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Ovidio Pérez Morales: El amor como valor supremo

 

En situaciones como la actual venezolana esto tiene aplicaciones muy concretas a la hora de formular propuestas, así como de jerarquizar orientaciones y decisiones, superando interpretaciones reductoramente economicistas y soluciones estrictamente políticas. Lo cultural, y dentro de ello lo ético espiritual, ha de jugar un papel primordial

Se ha solido identificar de tanto en tanto el fin de la historia con acontecimientos tremendos o maravillosos. Algo de eso se fantasea actualmente con motivo de los saltos en el campo tecnológico comunicacional y muy concretamente con la denominada inteligencia artificial. De ésta, no poco estamos viendo y lo demás está por verse. Aunque cabe pensar que el devenir humano continuará siendo por un largo futuro una abundosa caja de sorpresas.

La originalidad del ser humano radica en su condición de inteligente, poseedor de un conocimiento espiritual, que supera las limitaciones de lo material y sensible, a pesar de las exageradas interpretaciones que de éste han formulado pensadores empiristas como Hume. La capacidad de “leer en profundidad” -así se traduce el vocablo latino intellectus – acompañada por otra facultad que es la voluntad, constituye al hombre como persona. Lo volitivo es tendencia hacia lo que el conocimiento presenta como apetecible, como bueno. El ser humano no se queda, por tanto, en la mera contemplación de la realidad, sino que tiende a su fruición en base a opciones. En ello se fundamenta el ser libre, capaz de decidir.  Al animal lo guían sus instintos, la persona se autodetermina por decisiones.  Esto entraña un valor de inmensurable riqueza; pero también una tentación, por el peligro de escoger lo malo y dañino bajo la apariencia de bien.  Pero la libertad en su definición positiva, antes que decisión ante alternativas, entraña la posibilidad de adherirse a un bien, en lo cual consiste la perfección personal. La libertad no se reduce a voluntarismo, pues tiene, como norte y plenitud, lo bueno en su apertura infinita.

La dinámica personal no se queda, pues, en una simple adhesión o fruición de cosas, ni aun en el relacionamiento funcional o utilitario entre personas, sino que tiende al encuentro o compartir interpersonal. Éste significa una genuina comunión de libertades. Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen entonces un desvío del camino humano hacia su verdadera perfección. Por cierto que el Papa Pablo VI formuló el concepto de civilización del amor como sinónimo de una nueva sociedad, de la deseable convivencia humana, la cual entraña, más allá de leyes o estructuras justas, una co-existencia solidaria, servicial, fraterna.

En la Biblia aparecen tres cartas de Juan, discípulo del Señor Jesucristo. En la primera de ellas encontramos la siguiente frase de un contenido sumamente rico y profundo: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Conjuga dos principios de máxima profundidad, uno cognoscitivo, epistemológico, y otro entitativo, ontológico, que tienen, como connatural acompañante o consecuencia, el precepto ético primario y radical del amor. De la riqueza encerrada en aquella sentencia valga enunciar ahora una tríada de expresiones.

Una primera sería lo que sirve para valorar la inteligencia artificial. El devenir humano no se juega sólo o principalmente en lo intelectivo, sino en la orientación de la voluntad, en la decisión libre. No en simples logros o selecciones, sino en selecciones y adhesiones.

Una segunda es lo que ayuda a orientar la socialidad humana en el ámbito económico, político o ético-cultural, en lo científico, técnico y tecnológico. El norte definitivo a seguir es el encuentro, la comunión de personas y comunidades, más allá de simples convergencias y acuerdos.

Una tercera indica por dónde va una auténtica espiritualidad y religiosidad. Ya para los judíos y luego para los cristianos la revelación divina puso bien en claro que por encima de ofrendas, sacrificios rituales, observancias legales, debía prevalecer el cuido de los más débiles, el trato mutuo respetuoso y fraterno, la apertura del corazón a Dios y al prójimo.

En situaciones como la actual venezolana esto tiene aplicaciones muy concretas a la hora de formular propuestas, así como de jerarquizar orientaciones y decisiones, superando interpretaciones reductoramente economicistas y soluciones estrictamente políticas. Lo cultural, y dentro de ello lo ético espiritual, ha de jugar un papel primordial.

 

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