No pasa nada. Nada de enorme gravedad, nada como no poder pagar las cuentas, nada como no tener para comer, nada como no tener casa, nada como no tener ropa, nada como estar en guerra, nada como una enfermedad grave, nada como la pérdida del amor, nada como el secuestro o la tortura o la cárcel, nada como no poder caminar y, sin embargo, estamos preocupados. Porque se rompió la licuadora, porque nos da temor el examen, porque se nos vence la licencia de conducir, porque nos torcimos el pie, porque nos salió una arruga nueva, porque no vino el pintor a la hora en que dijo que iba a venir, porque no sabemos qué ropa ponernos para una reunión de trabajo, porque se cayó la conexión a internet, porque alguien no nos contestó un mensaje de WhatsApp, porque no llega el correo electrónico con la confirmación de una compra, porque el vuelo está atrasado, porque se nos despegó la suela del zapato en una ciudad extranjera y no tenemos otro par, porque el teléfono se quedó sin batería, porque no entendemos cómo completar ese formulario online, porque perdimos los auriculares inalámbricos, porque tenemos pocos likes en un posteo de Instagram, porque el delivery de helado no llega hasta nuestro barrio, porque hay polillas, porque se discontinuó el champú que usábamos, porque no sabemos qué cocinar, porque no encontramos el control remoto. ¿No es deslumbrante la masiva capacidad de olvido del fin, la masiva capacidad para hacer de cuenta que no nos sucederá la mayor de las catástrofes, la masiva capacidad para preocuparnos por el desdén de un desconocido o el virus de la computadora cuando todos, absolutamente todos, a pesar de la belleza, del trigo y del rayo, de Rembrandt y de Rothko, de Lorrie Moore y de Flaubert, de Laurie Anderson y de Beethoven, de los caballos y del color rojo, del mar y de los duraznos, del pan y de las canciones de cuna, hemos nacido en una casa en llamas?

