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José Rafael Herrera: La gravedad del mal o la fractura del vínculo social

 

Esta noche, el interior de la naturaleza, que existe aquí, es la noche del mundo.G.W.F. Hegel.

Consideraré las acciones y los apetitos humanos como si se tratara de líneas, superficies y cuerpos.B. Spinoza.

A Giove.

Hay fenómenos frente a los cuales el pensamiento no puede refugiarse en la neutralidad sin traicionarse a sí mismo. El abuso de menores pertenece a esa esfera límite en la que la filosofía está obligada a hablar con claridad, sin ambigüedades ni eufemismos. No se trata de un “caso más” dentro del catálogo de las desviaciones sociales, sino de una fractura radical del orden humano, allí donde la vulnerabilidad absoluta es convertida en objeto de violencia. Una sociedad que tolera, encubre o relativiza este tipo de actos no solo falla en su función jurídica o institucional: revela una grieta más profunda, una crisis en su propia estructura simbólica. Es la noche del mundo.

Pensar esta realidad exige ir más allá de la mera indignación -sin abandonarla- y tratar de comprender las condiciones que hacen posible lo que, en principio, debería ser impensable. En este sentido, por ejemplo, Lacan ofrece una senda particularmente fértil. El sujeto, lejos de ser una unidad transparente y coherente, está estructuralmente roto, escindido: dividido entre lo que dice y lo que lo determina, entre el orden del lenguaje y una zona opaca, lúgubre, siniestra, “triste” -dirían Maquiavelo y Spinoza- que Lacan denomina “goce”. Pero ese goce no es un placer en sentido ordinario: es, más bien un exceso, una transgresión, una fuerza que desborda los límites de la ley simbólica.

Por cierto, la función de la ley -lo que Lacan conceptualiza como “el Nombre-del-Padre”- no consiste simplemente en prohibir, sino en instituir una mediación que hace posible la coexistencia humana. Introduce distancia, diferencia, reconocimiento del otro como otro. Cuando esta mediación falla o se debilita, el deseo puede deslizarse hacia formas de goce o deseo que no reconocen límite alguno. En este punto, el otro deja de aparecer como sujeto y es reducido a objeto, pero no a Gegenstand -”lo que se pone enfrente”- sino a Objekt -lo arrojado a disponibilidad-, a mera cosa. Una reducción que no es un accidente psicológico menor, sino una mutación patológica estructural en la relación con la alteridad.

Y quizá, en este punto, el historicismo filosófico de Hegel permita profundizar en la comprensión de los demonios. Para Hegel, el sujeto no se constituye en el aislamiento, sino a través del reconocimiento recíproco. La negatividad -ese momento esencial del proceso dialéctico- no es una pura destrucción, sino esencialmente una mediación. De hecho, la Aufheben es una “negación que conserva”, es decir, que transforma, que abre espacio para la otredad. El vínculo social descansa, en última instancia, sobre esta capacidad de reconocer (Erkennen) al otro como portador de una irreductible dignidad. De manera que el acto de violencia extrema o de violación contra un menor puede pensarse, entonces, como un modo negatividad no solo degradado sino, por eso mismo, salvaje: una clara expresión de monstruosidad. Porque una negatividad que ya no es capaz de mediar ni de reconocer, sino que depreda y aniquila la alteridad como tal solo cabe ser reconocida como bestial crueldad. No hay aquí más dialéctica, sino sólo su colapso. No hay conflicto que conduzca al reconocimiento, sino la interrupción brutal del proceso mismo que hace posible la condición de humanidad propia del sujeto. En este sentido, no estamos simplemente ante un delito -aunque efectivamente lo es y debe ser castigado con todo el peso de la ley-, sino ante una forma de ruptura del tejido simbólico que sostiene la vida común, la vida civil.

Sería un error, sin embargo, interpretar esta fractura como un fenómeno puramente individual, eso que los psicólogos o los psiquiatras suelen designar como “un caso clínico”. La tentación de abstraer, de aislar al agresor como una anomalía absoluta permite a la sociedad preservar una imagen ilusoria de sí misma. No obstante, el pensamiento crítico no puede detenerse en los intersticios obviando el abismo. Es necesario interrogar por las condiciones en las que estos actos se producen y, sobre todo, por las formas de indiferencia, banalización o complicidad que permiten su producción y reproducción. Cuando la violencia se trivializa, cuando el cuerpo es reducido a mercancía, cuando la ley pierde su autoridad simbólica y se convierte en mera formalidad, el espacio para estas derivas se ensancha peligrosamente.

Lo que no quiere decir, en modo alguno, diluir las responsabilidades individuales. Por el contrario, se trata de comprender la estructura del sujeto y las condiciones sociales dentro de las cuales actúa. Es necesario determinar con mayor precisión la gravedad del acto y, en consecuencia, exigir con mayor firmeza la responsabilidad individual que corresponde. Que el sujeto esté escindido, que sea un enajenado mental, no lo exime de su responsabilidad. Y es precisamente a partir de esa escisión donde se juega la posibilidad de responder por sus actos. La filosofía, en este punto, no puede ni debe ofrecer consuelo. Su tarea es más exigente: tiene la tarea de mostrar que aquello que se manifiesta como un hecho monstruoso no es ajeno a las estructuras bestiales originarias, pero de igual modo tiene que afirmar, con igual claridad, que la procaz bestialidad no puede ni debe ser tolerada. Nunca más. Comprender no significa justificar. Comprender quiere decir superar. Pensar no es, en modo alguno, absolver.

Y de ahí que la respuesta social tampoco pueda limitarse a la reacción episódica o al escándalo momentáneo. Se impone una doble exigencia: por un lado, la aplicación rigurosa de la justicia, sin concesiones ni ambigüedades; por el otro, la reconstrucción de las condiciones simbólicas que hacen posible el ethos, el reconocimiento del otro como sujeto y no como objeto o cosa. Proteger al vulnerable, al débil, no es solo una obligación jurídica: es el index más claro de la salud ética y política  de una sociedad. Lo que está en juego no es únicamente la condena de un crimen, sino la defensa de aquello que hace posible la existencia del vínculo social de la propia humanidad. Allí donde el otro puede ser reducido a objeto de “goce”, la sociedad entera se encuentra en peligro. El depredador no merece perdón. Denunciar, rechazar y castigar esa amenaza latente con precisión, sin concesiones, sin complacencias, es una de las tareas ineludibles del presente. Esa es, en sentido estricto, la necesidad de confrontar abierta y directamente la gravedad del mal.

@jrherreraucv

 

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