A ti, venezolano que estás lejos —te conozca o no— te escribo como quien lanza una botella al mar esperando que el mensaje llegue intacto, con sal en los bordes y verdad en el centro. Necesito decirte que te quiero. Así, sin rodeos. Que te extraño. Que haces mucha falta, aunque a veces tratemos de disimularlo con chistes, arepas improvisadas o un “todo bien” dicho con sonrisa prestada.
Haces falta como hace falta la lluvia después del calor insistente. Como hace falta el café colado a las seis de la mañana y el saludo cantado del vecino. Haces falta en las colas que ya no se alargan igual, en los juegos de dominó en los que a alguien le ahorcan la cochina, en las historias que se cuentan en presente pero siempre terminan nombrándote en pasado reciente: “¿te acuerdas cuando…?”
Te fuiste y el país aprendió una nueva geografía: la de los abrazos a distancia, la de las llamadas que cruzan husos horarios, la de las fechas importantes celebradas por videollamada. Aprendimos a conjugar el verbo extrañar en todos los tiempos posibles, y aún así se nos queda corto. Porque no es sólo que no estés: es que estabas en todo. En la música que sube el volumen cuando nadie mira, en la palabra “pana” usada con cariño universal, en esa costumbre maravillosa de reírnos incluso cuando no hay mucha risa de dónde agarrar.
Te escribo para jugar un poco con la nostalgia, para hacerle cosquillas al recuerdo y que no duela tanto. Para decirte que, aunque estés lejos, sigues regado por aquí como semilla terca. Que apareces en cada acento que se reconoce en el extranjero, en cada plato que intenta imitarse y nunca queda igual, en cada “vaina” dicha con confianza entre desconocidos que, de pronto, dejan de serlo.
Quiero que sepas que no te fuimos soltando. Que no cerramos la puerta ni apagamos la luz. Que tu nombre se guarda en las mismas gavetas donde están las fotos viejas y las cartas que no se tiran. Que cuando tú ganas, ganamos; y cuando te cansas, lo sentimos en las piernas. Porque así somos: exagerados para querer, tercos para olvidar.
Y mira, no te prometo finales épicos ni regresos de película. Sólo te digo esto, con la calma de quien habla desde el pecho: aquí se te piensa. Aquí se te espera sin presión, sin calendario, sin reproches. Aquí hay un país chiquito —pero ruidoso— que te nombra bajito algunas noches y en voz alta cuando canta.
Cuídate mucho. Ríete cuando puedas. No te olvides de cómo suenan tus propias palabras. Y cuando dudes, cuando el día se ponga gris, recuerda esto: haces falta. Mucha. Y eso, aunque no lo parezca, también es una forma de hogar.
Te voy a esperar. Siempre te voy a esperar. Con una banderita en la mano. Y un vaso de agüita e´ papelón.
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