El objetivo nunca fue gobernar: fue desmontar. No por torpeza ni por accidente. Fue un plan quirúrgico: arrancar cada bisagra, cada tornillo, cada alarma que pudiera impedir que los depredadores hicieran fiesta. Había que dejar al país sin huesos, sin testigos, sin nadie que pudiera decir “hasta aquí”. Porque sin instituciones no hay memoria. Y sin memoria, la trampa se vuelve política pública.
La estrategia fue brutal: convertir investigar, curucutear, auditar, exigir cuentas en actos de insolencia. En delitos. Que pedir transparencia sonara a provocación. Que revisar un expediente equivaliera a declararse enemigo. Que toda pregunta fuera sospechosa. Que toda cifra fuera un invento. Así el país quedó ciego, sordo, anestesiado. Un cuerpo abierto en canal sin capacidad de quejarse.
Cuando la institucionalidad cae, el poder se vuelve un cuarto oscuro donde cualquiera mete la mano en la caja. O peor: donde todos lo ven, pero ya no existe herramienta para impedirlo. La destrucción institucional no fue daño colateral: fue condición necesaria para que la corrupción dejara de ser excepción y se volviera atmósfera. Para que la impunidad fuera método. Para que el país quedara atrapado en un laberinto sin árbitros ni reglas.
Hoy, cuando se intenta reconstruir algo, lo primero que aparece es el eco de esa demolición: un país donde auditar es heroísmo, investigar es peligro y exigir cuentas es deporte olímpico. Pero incluso entre ruinas, la verdad insiste. La institucionalidad —esa palabra que suena aburrida— es la única muralla que protege a una nación de sus saqueadores.
El trabajo quedó en manos de periodistas, ONG y ciudadanos. Los últimos centinelas. Sin uniforme ni credenciales, pero con dignidad. Hermoso, sí: la ciudadanía como notario, la prensa como arqueóloga, las ONG sosteniendo con alambre lo que el Estado dejó caer. Pero no basta. Porque los delitos necesitan pruebas. No alcanza con verlos, sufrirlos, intuirlos. La justicia exige expedientes, firmas, sellos, cadenas de custodia.
Y ahí estuvo la genialidad del proyecto: que no quedara rastro. Destruyeron archivos, contralorías, fiscalías, auditorías, reglamentos, protocolos. Todo lo que pudiera documentar un crimen. Un país sin instituciones es un país sin memoria. Y un país sin memoria es un paraíso para el saqueador.
La jugada fue perfecta: que investigar fuera imprudente, que diagnosticar fuera subversivo, que controlar fuera insolente, que auditar fuera un acto de guerra. Así la corrupción dejó de ser delito y se volvió ecosistema. Y quienes intentaron documentarla quedaron como náufragos recogiendo vidrios rotos en una playa interminable.
La demolición institucional no fue efecto secundario: fue herramienta del crimen. Sin instituciones no hay pruebas. Sin pruebas no hay culpables. Sin culpables no hay justicia. Y sin justicia, el saqueo se vuelve paisaje.
La conclusión es ruda: la institucionalidad no es un lujo, es un salvavidas. Cuando se corta, el país queda a merced de quienes saben nadar en aguas turbias. Por eso urge reconstituir. No para volver a un pasado idealizado, sino para impedir que el crimen vuelva a disfrazarse de épica o destino. Un país sin instituciones es un país desarmado. Y un país desarmado siempre termina siendo botín.
La reconstitución no será rápida ni limpia. Pero es la única forma de que la verdad deje de ser acto de fe y vuelva a ser hecho comprobable. De que la justicia deje de ser espejismo y vuelva a ser camino. De que la ciudadanía deje de ser testigo impotente y vuelva a ser dueña de casa.
Todo empieza por ahí: devolverle al país sus ojos, sus oídos, su memoria. Levantar, piedra a piedra, las murallas que alguna vez nos protegieron. Y que volverán a protegernos si tenemos el coraje de reconstituirlas.
Y en ese camino áspero, minado y lleno de trampas, tienen que poner elecciones. Porque en democracia manda el pueblo, no el capricho de ningún trono prestado. Así que fijen fecha, hora y menú. Sin rodeos. Sin sombras. Sin excusas. Allí estaremos, la mayoría decente, la que no se quema aunque la quieran incendiar, la que sigue de pie entre cenizas, la que no se rinde aunque soplen huracanes.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

