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Ángel Oropeza: Una lectura política de “Magnifica Humanitas”

 

La política es una actividad humana mediante la cual una sociedad organiza su convivencia, resuelve los conflictos propios de gente que piensa distinto, distribuye recursos escasos y coordina cómo lograr el crecimiento y realización de todos. Como tal, es un producto del avance de la civilización y es lo contrario a la barbarie y a la imposición de la fuerza bruta. De hecho, la política es el único mecanismo que permite que las inevitables libertades diversas coexistan sin destruirse.

A pesar de su altísimo valor y de su indispensable necesidad para la convivencia social y el crecimiento humano, los tiempos actuales presencian una peligrosa tendencia, no solo a restarle importancia sino incluso a rechazarla. Las causas son varias, desde el desencanto de muchos por el desempeño de ciertos políticos de oficio o por el déficit de algunas formas de política institucional en responder a las necesidades y demandas de la población, hasta la acción interesada de quienes la desvirtúan para sus propósitos de sumisión y dominio.

Esto último se evidencia en el intento sistemático y muy frecuente de desvirtuar lo político para convertirlo en dos disfraces igualmente aberrantes. En unos casos, la política se reduce a un espectáculo de clichés, discursos vacíos y mercadeo de figuras vendidas como productos de consumo. En otros se busca esconder claras intenciones políticas bajo un manto falso de una libertad “apolítica”, que se presenta como desregulación de toda norma para hacer lo que se quiera. En los primeros, la política deja de ser gestión inteligente para convertirse en un casting de influencers con frases felices y prehechas. En la segunda, todavía más perniciosa, el falso manto de “libertad apolítica” suele en la práctica favorecer sistemáticamente a los actores con más poder económico o social, porque son ellos quienes tienen mayor capacidad real de “hacer lo que quieran”. Así, los dominadores ejercen su poder de dominio sin que muchas veces los dominados se den cuenta de su situación de sumisión.

Entre muchas, una las virtudes de la reciente encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas es precisamente denunciar y desnudar con fina inteligencia esa última distorsión. Si bien el documento papal se centra principalmente en la inteligencia artificial, la guerra y la concentración del poder tecnológico, el Papa presenta la contraposición entre la “cultura del poder” y la “civilización del amor” sobre el cual insiste el magisterio católico.

Así, por ejemplo, la encíclica denuncia la farsa de la concentración del poder tecnológico bajo la apariencia de neutralidad. De hecho, el poder tecnológico es hoy predominantemente privado, sin contrapeso democrático, lo que hace más difícil discernir y orientarlo hacia el bien común. Cuando las grandes corporaciones tecnológicas presentan su dominio como mera innovación o libertad de mercado, están ocultando en el fondo una concentración de poder sin precedentes.

Es así como la encíclica advierte sobre cómo el progreso tecnológico sin orientación ética no entraña necesariamente progreso moral, sino que, por el contrario, puede acrecentar las desigualdades sociales y generar nuevas formas de dominio.

Es importante dejar muy claro en este punto que Magnifica Humanitas abraza explícitamente la defensa de la libertad personal. No se opone a la libertad, sino a la libertad vaciada de contenido, desligada del bien común y de la responsabilidad por el otro. Y esta distinción es clave, porque no es lo mismo libertad como autonomía responsable que libertad como coartada para el abuso de poder y el dominio de los poderosos.

La encíclica de León XIV tampoco es, como algunos interesados quisieran presentarla, un manifiesto antitecnología, sino una inteligente aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia a los retos de los tiempos que corren. De hecho, el documento se pasea y actualiza cinco grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia, que son la dignidad de la persona (la persona no puede reducirse a datos y rendimiento), la primacía del bien común (la tecnología debe servir a todos, no solo a unos pocos), el destino universal de los bienes (que se aplica también a bienes inmateriales como algoritmos, datos y plataformas), la subsidiariedad (afectada porque los Estados ya no son los actores relevantes, sino que son las grandes corporaciones tecnológicas las que ejercen un poder de facto) y la solidaridad (necesidad de transformar la interdependencia impuesta en una solidaridad elegida, consciente y recíproca).

Magnifica Humanitas está cargada así de enseñanzas fundamentales, algunas de las cuales tienen una clara relevancia política. De manera muy sintética, vale la pena resaltar tres de estos mensajes políticos centrales. El primero, y quizás el más contundente, es el llamado del Papa a “desarmar” la inteligencia artificial o, en otras palabras, librarla de las lógicas de dominación, exclusión y muerte. Esto implica un rechazo a la carrera armamentista tecnológica entre potencias por la supremacía en IA, la urgencia de una desaceleración consciente, no como pausa tecnológica sino como la oportunidad para que la ética y la gobernanza pública puedan alcanzar el ritmo de la innovación, y, finalmente, la necesidad de controles públicos y democráticos sobre los monopolios tecnológicos.

Un segundo mensaje político clave es el rechazo, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa en el sentido más estricto, a la teoría de la “guerra justa” y al uso de las armas autónomas y sistemas bélicos artificiales, los cuales están prácticamente fuera del alcance humano no solo para gobernarlos eficazmente, sino siquiera para respetar criterios éticos tradicionales.

Finalmente, un tercer mensaje político central es el llamado explícito a que los sistemas políticos y los estados no abdiquen de su responsabilidad en materia tecnológica. Para la Iglesia, en voz de León XIV, los gobiernos deben supervisar el tema de los algoritmos y la gestión de datos, proteger a los trabajadores y sus empleos frente a la automatización sin freno, proteger a los menores de edad del daño digital y regular el poder corporativo desmedido, solo interesado en la acumulación de riqueza y de poder.

Decíamos al principio que la política es lo contrario a la barbarie. Hoy esa barbarie no viene solo con tanques y dictaduras, sino con un discurso tecnológicamente amable de que “cada quien haga lo que quiera”, mientras unos pocos deciden por todos. Desenmascarar esa farsa, como lo hace León XIV en Magnifica Humanitas, es el primer paso para volver a pensar la política como lo que siempre debió ser, el arte de vivir juntos sin destruirnos.

Porque en sociedad estamos condenados a convivir. Esa es la gran verdad que ni el individualismo extremo ni el mercado desregulado pueden borrar. La única pregunta es si esa interdependencia será un yugo impuesto por los poderosos o una solidaridad elegida por todos. Como nos enseña el documento papal, la política no es el enemigo de la libertad, sino lo opuesto a la dominación. La política es la herramienta que tenemos para decidir, colectivamente, qué tipo de libertad queremos y para quienes. Renunciar a ella no nos vuelve más libres, nos vuelve más vulnerables, porque sin la política solo queda el dominio de los más fuertes.

Al igual que en la Rerum Novarum de 1891 y fiel a los principios de su Doctrina Social, la Iglesia vuelve a gritar ante el mundo que ningún sistema, mercado, ideología, Estado, tecnología o corporación puede estar por encima de la dignidad de la persona humana. Porque la persona no es un medio, un dato, un rendimiento o un eslabón en una cadena de producción, sino el fin y sentido mismo de todo orden social.

@angeloropeza182

 

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