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Soledad Morillo Belloso: La muerte de Quero

 

No hace falta levantar la voz. Basta con poner los hechos sobre la mesa y ver cómo ellos solos se ordenan, como piezas que ya no aceptan ser barajadas. La muerte de Víctor Hugo Quero no es un chisme de pasillo ni un “me contaron por ahí”. Es un expediente que respira por su cuenta, un cuerpo de evidencias que no pide permiso para existir.

Víctor Hugo Quero Navas

Lo detuvieron el 1 de enero de 2025, a plena luz, con testigos que aún recuerdan la escena. Desde ese día comenzó el silencio espeso, ese que sólo producen las instituciones cuando deciden que un ser humano puede ser borrado sin dejar rastro. Pasaron más de quince meses de desaparición forzada, mientras su madre golpeaba puertas que nadie quería abrir, mientras las autoridades repetían la misma frase hueca: “no aparece en nuestros registros”. Y entonces, de pronto, el 3 de mayo de 2026, el Estado anuncia que el muchacho murió… ¡el 12 de julio de 2025! Nueve meses antes. Como si la cronología fuera un detalle menor, como si la vida pudiera retrocederse en un comunicado.

El cuerpo había sido enterrado sin aviso en el Parque Memorial La Puerta, como si fuera un trámite administrativo más. La familia, despojada incluso del derecho elemental de despedirse, tuvo que buscar entre papeles lo que debió ser una notificación digna. Las causas de muerte cambiaron de nombre como si fueran máscaras: primero “hemorragia digestiva superior”, luego “síndrome febril agudo”, después “insuficiencia respiratoria aguda por tromboembolismo pulmonar”. Y el contexto —ese que nunca miente—: El Rodeo I, señalado por organismos internacionales como un centro donde la tortura no es excepción sino método; un patrón repetido de detenciones que terminan en silencio; un Estado que administra la verdad como si fuera propiedad privada.

Aquí no hay rumor. Aquí hay hechos que se tocan, que se encajan, que se sostienen entre sí. La muerte de Quero no es un “a mí me dijeron”. Es un crimen con huellas, con fechas, con omisiones que pesan más que cualquier declaración oficial. Es la evidencia misma la que habla, aunque intenten callarla.

Señores de la Fiscalía y de la Defensoría del Pueblo: actúen, más allá del papel con sello húmedo. Les toca actuar, y no por la liturgia del cargo ni por el depósito quincenal, sino porque un día juraron —con mano alzada y cara muy seria— que defenderían la ley. Cuando ese juramento se traiciona, no queda un simple incumplimiento: queda la marca ácida del funcionario que, por omisión, se desliza del deber al encubrimiento. Incumplir el mandato constitucional es un delito.

A modo de referencia histórica, dejo aquí el enlace al alegato de acusación del fiscal Julio César Strassera en el juicio a las Juntas Militares en Argentina. No es un simple documento: es una pieza que todavía hoy corta, arde y desnuda. Un recordatorio incómodo de lo que ocurre cuando el Estado decide que la ley es opcional y la justicia, un adorno.

 

 

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