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Antonio Pérez Esclarín: Elegir la alegría y la esperanza

 

El 2026 avanza a pasos veloces, van quedando atrás los sucesos del tres de enero, pero siguen los problemas, la incertidumbre, la angustia y el temor. Por ello, es necesario y urgente plantearse con valor la opción de, a pesar de todo,   optar por la alegría y la esperanza.  Pero, ¿acaso no resulta absurdo y hasta cínico proponer la alegría y la esperanza en esta Venezuela que no termina de superar sus gravísimos problemas y en la que cada día aumenta la incertidumbre, el desconcierto y el miedo?  ¿Cómo proponerles la alegría a los familiares de los presos políticos que todavía no pueden abrazar y celebrar la libertad de sus seres queridos? ¿Alegría a los millones de conciudadanos a quienes   les resulta cada vez más cuesta arriba sobrevivir y comprueban defraudados cómo los nuevos aumentos en algunos bonos sin tocar el salario que prácticamente ha desaparecido, no alcanzan para cubrir ni la mitad de la cesta alimentaria y ven como la inflación indetenible los devora?  ¿Alegría a los que se sienten oprimidos por la angustia y la tristeza al palpar que el país no termina de enrumbarse? ¿Alegría ante los sofocos de apagones de cinco horas y más sin previo aviso ni información alguna? ¿Alegría ante el espectáculo de unos políticos incapaces de reconocer sus culpas y de anteponer sus intereses en pro del  bien del país y la superación de esa demasiado larga  crisis humanitaria, política, económica y social  tan compleja que vivimos?

Henry Bergson decía que “la alegría anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha ganado terreno, que ha conseguido una victoria: toda gran alegría tiene un acento triunfal”, y el novelista español Benjamín Jarnés, afirma que “el júbilo verdadero solo se adquiere a costa de un dolor vencido”.

Por ello, estoy proponiendo una alegría combativa que, precisamente porque siguen o se agudizan los problemas, se compromete con renovado coraje  a trabajar por  una Venezuela libre, reconciliada y próspera  para todos. Por ello, es una alegría tenaz, combativa, perseverante e inteligente. La victoria no es un regalo, es una conquista. Decía Mahatma Ghandi: “La alegría está en la lucha, en el esfuerzo, en el sufrimiento que supone la lucha y no en la victoria   misma”. Por ello, cuando propongo la alegría estoy invitando a un esfuerzo inteligente, a una actitud que no se resigna ni se rinde. Alegría que se sustenta en ese corazón noble y generoso que late en los pechos de la mayoría de los venezolanos, capaces de actos callados de heroísmo, que no suelen ser publicitados. Hablo, por ejemplo,  de maestros y maestras que vienen  trabajando  con creatividad y tenacidad,  a pesar de recibir unos sueldos miserables; de  personas que comparten la escasa comida y montan ollas solidarias; de  médicos y enfermeras que combaten  las enfermedades y dolencias a pesar de  la situación penosa en que se encuentran los hospitales; de empresarios  que siguen apostando por Venezuela  y apoyan  los esfuerzos de los que continúan dando la batalla de la paz, la reconciliación y la prosperidad para todos; de políticos honestos y con vocación de servicio  que siguen dando la pelea sin rendirse y trabajan por la  reconstrucción profunda de Venezuela.

La verdadera alegría, que no viene de afuera, de las cosas, sino que mana de adentro cuando se ha aprendido a vivir en la verdad y en el servicio, es siempre subversiva de este mundo inhumano y excluyente, que considera que la felicidad se compra con dinero o influencias. Es una alegría siempre esperanzada, más fuerte que los cansancios y las aparentes derrotas.  Esta alegría, que brota de la compasión y el compromiso,  se convierte en fuerza para combatir todo lo que ocasiona tristeza y dolor, para así  construir la civilización del amor, donde sea posible la felicidad para todos.  En palabras de Eduardo Galeano:

“Nosotros tenemos la alegría de nuestras alegrías y también la alegría de nuestros dolores, porque no nos interesa la vida indolora, que la civilización del consumo vende en los supermercados. Y estamos orgullosos del precio de tanto dolor, que con tanto amor pagamos. Nosotros tenemos la alegría de nuestros errores, tropezones que muestran la pasión de andar y el amor por el camino. Y tenemos la alegría de nuestras derrotas, porque la lucha por la justicia y la belleza valen la pena también cuando se pierden. Y sobre todo tenemos la alegría de nuestras esperanzas. En plena moda del desencanto cuando el desencanto se ha convertido en artículo masivo y universal, nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano”.

Escoger la alegría como la mejor opción para vivir es una elección que hay que renovar cada día de forma consciente. Es la decisión de levantarnos con entusiasmo y decidir vivir el nuevo día defendiendo la vida, dando vida. Por ello, a pesar de los problemas,   vive alegre y alegra, pues en Venezuela hay demasiada tristeza, desánimo   y miedo.  Haz que la gente se sienta valorada, esperanzada, querida. Evita toda palabra ofensiva. No permitas que la rabia, el desamor o la violencia de otros te arrebaten la alegría y la paz del corazón.  Derrota la agresividad y la violencia con dulzura y amabilidad. No amenaces,  no insultes, no ofendas.  Cultiva siempre palabras positivas, que animan, sanan heridas, refuerzan la autoestima, construyen puentes de reencuentro. Si servir es un privilegio, pues “hay más alegría en dar que en recibir”, aprovecha las oportunidades de servir que te ofrece la vida y da gracias por ellas. Acepta también agradecido lo mucho que recibes de los demás y trata de responderles con generosidad.

Es lo que hacía Albert Einstein que escribió: Cien veces al día recuerdo que mi vida interior y exterior depende del trabajo que otros están haciendo ahora. Por eso, tengo que esforzarme por devolver al menos una parte de esta generosidad, y no puedo dejar ni un momento vacío.

pesclarin@gmail.com – @antonioperezesclarin – www.antonioperezesclarin.com

 

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