Hace unos días, en un discurso en Aquisgrán al recibir el premio Carlomagno, Mario Draghi dijo que Europa corre un gran riesgo y es el de acabar convertida en “un espectador”. Un simple espectador, convendría matizar. Y no está mal, tampoco hay que alarmarse. Reunirse en un café de una ciudad del viejo imperio austrohúngaro, conversar con amigos sobre el ocaso del mundo, observar cómo pasan los cadáveres de los mandatarios que hasta hace poco brillaban en los escaparates de los medios. Es un gran plan, incluso se podría apagar el móvil para pasar la tarde sin sobresaltos.
¿Por qué entonces el ex primer ministro de Italia y expresidente del Banco Central Europeo se preocupa tanto y llega a afirmar que “Europa está cada vez más sola”? Ahí están países como Alemania, Francia o Reino Unido, no debería hacer falta hablar de su pasado glorioso. Y el caso es que no están en su mejor momento. Hace un año, Friedrich Merz tomó las riendas de Alemania, se propuso realizar grandes reformas, modernizar el país y romper con ese ritmo mediocre de crecimientos raquíticos, y todo ha quedado en casi nada: solo más y más gasto en defensa, como si ahí estuviera escondido el milagro que no termina de llegar. Por lo que toca a Francia, Emmanuel Macron se ha convertido en un presidente que va de un lado a otro y que levanta el dedo para recitar cada vez que le dejan los grandes valores del Viejo Continente, pero que en su país está en realidad totalmente parado. Ni siquiera ha sacado adelante el único proyecto en el que puso una cierta determinación: la reforma de las pensiones. En cuanto a Keir Starmer y el Reino Unido, hace poco se han visto los resultados de las elecciones del 8 de mayo, que fueron un mayúsculo desastre, pero no solo para el Partido Laborista que el primer ministro preside, sino también para los conservadores. Starmer lleva desde que llegó al poder dedicándose a marear con promesas vagas; ese es su estilo. La pura nada.
Estrictamente hablando, y por tirar del hilo de Draghi, ¿han sido en estos últimos meses estos tres mandatarios unos simples espectadores? ¿Ahí en un café, comentando tan ricamente los avatares de un mundo que está cambiando a marchas forzadas? No lo parece. Lo que sí transmiten los tres es la impresión de que han perdido el rumbo. Están en el barco, sí, pero se pasan el día corriendo de babor a estribor, de proa a popa. No saben cómo responder, y ese es el gran problema, a las enormes cantidades de ciudadanos de sus respectivos países que están cada vez más encantados con los mensajes de la extrema derecha.
Alemania y Francia han sido desde el principio los motores de la Unión Europea, el Reino Unido ni siquiera está ya dentro del club. De Bruselas podría decirse que procura mantener el tipo. Al mismo tiempo que explica que quiere incorporar cuanto antes a nuevos socios, se afana para encontrar un mecanismo que le permita transitar hacia un modelo en que las decisiones las tome una mayoría cualificada. Las dos cosas pueden sonar bien, que siga el baile, pero tampoco hay entre los Veintisiete liderazgos claros que permitan pilotar la nave en estos tiempos de tormenta. El Estado de bienestar está crujiendo en todas partes, los ultras están ganando la partida con su mensaje de odio al inmigrante, Trump quiere desligarse de un Viejo Continente que solo le produce gastos y malestar. Y Draghi dice que el gran riesgo es que Europa sea ya solo espectadora. ¿Y si la cosa fuera peor? Ay.

