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Soledad Morillo Belloso: Zapatero sin zapatos

 

El título parece una travesura literaria, pero no: es una fotografía incómoda. Ahí está el expresidente que se paseaba por Caracas como si flotara sobre terciopelos bolivarianos, ahora descalzo, con la planta del pie pegada al mármol frío de la Audiencia Nacional. No es metáfora caprichosa: cuando la justicia llama, hasta los políticos más perfumados terminan en medias, o peor, con los pies pelados y la pedantería hecha talco.

La imputación le arrancó los zapatos con la misma frialdad con que se desmonta un decorado de teatro barato. De pronto, el hombre que recitaba “diálogo” y “puentes” como si fueran mantras tibetanos se descubre caminando sobre grava judicial, sin la espuma de sus discursos suaves ni la retórica de gurú tropical que tanto disfrutó. La justicia no compra cuentos: exige fechas, firmas, transferencias, nombres propios. Y en esa contabilidad, Zapatero queda sin adornos, sin cuero, sin suela y sin relato.

Su figura —que durante años se movió con la soltura del que cree tener brújula moral para todo un continente— ahora avanza torpe, tanteando el terreno como quien pisa un piso desconocido. Cada paso es un crujido: ¿qué sabía?, ¿qué hizo?, ¿qué omitió? Las preguntas no son preguntas: son piedras. Y él, uf, sin zapatos.

España observa con ceño fruncido. Venezuela observa con un gesto que mezcla hastío y confirmación. En ambos lugares resuena la misma lección: quien camina demasiado tiempo sobre alfombras ajenas termina olvidando que el suelo existe. Y cuando al fin lo pisa, descubre que está lleno de astillas, y que algunas se clavan hondo.

Zapatero sin zapatos no es sólo una imagen: es un recordatorio de que la política, cuando se codea con las sombras, siempre termina descalza ante la luz. Y la luz, ya se sabe, no perdona callos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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