El indigenismo que proclama el régimen mexicano es demagógico. Frente a esa extravagancia, hay otros géneros de indigenismo: antiguos, sólidos, genuinos. El hispanismo que proclaman algunos adalides de la identidad en España es demagógico. Frente a esa distorsión existen también otros hispanismos. Antiguos, fundamentados y válidos.
El indigenismo comprensivo nació con los franciscanos del siglo XVI. Religiosos como Pedro de Gante, Motolinía y Sahagún —autor del Códice florentino, una monumental obra enciclopédica sobre la cultura y cosmovisión de los pueblos nahuas de Mesoamérica— desplegaron un esfuerzo en verdad apostólico, pero también renacentista, por estudiar y entender al indígena: aprender su lengua, escribir gramáticas, registrar sus costumbres, rescatarlo de la orfandad teológica en que lo dejó la Conquista. Tuvo representantes admirables en todos los siglos y aún los tiene. En el siglo XX, lo encarnaron el filólogo y sacerdote Ángel María Garibay y el historiador Miguel León-Portilla. Es un indigenismo de la cultura y del acercamiento riguroso y paciente.
A su lado apareció un indigenismo combativo, no menos valioso. Su profeta fue fray Bartolomé de las Casas, el autor de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552). Su defensa radical del indígena obligó al Imperio español a confrontar sus abusos y a legislar en consecuencia. Aunque no siempre se cumplieron, las Leyes de Indias introdujeron un principio decisivo: el indio debía ser protegido. Siglos después, la Revolución mexicana, en su vertiente zapatista y agrarista, retomó esa defensa. En tiempos recientes, esa lucha reapareció en figuras como el obispo Samuel Ruiz, cuya labor se tradujo en importantes reformas sobre derechos indígenas. Anima al indigenismo combativo un impulso de justicia, aunque a veces derive en confrontación con el orden vigente. Es una tensión difícil, pero legítima, que México ha sabido resolver mejor que varios países de Iberoamérica.
El indigenismo demagógico nada tiene que ver con el conocimiento de las culturas indígenas ni con la defensa de las diversas comunidades indígenas que existen en México. Curiosamente, apareció en el pensamiento de algunos criollos durante la guerra de independencia, que vincularon al México naciente con el Imperio mexica como fuente de legitimidad exclusiva. Además de la absurda apropiación —los criollos no tenían una gota de sangre indígena—, su idea alimentó una narrativa centralista alevosamente anclada en Ciudad de México, la antigua Tenochtitlan, olvidando la pluralidad del mundo prehispánico. Sus conspicuos partidarios actuales invocan desde el poder al indígena que hace medio milenio adoraba a Quetzalcóatl (o, según la moda, a Huitzilopochtli) pero olvidan al que hoy mismo enciende veladoras a la Virgen de Guadalupe en la capilla barroca de su pueblo. Utilizan al indígena actual con fines políticos.
Pero no sólo el indigenismo incurre en esas distorsiones. También el hispanismo.
Siempre ha habido, hasta el día de hoy, un hispanismo al que tampoco le importa el conocimiento, ni la comprensión, ni siquiera la defensa legítima de una herencia cultural. Es el hispanismo reaccionario.
Esta vertiente ideológica y militante floreció sobre todo en la primera mitad del siglo XX en México. Su propósito nunca fue comprender, documentar o explicar el pasado, sino utilizarlo contra la modernidad democrática y liberal, la secularización, la tolerancia y la revolución social. Lo representan escritores como José Vasconcelos (especialmente en su madurez) y Alfonso Junco, e incluso historiadores por otra parte serios como el jesuita Mariano Cuevas —quien descubrió el manuscrito original del testamento de Cortés— o Jesús Galindo y Villa —quien, pese a su idealización moral del virreinato, fue un gran estudioso de los códices indígenas—.
Este hispanismo reaccionario convirtió a España y a su reflejo americano, la Nueva España, más en una abstracción providencial que en una realidad histórica: reserva eterna de catolicismo y unidad espiritual. Idealizó el virreinato hasta desfigurarlo: allí donde la historia mostraba conflictos, privilegios y desigualdades, veía un orden orgánico y jerárquico casi perfecto. En fechas recientes, este hispanismo ha reaparecido en el desprecio hacia las culturas indígenas bajo la idea de que España vino a civilizarlas porque no tenían ningún valor. Olvida que México, antes de 1521, era el asiento de una vasta y riquísima civilización.
Pero frente a esta distorsión política de la historia, en México siempre hemos tenido un hispanismo que busca comprender la herencia española de México. Es un hispanismo del conocimiento. No niega la independencia ni sueña con restauraciones imposibles. Reconoce con orgullo, en cambio, que los tres siglos del virreinato son parte constitutiva —absolutamente fundamental— de México y que sin ella el país resulta incomprensible.
En el siglo XIX, esa tradición tuvo representantes eminentes como Lucas Alamán, autor de las Disertaciones sobre la historia de la República Megicana [sic] desde la época de la Conquista (1844), y Joaquín García Icazbalceta, que prácticamente rescató por sí solo la historiografía novohispana del siglo XVI. Conservadores ambos, pero también historiadores rigurosos y serios, gracias a ellos comenzó el estudio moderno de la Nueva España. Esa corriente alcanzó en el siglo XX su mejor nivel. Silvio Zavala estudió con profundidad las instituciones jurídicas y sociales del imperio español en América: la encomienda, el trabajo indígena, la esclavitud, las ideas de Vasco de Quiroga. Edmundo O’Gorman, en obras como La invención de América (1958), desmontó mitos para pensar históricamente la formación misma de América y México. José Miranda, español transterrado, exploró la estructura intelectual y política del mundo novohispano y dejó obras esenciales sobre el tributo y la encomienda. Otro transterrado, el padre José María Gallegos Rocafull, escribió El pensamiento mexicano en los siglos XVI y XVII (1951). Más allá de sus diferencias filosóficas, estos historiadores compartían una convicción: la Nueva España no puede entenderse como una simple interrupción entre un mítico esplendor indígena y la república, sino como una continuidad compleja que dejó instituciones, lengua, religión, ciudades, arte, formas jurídicas, costumbres y visiones del mundo.
El hispanismo del conocimiento no sustituye una leyenda negra por otra rosa. Comprende que la herencia española incluye tanto las universidades, la protección jurídica de los naturales, la propiedad comunal de las tierras de los pueblos de indios como las fallas en la aplicación de aquellas mismas leyes, la desigualdad, la inquisición, la intolerancia religiosa, la esclavitud y las jerarquías raciales. Por ello, ese hispanismo tiene autoridad intelectual: estudia sin idealizar.
Ni el México indígena ni el hispánico existen hoy en estado puro. Sobreviven mezclados y en gran medida reconciliados —pese a los esfuerzos de los políticos y militantes por enfrentarlos— en la realidad de una nación plural. La tradición más seria del pensamiento mexicano entendió siempre esta complejidad. Por eso, los grandes historiadores nunca confundieron el estudio de esas herencias con su adoración ideológica.
México no pertenece a una identidad exclusiva ni excluyente. México es un país de identidades plurales. Una construcción histórica donde convergen creativamente tradiciones indígenas, hispánicas, africanas, asiáticas, liberales y modernas. Defender una identidad en detrimento de otra es olvidar que México es todavía (o al menos formalmente) un país de leyes. Y en un país de leyes, la pertenencia no se define por una raíz étnica o cultural. Se define por un orden jurídico compartido.
Historiador y ensayista. Su último libro publicado en España es Spinoza en el Parque México (Tusquets).

