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Sergio Ramírez: Niño estrábico con lentes

 

​Mi primer recuerdo es el de una mañana de mucho sol. Debo tener tres años. En el corredor de la casa, la Mercedes Alvarado, la muchacha que ayuda a mi madre en todo, me alza de la batea donde me ha bañado, y me deposita sobre la tapa de la máquina de coser. Me seca, me envuelve en una sábana, y se va a botar el agua jabonosa sobre las plantas del patio.

​Pero mientras se aleja veo que una imagen suya, más débil, comienza a desprenderse hacia un lado desde la principal, como si fuera un fantasma que emana de su cuerpo, o un holograma, y luego la estoy viendo dos veces. Veo dos veces su trenza gorda y brillante que le cae a un lado del cuello. Así recordaré a partir de entonces las imágenes de las personas y de las cosas, sin extrañeza. Ver doble es lo natural para mí, y no sé que no se pueda ver de otra manera.

​No fue hasta mis 10 años que la misma Mercedes Alvarado descubrió que yo no veía bien con mi ojo izquierdo, porque me golpeaba con obstáculos al caminar, y se lo advirtió a mi madre. Nadie había hecho cuentas de que un niño bizco, como yo era, podía tener defectos serios en la visión. Se burlaban de mí los otros niños, por lo de bizco, asunto que entró en la costumbre del trato en la escuela, y en la sustancia de mis silencios retraídos. Uno era renco por causa de la poliomielitis; había otro que tenía una nube en el ojo, o la mano seca. Yo era bizco. Y en el patio de recreo me llamaban Vizconde, Biscocho, Bizcotela.

​Alarmados, mis padres me llevaron a Managua a una consulta con el doctor Fernando Agüero, el oculista más reconocido del país, quien se volvería luego líder de la oposición contra la dictadura de los Somoza, y congregaba multitudes en las plazas. Me diagnosticó un daño congénito en ese ojo izquierdo, que tenía una estructura diferente, sacando a mi madre de su falsa creencia de que me había quedado bizco al año de nacido a consecuencia de la debilidad provocada por una diarrea.

​A mí no se me había ocurrido antes taparme el ojo derecho para comprobar la visión del izquierdo, como el doctor Agüero lo había hecho al examinarme; pero ahora podía darme cuenta de que, si veía las formas y los colores con el ojo enfermo, no podía distinguir bien los rostros, y mucho menos leer, porque las letras aparecían en un amasijo de contornos brillantes, ni orientarme con seguridad al caminar. Y aunque era imposible recuperar nada de la visión, me mandó usar anteojos, con los que volví a Masatepe envanecido porque me daban superioridad sobre los demás de mi edad. Era unas gafas de pasta, de aros redondos, como las de Harold Lloyd, y sólo el lente que correspondía al ojo enfermo tenía aumento.

Debía, además, taparme una hora diaria el ojo sano con un parche de plástico prensado al anteojo, para que el otro recuperara su eje; aunque hasta hoy, muchas veces, el ojo enfermo se desvía por su cuenta, y aparezco en las fotos como si me estuviera durmiendo. Y vuelve a veces ese fantasma de imagen que desprende lentamente en el campo de visión, como una señal que me llega del pasado, desde el lejano territorio de la infancia.

​Si la doble imagen pasó a ser natural en mi vida, nunca podré saber cómo es el mundo real de la tercera dimensión para alguien que puede componer las imágenes con el concurso de ambos ojos. Mi cerebro creó desde el principio un atajo para suplir el defecto, porque siempre he tenido la sensación de mirar a profundidad, y dar volúmenes a las cosas, lo cual viene a ser el trabajo de mi ojo único útil, que recibe señales para crear así una ilusión de planos y relieves por la fuerza de la necesidad. Como muchas de las ilusiones en la vida, que resultan de la necesidad. O las ilusiones que suele crear el escritor, que sólo tienen sustancias porque él lo quiere.

​Y también fui compensado con un oído agudo, una bendición para mí como escritor, pues puedo escuchar con nitidez las conversaciones en la mesa de al lado en los restaurantes, o en los autobuses.

​Y para crearme un sustituto del mundo tridimensional, que se consigue cuando se fusionan dos perspectivas distintas proveídas por ambos ojos, mi cerebro lo que hace es crear un remedo de estereopsis, la sensación de profundidad mediante un solo ojo, como una estrategia para entender el espacio, un modelo mental sustituto.

​Ser bizco me hizo alejarme de los demás, y contribuyó a darme el carácter retraído que tuve desde entonces; y ese exilio forzado hacia dentro de mí mismo fue llenando desde el principio mi atmósfera de escritor. Es lo que Cervantes convoca en el Quijote bajo el nombre de melancolía, tan emparentado con la soledad.

 

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