Imposible pasar por alto o disolverlo en el mar de mierda de abusos y corrupción, el mal absoluto que no se puede callar o esconder de ninguna manera: el caso de Víctor Hugo Quero. Ya se ha conocido la atrocidad, la saña despiadada y vulgar de este crimen de Estado. Víctor Hugo Quero fue desaparecido forzosamente desde enero (la información oficial es que la detención en el DGCIM fue el tres de enero) de 2025. Su madre, Carmen Teresa Navas, una señora de 81 años, entonces inició su doloroso recorrido por todas las instancias para saber del paradero de su hijo. Al fin, el 24 de octubre de 2025 la Defensoría, le informa que él ha sido encausado por la Fiscalía con los cargos de traición a la Patria, conspiración y terrorismo (acusaciones que igual da para alguien que transmitió un mensaje en wasap u organizó un foro en una universidad), y que fue trasladado al centro de reclusión de El Rodeo. Ocurre que ya en ese momento Víctor Quero estaba muerto y enterrado en un sitio desconocido. Tres meses habían transcurrido desde el asesinato, un clarísimo caso de crimen de Estado. Y ahora sale el ministro de Servicio Penitenciario informando que, en efecto, Quero murió el 24 de julio de 2025, debido a “una insuficiencia respiratoria aguda secundaria a tromboembolismo pulmonar”, efecto obvio de una cruel tortura. Hubo una orden de exhumación del cuerpo de un cementerio oculto de las víctimas del régimen. Ojalá que no aparezcan ahora los restos quemados y se pueda establecer los motivos de la muerte y las evidencias de muy posibles maltratos.
Hay que tomar aliento para seguir. Procesar la evidencia de esta saña psicópata. Rebuscar en un diccionario las palabras para describir, caracterizar, nombrar esta atrocidad, esta inquina. Que, también sabemos, no es única, ni siquiera la primera. Respirar hondo. Ya hay 24 muertos en custodia del Estado. Enésima denuncia de tortura, de crimen de Estado, de Lesa Humanidad. Luego de recuperar el aliento y respirar profundo, cabe preguntar “le dirán a la señora Navas: ¿supéralo, perdónanos, ven con nosotros?” Le agregaron a la crueldad, la saña, la inquina, la burla. Ante este horror y evidencia de maldad absoluta, queda decir, como Adorno ante el holocausto, que ha perdido el sentido todo arte o toda poesía. O como el poeta Vallejo, cuando escribió: “Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora”?
Hay expresiones, declaraciones de figuras públicas, que requieren usar las sutilezas del análisis lingüístico para controlar lo que desatan, o sea, la respuesta psicológica, mezcla explosiva de indignación, resentimiento, asco, desprecio, sonrisa sardónica, ira y hasta un poquito de disfrute sadomasoquista, que pueden resumirse en una palabra de complejas vinculaciones etimológicas y semánticas: arrechera. Ya esas expresiones vienen conformando un nuevo diccionario de neolengua, esta vez del monstruo híbrido de la dictadura tutelada, protectorado, reedición del colonialismo o General Captainnes, nacido en la madrugada del 3 de enero, pero engendrado antes, si le creemos a los diplomáticos rusos, los del New York Times y hasta unos diplomáticos de Qatar. Hay, sí, la banalidad del Mal, no la del burócrata Eichmann, sino la del malandro arribista que, de tanta abyección, llego a un cargo, un tribunal, una fiscalía, una policía, y mordiéndose pícaramente la punta de lengua, le pregunta picándole el ojo a su compinche de delitos: “dile ahí a la vieja cualquier vaina; que se canse de buscar; qué va a hacer si ese tipo está muerto hace tiempo”, mientras garabatea su firma en la comunicación que niega su amnistía.
Me refiero, entre otras, a las declaraciones de Trump acerca del baile en las calles de los venezolanos, justo cuando a lo largo y ancho de nuestra geografía se producían pequeñas explosiones sociales detonadas por estallidos de transformadores eléctricos. Pero también una carta dirigida a Trump por parte de un olvidable dirigente sindical de apellido Ortega, acompañado de unos pintorescos sindicalistas que han hecho todo lo posible por dividir esa reanimación del movimiento reivindicativo que viene tomando las calles, no solo por el rescate del concepto mismo de salario, sino de todo el marco jurídico laboral del país, contenido, por supuesto, en la Constitución. Otras expresiones dignas de una erupción de sentimientos, es esa, la de “supéralo, perdónanos y vente”, extraída de un manual de psiquiatría o de autoayuda inspirado en la nueva tendencia filosófica del “pragmatismo chavista”, inventado por el nuevo Aristóteles venezolano, Ameliach, secundado por esa lumbrera decolonial, tarifado, de Grosfoguel. Igualmente, las nuevas connotaciones del adjetivo “responsable”, aplicado al “ingreso mínimo integral” (es admirable la retórica de la neolengua para evitar usar el concepto de “salario”, aniquilado ya de hecho).
Los medios norteamericanos han comentado cómo influyeron los bailes de Maduro en Trump, en la toma de decisión de lanzar la operación de secuestro del 3 de enero. No sé cuán cierto sea eso, pero ahora Trump habla de que el pueblo venezolano baila en las calles. Lo hace, como siempre, con el humor cruel del abusador. Por supuesto, su auditorio es el norteamericano. Es la justificación de su intervención y su dominación, permitida por la capitulación y la subordinación de unos verdugos. Pero, cómo es de amargo ese supuesto baile del ya no tan bochinchero pueblo venezolano después de la destrucción del país, después de apagones diarios de más de cinco horas, después de todas esas muertes que llevaron a rechazar cantar en ese circo de hambrientos a los hermanos Primera, a Oscar D León, incluso motivaron a Jerry Rivera a invertir su paga, de varias decenas de miles de dólares, para comprar unos transformadores.
Y esa carta a los amos del Norte de parte de esos sindicalistas que no han querido unificar una sola lucha, que es por mucho más que el salario, que es por la recuperación de la significación del trabajo, de las relaciones laborales, de los derechos garantizados por la Constitución y abolidos de hecho por esta dictadura, ahora tutelada, ya desde siempre expoliadora y destructora. Al parecer, no les da vergüenza, reconocer a los Amos, inclinarse ante ellos, cometer la estupidez de llamarlos a mediar para obtener un aumento, cuando es el capital transnacional el objeto de tantos “cariños” y abusos al pueblo trabajador, para mendigar una inversión ahí, un saqueo, por favor.
Qué decir, poeta, de esa frase demasiado incongruente, insolente, agresión simple, que quiere ser una fórmula de autoayuda criminal, “supéralo, perdónanos, ven con nosotros”, que no muestra ni siquiera la estatura moral de Judas que, al menos, según el apóstol, se suicidó. Esta herida no se supera así nomás. Hay mucha muerte y demasiada burla sangrienta y odio en esa frase, con el telón de fondo de una madre reconociendo en unos despojos el rostro de su hijo amado. O con el telón de fondo de millones de venezolanos que se fueron porque la Patria ha sido secuestrada por unos criminales. O los cientos de presos políticos todavía sin amnistía. O la vigencia amenazante del decreto de conmoción nacional, La Ley contra el terrorismo y otros bodrios jurídicos que estructuran el régimen de un terror vulgar, burdo, abyecto.
Me falló el diccionario y hasta la IA. Me queda recurrir al poema de Vallejo:
Un hombre pasa con un pan al hombro ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo ¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano ¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño7 ¿Voy, después, a leer a André Bretón?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre ¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras ¿Cómo escribir, después del infinito?
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente ¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance ¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda ¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va en un entierro sollozando ¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina ¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos ¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

