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Ana Noguera: El prestigio de China

 

Que China está de moda es más que una realidad: es la percepción que inunda medios de comunicación, industrias y empresas, estudios, investigaciones, conferencias, incluso las conversaciones familiares y de amigos.

Hay una curiosidad creciente por saber qué está pasando con ese gigante y cuáles serán sus reacciones a nivel geopolítico. Y la desconfianza que existía desde hace décadas hasta apenas hace un par de años ha dado un vuelco; como señala el último Estudio sobre política internacional realizado por el CIS, el 55% de los españoles prefiere que la UE refuerce vínculos con China y otros países emergentes y no con EEUU.

No solo aumenta la curiosidad, sino la admiración por un país gigante que lidera prácticamente todas las innovaciones: macroinfraestructuras, investigaciones científicas, arquitectura, robótica, educación etc., etc. Solo falta ver aquella magnífica exhibición de la Gala del Festival de Primavera, en la que vimos robots humanoides bailando, realizando acrobacias, artes marciales e interactuando con niños. Todo un reto tecnológico y educacional, porque esos niños chinos ya conviven con robots, superando su conexión y comunicación a la de cualquier niño del resto del mundo.

China está conquistando continentes, con una presencia mayoritaria en Sudamérica y, especialmente, en África. Pero su entrada ahora en Europa está siendo también “discretamente” imparable, véase por ejemplo la compra de fábricas de automóviles para producir, por ejemplo, en España los nuevos coches eléctricos chinos. Vayan a cualquier ciudad europea y verán en su plaza más significativa la promoción de los vehículos BYD.
Eso sí, la invasión china es discreta, pacífica, armónica, sin provocar ruido y sin desenfundar una sola arma. Todo lo contrario de lo que está pasando con EEUU y Trump.

Porque el éxito chino no se debe solo a sus avances y logros incuestionables, sino a la enorme torpeza, la mala educación, la mentira y la soberbia, la arrogancia trumpista y la continua violencia de Trump, lo que ha provocado la desconfianza ante un gobierno que no tiene palabra, que solo sabe amenazar y que ha puesto la economía global patas arriba en una crisis grave y, sobre todo, en una crisis humanitaria.

A China aún le queda largo recorrido para igualar el PIB per cápita de EEUU o de Europa. Partían de un nivel bajo cero: hay que recordar que en 1950 era el segundo país más pobre del mundo, en el que murieron por hambre 60 millones de personas. Pero su proyección es un “prodigio”, con factores claramente interesantes para estudiar y analizar. De hecho, algunas de las claves que China puso en marcha ya las están aplicando los países europeos, aunque no lo digamos abiertamente o aunque ni siquiera seamos conscientes de ello.

Es reseñable destacar que, pese a que el PIB per cápita de China es mucho menor que el de EEUU, su distribución es mucho más igualitaria: el más pobre de China es más rico que los pobres de EEUU. Su crecimiento está siendo mucho más equitativo y con mayor justicia social.

Por China, de visita a su presidente Xi Jinping, han pasado todos los países europeos. Y aciertan reforzando comercial y diplomáticamente unas relaciones con quien es uno de los actores principales de este siglo. Sobre todo, porque seguramente se puedan establecer unas relaciones con China basadas en el acuerdo, el consenso, el diálogo y la palabra dada, que signifique volver a un nuevo orden mundial basado en la cooperación.

No olvidemos nunca que la debilidad europea es también su propia fortaleza: la UE no se construyó para la guerra ni para la defensa, sino para la paz. Hoy esto nos deja vulnerables frente a un sheriff imperialista y bravucón como Trump, pero también garantiza la fiabilidad de un continente basado en la seguridad, el bienestar y la paz.

China no tiene ansias imperialistas; su único talón de Aquiles es Taiwán, por razones que ahora no corresponde analizar, pero que nada tienen que ver con las invasiones estadounidenses en Irak, Irán o Venezuela. Según una encuesta del canal taiwanés TVBS, dos de cada tres taiwaneses querrían negociaciones “de gobierno a gobierno”, entre otras cosas porque EEUU y Trump no les ofrecen ninguna garantía ni fiabilidad.

En estas circunstancias, el “todopoderoso” Trump, que no para de equivocarse, acude a visitar a Xi Jinping. La primera imagen es que es él quien se desplaza y no el mandatario chino; ha tenido que salir de Mar-a-Lago y mover “el culo” (como a él le gustaría decir). Aún recordamos aquella vergonzosa foto de la presidenta de la UE, Ursula von der Leyen, visitando a Trump en su residencia mientras él jugaba al golf.

Ahora no le queda más remedio que ir él a rendir pleitesía, porque China no necesita reírle las gracias y se ha mantenido fuerte ante los pulsos irracionales de subidas y bajadas de aranceles sin ningún criterio.

Segunda imagen: el caos que ha generado Trump en el mundo lo presenta como un líder débil, desnortado, desorganizado, poco de fiar y, sobre todo, sin amigos en el resto del mundo. Ya no tiene con quién sentarse a negociar. Su debilidad es extrema. Mientras que todo el resto del mundo quiere hablar con China, se huye de hablar con Trump.

Ni siquiera su principal amigo, Javier Milei, ha tenido reparos en seguir negocios con China, que se ha consolidado a principios de este año 2026 como el principal proveedor de Argentina, con más del 28% de las importaciones del país.

Tercera imagen: Trump busca ahora en China compromisos de compras a las multinacionales que le acompañan, incluido Elon Musk. Trump ha pasado de crear un “proteccionismo” contra China y provocar un desorden mundial para acabar con la potente invasión comercial china a pedirle acuerdos de compra, porque la economía americana se hunde cada vez más, la popularidad de Trump desciende, y los líos bélicos en los que se ha metido son verdaderos avisperos de los que no sabe salir.

De la misma forma que nosotros vemos a Trump, lo ve también la población china, que no parece muy entusiasmada con la visita porque ya no creen “que el relato de EEUU sea mejor”. Los chinos hoy se saben sobradamente preparados para enfrentarse al futuro cercano, al que miran con total optimismo: tienen un fuerte sentido nacionalista, un gran respeto por su cultura, una admiración por su trabajo y su esfuerzo y una confianza en su gobierno. Todo lo que carece actualmente EEUU.

Conclusión: mucho tendrá que esforzarse Trump para ofrecer una imagen muy diferente a la que tiene y que podamos creer, mientras Xi Jinping ni siquiera se despeinará. La partida ya está ganada del lado de China.

 

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