El Secretario de Estado Vaticano en los tiempos del papa Pío XII, cardenal Luigi Maglione, compartía con el sumo pontífice su amor por el ciclismo. A la hora de las vueltas transmitidas por la RAI, ambos hombres de fe se instalaban a escuchar los relatos de Mario Ferreti, que se reforzaban con los comentarios del periodista Dino Buzzati, célebre cronista de El Corriere Della Sera. Esos días la agenda estaba supeditada al magno evento. En el año 1942, el papa Pío XII participó en un homenaje al pentacampeón Alfredo Binda, elegante artista del manubrio, al que apodaban La Gioconda, ganador cinco veces del Giro de Italia (1925, 1927, 1928, 1929, 1933), así como en tres oportunidades (1927, 1930 y 1933) campeón del mundo; fue el primer gran ídolo de esta especialidad a nivel global. Su estilo refinado se transformaba en un ángel exterminador que trituraba a sus rivales; los contendientes quedaban fundidos cuando el astro imprimía todo su poder de fuego. Y así fue compilando éxitos. Como hijo de un consumado artista, su obra fue el óleo que utilizó un maestro para hacerlo una leyenda. Su historia era contada en cada rincón de la República. Cada región fue anexándole episodios memorables, como cuando los organizadores del Giro le pidieron expresamente que dejara de correr esta prueba para que otros tuvieran la posibilidad de ganar; como un buen espumoso, la grandeza tocó a otros seres que heredarían su casta.

Gino Bartali y Fausto Coppi en el elixir del delirio popular. Cada uno representando un sentimiento nacional que escribiría las páginas del deporte. Dos mundos enfrentados, la simiente deportiva de Jacob y Esaú luchando en el útero de la madre Italia. Uno era un ferviente católico que lo exteriorizaba a través de un rosario antiguo que le obsequió su abuela paterna Gioia. Rezaba antes de cada etapa, acudía a misa cada domingo y hasta su bicicleta fue bendecida por el mismísimo papa Pío XII. Fausto Coppi era un convencido ateo y comunista que respondía a un imperturbable criterio propio. La patria que buscaba redención lo asumió como el estandarte de un pensamiento que germinaba en el generalizado descontento. Venerado por las mujeres que soñaban con ser el premio mayor de sus éxitos deportivos. Recibía cartas de féminas de toda la nación que anhelaban ser el amor de por lo menos una noche. Bartali, sin la beatitud del halago femenino, no gozaba de la suerte en ese renglón tan demostrativo en la realidad de las carreteras. Gino tuvo un papel legendario en la Segunda Guerra Mundial. En el tubular de su bicicleta llevaba los documentos y pasaportes para salvar a judíos que estaban ocultos en monasterios italianos. Gracias a su acción, más de mil quinientos de ellos pudieron no ser incinerados en las cámaras de gas. Ese gesto heroico hablaba mucho más que cualquier título. Fue tan marcada la diferencia que la disputa parecía una disquisición gastronómica entre el norte y el sur. Los platos norteños tenían la influencia de los vecinos germanos y franceses. Quesos de sabores intensos, mantequilla y polenta como sello de menús con el predominio de invierno. El sur, más el aceite de oliva con las pastas secas y el pescado como parte de la dieta mediterránea. Dos visiones en corazones de campeones idolatrados hasta el paroxismo del embeleso social. Dos formas de ser asumidos como protagonistas de un momento histórico. Las antagónias escogieron a su héroe. Así que cada uno de ellos tomó su puesto en la adhesión pública.
El pedalazo acentuaba la herida. La división se expandía como los gustos de cada quien. El estruendo de unas bombas que destruyeron a Europa causaba escozor entre los seres que, despavoridos, se reunían con sus miedos. Italia se aferra a su amor por el ciclismo. Es su oración al cielo de los héroes que construyen su destino sobre una bicicleta, una pasión que se calzó la bota geográfica para desplazarse en el gusto colectivo; una nación mide su frenesí llenando las vías con la multicolor escena de aplausos a rabiar.
Allá esperaba el mayúsculo reto. El collado, con sus armas de seducción infinita, aguardaba a los valientes que osaran husmear en sus predios. Ochenta ciclistas se preparaban para el extraordinario desafío. Gino Bartali y Fausto Coppi se observaban de reojo sabiendo que solo ellos estaban en condiciones de poder alcanzarlo; era la guinda del pastel en un ambiente inhóspito que podía servir de inspiración para la épica.
Kilómetros infernales que pulverizan hombres. La sangre brota profusamente, confundiéndose con el dolor; los atletas caen como naipes en la mesa de una geografía inconmovible. Es el riesgo que se corre cuando desafiamos al destino. Como una escabrosa estratagema del infierno, fallecen sus ilusiones ante la feroz acometida de las alturas. El sudor bebiendo en la fuente inagotable de las lesiones profundas. Copiosa lluvia que emerge entre quebradizas pendientes, que parecen gigantescas tenazas apretándolos a todos; los senderos se entrecruzan como una serpiente recostada en una planicie coronada por riscos vestidos de nieve. Los esforzados ciclistas entregan su último aliento; el aire escasea en pulmones que se aferran como clavos ardientes; la difícil topografía se abalanza con la furia de quien mantiene la supremacía de sus misterios. Son como hormigas caminando por el espinazo de un ambiente que guarda sus códigos, para presentárselos a los osados exponentes de la bicicleta. Hombres impulsados por corazones vehementes en la búsqueda de la gloria eterna; es precisamente esa motivación lo que los hace subir por aquellos territorios inhóspitos, tan punzantes como sus motivos para proseguir su lucha. Cada pedalazo es una renovada ilusión que consigue fuerzas en los deseos; detrás de cada incursión se escribe una historia particular que en algún momento soñó con esto. La bicicleta es su testamento escrito con la pluma de un sudor que sabe a compromiso. La montaña sigue allí con la sonrisa del imposible; los observa con sus ojos profundos de dificultad, sabe que llegar hasta sus predios hará que muchos sean reducidos al fracaso. Son sus rígidas reglas, los principios de su naturaleza, los que ponen trabas a la intrepidez de aquellos hombres que renacen entre kilómetros destinados para las dudas, pero siempre existirán los desafiantes que jamás se rinden, esa raza inextinguible que persigue colocar su nombre en la cima de los héroes. La geografía cruel va dejando soldados por el camino. Las historias de fracasos ruedan ajusticiando a las víctimas entre la bruma que enceguece y las piernas que no responden. Rostros hechos de calamidad; el frío taladra los huesos como las afiladas cuchillas de un aserradero que decapita troncos hasta volverlos añicos. El sudor se detuvo para convertirse en sangre que tímidamente chorrea por las heridas producto de las caídas. Solo dos hombres resisten el desafío. Los otros competidores han rendido su mejor esfuerzo, que no pasará de allí. Ellos prosiguen su marcha. El viento silbatico es el sonido del vals con la música de la pendiente. Quebradizos y hoscos especímenes de las alturas que son la complejidad en aumento, mientras las bicicletas son como espadas que cortan nudos para encontrarse con nuevos amarres. Descienden hasta los abismos en un ambiente devoradoramente hostil. En las alturas, la nieve es el horizonte que exhibe sus ejércitos de atalayas que se cuelgan de otras en la singularidad que solo tiene escenas que estrenan nuevos capítulos. Un severo juez parece tener entre sus manos el destino de esta especialidad. Cuando las fuerzas fallan, las piernas flaquean y el dictamen está en manos de una geografía que quiere verte derrumbarse, en ese momento solo te queda tu corazón para poder hacer posible lo imposible. Dos hombres, dos corazones fogosos que no se dejaban amilanar por el momento. Veinticuatro títulos entre los dos. Fueron grandes amigos que compartieron el mismo equipo cuando representaron a Italia, bajo la coordinación de Alfredo Binda. Fausto Coppi muere tempranamente a los cuarenta años producto de la malaria que contrajo en una visita a lo que hoy conocemos como Burkina Faso, en el África occidental. En el funeral, Gino Bartali comentó: “Con él muere parte de mí”, una reflexión tan profunda como aquella vez cuando le pasó el bidón en la etapa once entre Bourg-d’Oisang y Sestriere, en la plenitud de los Alpes; estamos hablando del Tour de Francia de 1952. Una foto icónica tomada por Carlo Martini, primo del gran actor italiano Vittorio de Sica, inmortalizó el momento.
El ciclismo tiene la magia de descubrir realidades. La bicicleta no es estática, sembrada en un mismo escenario. Hoy puedes estar en el llano y mañana en las alturas. Es una emoción permanente que en cualquier momento puede cambiar la ecuación.
@alecambero

