No tengo información privilegiada sobre el caso de la desaparición y posterior muerte de Víctor Hugo Quero Navas, pero como el análisis que haré no tiene la intención primaria de involucrarlo en la lucha por la toma del poder, sino más bien es un intento de conmover el cerebro de los venezolanos todos, para darle fin de una buena vez al enfrentamiento avieso en que hemos estado metidos en las últimas dos décadas. Los resultados de esta pugna política estéril los ha sufrido nuestra nación, y mucho más trágicamente a partir del fatídico 3 de enero del año en curso. Es mucha la destrucción habida sin haber estado en guerra y, por favor, no salga algún fanático a gritar airadamente, que el imperio nos ha hecho la guerra desde siempre, para que otro, igualmente fanático, le grite que la guerra es la que el gobierno le tiene declarada a los venezolanos desde sus inicios. No es ésa, la discusión que interesa en este momento, pues la misma no ha dado ningún resultado positivo hasta ahora; es otro mi llamado de atención, menos ideologizado, más terrenal y más cercano a la gente y de carácter más humano.
Me dicen que Víctor Hugo era un buhonero del mercado de La Hoyada, un venezolano pobre, entonces; un trabajador marginal de la economía capitalista petrolera subdesarrollada, como lo son la mayoría de nuestros trabajadores. Un cuerpo policial lo detiene el 3 de enero del año pasado, un año antes del secuestro del presidente Maduro. ¿Por qué lo apresan? ¿Qué había hecho? ¿Cuál era su delito? Realmente, no me interesa. No creo que haya sido nada importante, nada se sintió ni cambió con esa detención. ¿Cuál era el peligro que ese buhonero representaba para la “revolución” venezolana? No me lo expliquen, no usen el lugar común del terrorismo, la asociación para delinquir y la traición a la patria; lo ocurrido exactamente un año después, deja claro cuál es el verdadero peligro, quién es la real amenaza, dónde está la conjura importante. A Víctor Hugo, como a muchos otros, no le aplicaron el debido proceso, lo desaparecen y nadie se entera de su existencia, ni como persona, ni como preso. Se entera, la única que podía enterarse: su octogenaria madre: doña Carmen Navas.
Durante meses, esta anciana madre busca desesperadamente a su hijo en las distintas policías, en diferentes cárceles; se moviliza por el país como puede y nada, su hijo no aparece, nadie sabe dónde está o saben y no le dicen, en una actitud de crueldad insólita. ¿Qué piensan y sienten estos policías que no se comportan como seres humanos, que actúan en esa forma tan indolente? ¿No tienen madres? ¿No tienen hijos? ¿De dónde los sacan? ¿Cómo los entrenan? ¿No dice el gobierno que son parte de la unidad popular-militar-policial? ¿Y entonces? Tanto insiste doña Carmen, que el nombre de Víctor Hugo Quero comienza a sonar, pero para eso debieron pasar meses. No hubo Provea, para Víctor Hugo. Tampoco Foro Penal. No estaba en las listas de los importantes. Un tribunal incluso, parece que le negó, después de haber muerto, la aplicación de la Ley de Amnistía. Por fin, ante las presiones del “nuevo momento político”, la actitud responsable de la nueva Defensora del Pueblo Eglée González Lobato, aparece el reconocimiento del Ministerio de Servicios Penitenciarios, de que Víctor Hugo Quero Navas estuvo preso y murió 6 meses después de su detención, de una hemorragia digestiva.
Son muchas las preguntas que surgen, pues es inentendible que su madre no haya sido informada de ese deceso, que cumplirá un año el 27 de julio venidero. Contrasta enormemente la situación del presidente Maduro, apresado ilegalmente en una cárcel neoyorquina, con la de Víctor Hugo y con la que han sufrido muchos otros en su momento. Maduro no está desaparecido, sabemos dónde está desde el inicio; su hijo señala que lo llama desde la cárcel, por lo que no está incomunicado de su familia; tiene un abogado y está siendo juzgado, sin que esto signifique que el juicio sea legal, ni justo, ni que no se deba rechazar esa acción de fuerza unilateral, que violenta el derecho internacional y viola nuestra soberanía como nación libre e independiente. El fiscal recién nombrado ha abierto una investigación de este trágico caso, en el cual los responsables son muchos y de distintos niveles. El procedimiento debe ser eficaz, efectivo, rápido y transparente, y que lleve a juicio a todos los responsables, de manera de dar un claro mensaje para que este tipo de casos dejen de producirse.
Nos vienen inmediatamente a la mente, los nombres de Alcedo Mora y los hermanos Esneider y Eliézer Vergel, desaparecidos en Mérida desde 2015, y sobre los cuales debería la Fiscalía abrir una investigación inmediata,

