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Eligio Damas: Recordando a Mandela y Aníbal Nazoa. El diálogo por la LOT no puede darse entre miembros del mismo equipo

 

Mandela, al asumir la presidencia de Sudáfrica, lo primero que hizo fue cumplir una formalidad, pues ya todo eso estaba previsto y determinado por fuerzas reales con más poder que él y el deseo de sus seguidores, se quitó toda vestimenta que lo identificaba con aquellas creencias traducidas y voceadas en consignas tan racistas, como las de los blancos que, hasta ese momento habían gobernado. Advirtió que era el presidente de un país y para un país con gente de los distintos grupos étnicos. Que tampoco se proponía cambiar lo existente de manera radical, por algo que no tenía a mano, ni existía en parte alguna. Y eso no les gustó a los dogmáticos, como su misma esposa o compañera más cercana, ni siquiera a los blancos, que esperaban y querían que él los persiguiese y apresase, tal como antes ellos habían hecho con los negros, para justificar ante el mundo derrocarlo. Mandela se dejó llevar por su cultura y convicciones que, nada albergaban de racismo; en él, no había anidado lo dogmático y menos uno cargado de odio y deseos de venganza. Menos creía se trataba de cambiar muebles, pintar las paredes de otro color y llamar las cosas con nombres diferentes, acompañando esto con un discurso estrambótico y odioso para engañar incautos.

Aníbal Nazoa, en su comentario sobre “El poema hermético”, dice que quien de esa manera escribe, herméticamente, “maneja el truco de hacer correr insistentemente la bola de quien no lo entienda es un ignorante, inculto, insensible, salvaje y peludo”. Aunque en verdad, sucede muchas veces que él, el hermético, se formó herméticamente, como en una trampa de palabras rígidas, por lo que sólo puede repetir lo que leyó y no sabe o no puede hacerlas maleables. De donde se deduce que él mismo nada entiende. Y esos herméticos, no sólo existen, hasta llegan a tener

¡Al fin! Después de tanto discurso enredado, hermético y hasta cantinflérico como el usado para explicar el por qué se congeló el salario, dadas las presiones, más que todo de la economía misma, que demanda consumidores, gente que gane como para poder comprar, se viene optando por el desenredo y lo anti hermético, el hablar tal como canta el gallo. Y al hacer esto se reconoce que, el nudo que detiene los aumentos salariales o provoca inflación artificial, planificada, no es sino lo determinado en la LOT, no es el monetarismo. Pero el reconocimiento de esto, que es como un desmentirse y reconocer que nos estaban cayendo a coba, por tenerlo oculto, desata del otro lado el dogmatismo. Y, este dogmatismo, se transmuta en un discurso que toda revisión de la LOT para desatar nudos, es “traición a la clase obrera”. Un discurso, en apariencia claro, “como la luna llena”, pero hermético porque no propone ninguna opción para el acuerdo. Porque el dogmático, por su rigidez estatuaria, termina siendo un muerto que repite frases viejas de cuando estaba vivo.

Es decir, no hay forma de revisar para buscar salidas que las hay. Entonces el reclamo no es seguir como venimos, sino abordar la discusión del asunto, pero entre personas, representantes para quienes eso es de interés vital. No es saludable hacerlo con representaciones determinadas por intereses ajenos al representado. No es pertinente optar por no abordar el dilema o asunto, como tampoco es hacerlo con representantes de un solo lado, donde unos cuantos de ellos se disfrazan; los tres factores, Estado, sindicalistas y empresarios no deben ser del mismo equipo.

Para deshacerse del dogmatismo no hay brebaje, acto de fe, ni ninguna vaina mágica, menos enlatada que valgan. Para dejar de ser dogmático, hay que empezar por deshacerse de lo alquimista que hay en uno. Y por percatarse que, pareciera una mentira, pero es verdad, el dogmático, es como el borracho, mientras más toma para olvidar las penas o aliviar los dolores, más se hunde en su tragedia.

Los dogmáticos por ejemplo asocian lo de no serlo, a la condición de “reformistas” de todos aquellos que no aceptan o tienen la capacidad y hasta honestidad de ver el mundo tal como ellos. Según como lo aprecian, éste se mueve de acuerdo a sus mediciones, percepciones y hasta capturas. Es como si él les perteneciera y se moviese alrededor de ellos, les sonriera e hiciese señales para donde coge o cogerá. Como un juguetito o muñequito de cuerda. Es decir, quien no “vea” o “capte”, lo que ellos “ven y captan clarito”, son unos vulgares reformistas.

Para ellos, es preferible mantenernos en el fondo del hoyo hasta la eternidad y no buscar salidas viables, sin entrega. Lo importante es ser heroico e “indoblegable”, pese la miseria nos corroa y nos quiebre.

En verdad, los entreguistas existen y están dispuestos para eso. Más la respuesta no puede ser sacrificar a la gente y la sociedad toda, por negarse a la búsqueda de acuerdos. Porque, así como existen entreguistas, también hay ortodoxos y tercos que, les agrada el rol de héroes inoxidables, indoblegables, quienes creen que todo debe funcionar, no como debe, sea permisible y ventajoso para todos, sino exactamente como ellos piensan.

Entonces el guerrillero que, no aparece, porque pasó de moda, tiempo y hasta como religión, se viste con la coraza que está, a su vez, enterrada hasta la rodilla y, “para defender a la clase obrera”, se afinca en una fórmula sin revisar detalles ni prever caminos, salidas y fórmulas o pócimas que eviten le sigan pagando, vacaciones, aguinaldos y prestaciones sociales, en base a un salario de 130 Bs, mientras la economía toda camina como Chencha e incita a la diáspora, al desespero y hasta al despeñadero.

“El honor es mi divisa”, decían los Boys Scout. Es bueno defender el honor, pero también vale aquello de Bretch, lo primero es el comer y agarrar, aunque sea fallo y hasta lo del Quijote, “para tener el dominio de las armas, hay que tener el dominio de las tripas”.

Los ortodoxos, inflexibles, los propios del romanticismo, no se percatan que piensan exactamente igual que quienes quieren todo siga como va porque han hecho su “camita”. No quiere decir, se hayan enriquecido, sino que sus gustos y ambiciones, en el mejor sentido de la palabra, están satisfechos. Se refocilan y hasta masturban diciendo lo que creen como si la suya fuese la última palabra. Los dogmáticos entonces, sin darse cuenta juegan a favor de quienes dominan el mundo tal cual es y quieren que así siga, pues al no buscar acuerdos con cuantos quieran empujar la palanca que lo mueve, porque que ellos solos no empujan con el mismo ritmo, dirección necesarios para que el mundo ande derecho o con justicia, entonces es mejor dejar las vainas como están. Y al proceder así, tal cual muchacho malcriado, fortalecen la idea y grupo al que creen combatir. Pero el dogmático se cree sabio, tanto que se satisface con creer tener la verdad encerrada en su mano derecha.

 

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