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Soledad Morillo Belloso: Radonski; Pase, siéntese. La película está por empezar

 

Los Radonski siempre parecieron personajes escapados de una novela escrita en un tren europeo: abrigos largos, maletas discretas, un apellido que termina en –ski como quien deja una estela de nieve detrás. Venían de Europa del Este, de esa franja donde los inviernos son discusiones familiares que no terminan nunca y donde los apellidos suenan a madera vieja, a sopa caliente y a fronteras vigiladas. Allí, entre Polonia y Ucrania, la vida judía era un equilibrio precario entre la esperanza y la maleta siempre lista. Y un día, como tantos otros, la maleta se cerró con un clic definitivo. No fue un viaje romántico: fue un “vámonos antes de que esto se ponga peor”.

Llegaron a Venezuela como llegan los buenos inmigrantes: sin ruido, sin épica, sin trompetas, pero con una determinación que se siente a kilómetros. El país, tan tropical, tan desordenado, tan generoso, los recibió con ese gesto venezolano de “pase, aquí siempre hay un asiento libre”. Y ellos, que venían del frío, encontraron un lugar donde el sol no pide permiso y la vida se reinventa sin pedir disculpas.

Y aquí empieza la parte sabrosa: mientras otros inmigrantes abrían bodegas, panaderías o talleres, los Radonski miraron alrededor y dijeron, con la calma del que ya lo decidió todo: “Aquí lo que falta es cine.”

No pan, no telas, no ferreterías.

Cine. Pantallas. Oscuridad compartida. Ese milagro de sentarse juntos en una sala a ver cómo la luz inventa mundos.

Mientras otros contaban tornillos, ellos contaban butacas. Mientras otros afinaban máquinas de coser, ellos afinaban proyectores que ronroneaban como gatos satisfechos. Así nació el Circuito Radonski, que no era un circuito sino un pequeño país paralelo: salas con olor a alfombra nueva, acomodadores que parecían monjes con linterna, taquilleras que sabían quién venía a ver la película y quién venía a ver a la novia. Cada cine era un refugio, un paréntesis, un sitio donde la vida se ponía en pausa para que la ficción hiciera su trabajo.

La historia oficial dice que fue uno de los grandes operadores de cine del país. La historia picaresca dice que fueron arquitectos de oscuridades felices donde el país podía esconderse del calor, del tráfico y de la realidad por dos horas.

El apellido hacía piruetas. Pasó de sonar a vodka y nieve a sonar a cotufas y refresco grande. De sonar a frontera cerrada a sonar a “función de las 7”. De sonar a tragedia europea a sonar a sábado en familia.

Pero la picardía no termina ahí.

Cuando los grandes cines empezaron a morir como dinosaurios elegantes, los Radonski no se quedaron llorando en la fila de la taquilla. No. Hicieron lo que hace todo buen visionario: se adelantaron al golpe. Se metieron en centros comerciales, multiplicaron pantallas, modernizaron el negocio y terminaron siendo uno de los pilares que fundaron Cinex. El apellido desapareció de las marquesinas, pero quedó en los cimientos, como esos fantasmas buenos que no asustan: sólo supervisan.

Y así, sin proponérselo, los Radonski cerraron el círculo.

Vinieron huyendo de la oscuridad peligrosa y terminaron fabricando oscuridades felices. Vinieron escapando de un mundo que se apagaba y terminaron encendiendo pantallas. Vinieron buscando un lugar donde quedarse y terminaron dándole a Venezuela un lugar donde soñar.

Y si uno escucha con atención, todavía hoy, en alguna sala de Cinex, se oye un eco suave, casi un susurro: “Pase, siéntese. La película está por empezar.”

Y sí, muchas buenas historias de amor en Venezuela nacieron en la penumbra de un cine con el sello Radonski. Esa oscuridad tibia que abraza, que protege, que invita; esa sombra cómplice donde dos manos se buscan sin que nadie las vigile, donde el corazón late más fuerte que el proyector, donde la pantalla ilumina rostros que no se miran de frente pero se reconocen por el rabillo del alma.

Porque los cines Radonski no sólo proyectaban películas: destapaban emociones. Eran incubadoras de romances, templos discretos donde el amor se estrenaba con un beso furtivo. Allí, en la fila del medio, en la butaca que rechinaba apenas, en el aire frío que obligaba a acercarse un poco más, se tejieron besos tímidos, promesas improvisadas, silencios que decían más que cualquier diálogo de Hollywood.

Los Radonski, sin proponérselo, terminaron siendo patrocinantes nacionales de suspiros, de historias de pieles que se rozaban por accidente y ya no querían separarse. Arquitectos de oscuridades felices donde el país, por un instante, dejaba de doler y empezaba a latir.

En esas salas nació más de un noviazgo, más de un matrimonio, más de un “te quiero” dicho bajito para no interrumpir la escena.

Y quién sabe cuántos amores imposibles encontraron allí su único territorio neutral, su única tregua, su único escondite.

Porque si algo sabían hacer los Radonski era encender la vida justo en el instante en que la pantalla se apagaba, como si cada final de película fuera el comienzo secreto de algo que sólo podía nacer en esa penumbra cómplice.

Conozco a Mónica Radonski desde hace tanto que el tiempo dejó de contarse en años y empezó a medirse en confidencias. Somos amigas de esas que se reconocen por la respiración, compañeras de ruta cuando la vida se enreda y también cuando decide regalarnos risas que estallan sin pedir permiso. Hemos estado ahí, la una para la otra, en los días que pesan y en los que brillan, sosteniéndonos, celebrándonos, sobreviviendo juntas.

Al final, todo queda así: una estela de luz que atraviesa décadas, un apellido que viajó desde el frío para encender un país cálido, una colección de salas que fueron refugio, escondite, confesionario y escenario. Los Radonski no sólo trajeron cines: trajeron una manera de mirar, de reunir, de suspender el mundo por un instante para que la vida respirara.

Y mientras la pantalla se apagaba y el murmullo del público se levantaba como un oleaje suave, algo quedaba vibrando en el aire: la certeza de que, gracias a ellos, Venezuela tuvo un lugar donde enamorarse sin prisa, donde llorar sin vergüenza, donde reír sin permiso, donde soñar sin miedo.

Quizás por eso, cuando uno recuerda un cine Radonski, no piensa en ladrillos ni en proyectores. Piensa en la vida que se encendía allí adentro. Piensa en la magia que no estaba en la película, sino en lo que la película despertaba. Piensa en la mano que buscó otra mano en la oscuridad y la encontró.

Y así, como quien baja la voz para no romper el hechizo, queda este último gesto, este último guiño, este último homenaje a una familia que convirtió la oscuridad en hogar:

Pase, siéntese. La película —la de ellos, la nuestra— nunca dejó de empezar.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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