictador Putin tuvo razón cuando vio en el derrumbe de la URSS una catástrofe. Esa catástrofe, sin embargo, ya había sido prevista por Mao Tse Dong quien vio en el fin del totalitarismo soviético una traición al comunismo mundial, razón por la cual se apresuró a romper con la URSS de Kruschev e intentar convertir a China en la vanguardia revolucionaria del planeta. Por toda partes aparecían sectas maoístas, incluso en la lejana Latinoamérica. No olvidemos que las siniestras FARC colombianas y el aún más siniestro Sendero Luminoso peruano, fueron, por lo menos en sus comienzos, financiados por la China de Mao. Lo cierto es que ya en esos momentos comenzó a tener lugar una repartición del mundo entre tres imperios: el soviético, el chino, y el norteamericano. En la versión literaria de Orwell, entre Oceanía, Asia Oriental y Estenia.

Eso quedó más claro cuando Kissinger descubrió que, para debilitar a la URSS, era necesario abrir una ruta de diálogo con China al precio, claro está, de aceptar la derrota norteamericana del Vietnam que, en el fondo fue también una derrota de la URSS. Pues bien, desde ese momento, y desde un punto de vista más político que económico, comenzó a dibujarse la era de los tres imperios, hoy convertida en figura dominante en la esfera global.

Primero China rompió con la URSS porque, según Mao, la URSS se había pasado al lado del imperialismo norteamericano. Después, los seguidores de Mao rompieron con la URSS porque China se había pasado al lado del imperialismo norteamericano, al menos en el sur del Asia. Desde esos momentos que tan bien caracteriza Orwell en 1984, el del “dos contra uno”, es decir, la alianza de dos imperios contra uno, ha sido la tónica que ha imperado en las relaciones políticas internacionales de nuestra era.

Durante la época de Gorbaschov, cuando comenzó el desmontaje del imperio soviético, los chinos descubrieron que podían convertir a Rusia en un aliado subalterno, sobre todo en términos económicos, como ha ocurrido durante toda la era de Putin. Hoy, desde el punto de vista económico (no ideológico), Rusia ha llegado a ser un apéndice del imperio chino. Pero el dos contra uno orwelliano se mantiene, pese a que durante la administración Trump, EE UU ha intentado neutralizar a Rusia haciendo concesiones en el tema ucraniano. Una de esas está contenida en la Carta de Seguridad Nacional hecha pública por el gobierno de Trump el año 2025. Esa Carta puede ser considerada como una toma de posesión norteamericana sobre el llamado “Hemisferio Occidental” del que nadie sabe bien donde comienza y donde termina. Lo que sí esta claro es que ese hemisferio no cruza por ninguna de las posesiones que reclama Putin para la constitución de su propio imperio al que el desvariado filósofo ruso, Aleksandr Dugin, llama Eurasia, es decir Rusia más el Caúcaso y una buena parte de Europa Central. A cambio de esa limitación, Rusia se desliga de todos sus compromisos ideológicos con respecto a naciones situadas en “el hemisferio de Trump”.

Parece, definitivamente, haber un pacto no escrito entre  Rusia y los EE UU al que Putin, hasta ahora, ha respetado. De ahí se explica su débil protesta frente a los ataques de los EE UU a Irán, país que no está situado en la esfera territorial rusa imaginaria de Putin. Además, Putin, después de un deslavado reclamo, no dijo nada en contra de la incorporación de Venezuela a la órbita de los EE UU.

Putin ha entendido que en América latina no tiene nada que buscar. Tampoco nada que ofrecer. La toma de Venezuela por parte de EE UU pertenece al espacio norteamericano, parece reconocer entre líneas el dictador ruso cuando manifestó públicamente su plena conformidad con La Carta de Seguridad norteamericana. Cuba ya está condenada a muerte y por ahora solo vive una muy dolorosa agonía. Y Nicaragua carece de interés geopolítíco para los tres imperios, sobre todo cuando la bella pareja formada por Ortega y Murillo usa verborrea antimperialista a fin de justificar su dependencia de EE UU.

Al fin y al cabo, a Trump, a diferencia de sus predecesores – en ese punto, imitando la estrategia de Xi Jimping – no le interesa si sus aliados son democráticos o dictatoriales; lo importante es que sean aliados. No obstante, pese a todas las concesiones que se hacen Putin y Trump entre sí, estas no han logrado debilitar los lazos que unen a Rusia con China y los EE UU, de tal manera el esquema, 2 (Rusia y China) contra 1 (EE UU) continúa vigente. La alianza incipiente entre los EE UU y Rusia podría a llegar a ser más estrecha, deben pensar Putin y algunos trumpistas como Vance y Benon, si logran liquidar la resistencia europea a dejarse someter por los dictados de uno u otro imperio.

Europa, la actual Europa, todavía liberal y democrática, es una fortaleza en contra de los avances de Rusia en Ucrania, en los países bálticos, en Armenia y en diferentes zonas caucásicas. Para el trumpismo Europa sigue siendo un aliado que puede llevar a los EE UU a romper con el putinismo de un modo parecido a cuando en el pasado el comunismo soviético se vio obligado a romper con el nazismo alemán casi inmediatamente después de haber sido firmado un pacto de no agresión que, si no hubiera sido por la traición de Hitler a Stalin, podría haber llevado a la destrucción y luego a la repartición de toda Europa.

La repartición del mundo entre tres potencias pretende asegurar a cada imperio “lo suyo” e incluso llevar a un equilibrio geopolítico, piensan algunos geoestrategas de corte kissingeriano. Pero esa posibilidad se ha manifestado, aún entre los tres imperios, como una ilusión. Por una parte, a pesar de las diversas líneas territoriales que fijen entre los tres, nada puede determinar con exactitud que es exactamente “lo suyo”.

Para Putin, y probablemente para Trump, Ucrania pertenece al espacio euroasiático. Para los ucranianos y los europeos, Ucrania pertenece a Europa. Y después de su heroica resistencia, Ucrania se ha ganado un puesto de honor en la historia de Europa. Hungría, un país indiscutiblemente europeo, llegó a ser una punta de lanza rusa en Europa. Si en Francia y en Alemania los partidos pro-Putin y pro-Trump (generalmente son los mismos) logran hacerse del gobierno, incitarán a Rusia a ampliar sus espacios de influencia en todo el continente europeo, algo que chocará con los intereses norteamericanos y, sobre todo, con los chinos, pues una cosa es usar a Rusia como un mastín y otra dejarlo crecer como un elefante.

Tal vez tenía razón Kissinger cuando dijo muy poco antes de morir: “China y Rusia están históricamente destinadas a ser naciones enemigas”.

Ni siquiera los EE UU han podido cumplir con el esquema de su Carta de Seguridad. Su ataque a Irán no tiene, en efecto, nada que ver con la defensa del hemisferio occidental. ¿Qué es lo que llevó entonces a Trump a la locura de Irán? Probablemente arrebatar a China la más importante zona de inversiones del mundo islámico. Pero, y eso es innegable, su comunidad de destino con Israel, fue también decisiva.

Trump ve a Israel como una nación fundamental para ampliar su zona de influencia en la región islámica. ¿Qué significa eso? Simplemente que una división estratégica territorial entre los tres imperios no basta para asegurar la paz entre ellos. El mundo, desde la globalización de los mercados, ha dejado de ser un espacio solo territorial, hecho que ha comprendido con exactitud el gobierno chino. La tesis implícita de la Carta de Seguridad norteamericana, la de que hay tres parcelas (imperios) que amigablemente pueden compartir el barrio mundial, ha probado ser una quimera. Con su absurda guerra a Irán, la ha desmentido el mismo Trump.

China, solo en el caso de que alguna potencia intente amenazar los espacios territoriales que le pertenecen, entre ellos Taiwán, y algunas zonas en disputa con Rusia, no se embarcará en ninguna guerra territorial, pero siempre se inmiscuirá en todos los conflictos que le puedan reportar ganancias económicas, estén donde estén, y apostando siempre a ganador.

Lo definitivo es que la antigua línea que separaba a los EE UU de otras potencias mundiales, la de la defensa de las democracias en contra de las antidemocracias, aparece cada vez más desdibujada. A ninguno de los tres imperios interesa si una nación tiene gobiernos democráticos o dictatoriales. Lo importante es que permitan avasallar sus intereses, incluyendo los políticos. Con Trump la democracia norteamericana se mantiene institucionalmente. Pero con Trump los EE UU, que siempre habían sido una gran potencia, se han convertido, además, en un imperio territorial dispuesto a incorporar a otros países a su soberanía. Cuando Trump dijo que Venezuela podía ser el estado número 51 de los EE UU, no estaba bromeando, como tampoco bromeaba cuando decía lo mismo de Canadá y de Groenlandia. Todo eso nos lleva a pensar que ya estamos viviendo en un nuevo orden donde lo menos que está en juego son los sistemas políticos de las diferentes naciones.

Según Francis Fukuyama, estamos viviendo en un orden neo-maquiavélico (el filósofo alemán Peter Sloterdijk, sin nombrar a Fukuyama, coincide en esa apreciación) donde, ante la ausencia de una legislación internacional, cada nación quedaría librada a la habilidad de sus príncipes para conquistar a otras naciones Sí; ese es un orden; pero no nos engañemos: se trata de un orden que solo puede pervivir gracias a guerras interminables.

Quienes pensamos, tal vez ingenuamente, que alguna vez podía llegar a instaurarse, si no un orden mundial democrático, por lo menos republicano (en el sentido de Kant), tendremos que esperar todavía algunos años o siglos. Puede también que la democracia no sea un objetivo real sino un ideal necesario para ese deseo antropológico de ser libres que todos llevamos, algunos muy adentro, algunos más afuera. El ser para ser necesita libertad y paz y no opresión y guerra. O como escribí una vez: “La democracia no está al final de la lucha sino en la lucha misma, que no tiene final”. Sin embargo, nada está escrito.

Comenzamos citando a Orwell. Terminemos entonces citando a Orwelll. Se trata de uno de los pasajes más famosos de la novela 1984Es el que ocurrió durante la “Semana del Odio”, cuando en mitad de un discurso de propaganda, llega una orden del Partido y el orador cambia de enemigo a mitad de la frase sin inmutarse:

No hubo, desde luego, ninguna confesión de que se hubiera producido un cambio. Sencillamente, se supo con extrema rapidez y en todas partes a la vez que el enemigo era Asia Oriental y no Estenia. Winston estaba participando en una manifestación en una de las plazas céntricas de Londres cuando ocurrió. […] El discurso llevaba ya funcionando unos veinte minutos […] cuando llegó un mensajero, subió a la tribuna y entregó un trozo de papel al orador. Este lo desdobló y lo leyó sin interrumpir su discurso. Nada cambió en su voz o en su actitud, nada en el contenido de lo que decía, pero de pronto los nombres fueron diferentes. Sin necesidad de palabras, una oleada de comprensión recorrió a la multitud. ¡Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental!

En pocas horas, se establece que“Oceanía siempre había estado en guerra con Asia Oriental”.

Así justamente hace Trump. Un día afirma que ya tiene firmados los acuerdos de paz con Irán y luego bombardea Irán. Otro día nos dice que China es el enemigo principal y al otro día viaja a China y nos dice que Xi es su gran amigo. Putin hace lo mismo. Un día dice que ha establecido un acuerdo con Prigoschin. Al otro día manda asesinarlo. Un día dice que está dispuesto a negociar con Zelenski, al otro día afirma que Dombás es ruso. Xi no hace menos: dice que no se inmiscuye en la guerra en Ucrania, pero envía armas a Rusia y luego ordena a su criado norcoreano Kim Jong Um mandar sus soldados a morir a Ucrania.

En ese mundo orwelliano que estamos viviendo, las palabras ya no cuentan. Por eso, contra ese “nuevo orden”, vale la pena estar en contra. No podemos vivir sin la verdad pues si negamos la verdad negamos la realidad y así dejamos de ser en el mundo . Pero, ¿qué es la verdad?

La verdad, digamos así, es lo que no se puede negar.

Referencias:

George Orwell – 1984 

Francis Fukuyama: Y el último hombre

Peter Sloterdijk: Putin está jugando un póker apocalíptico

 

 

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