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Mibelis Acevedo Donís: Realismo profano, realismo virtuoso

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Zorro y león, astucia y fuerza. Una y otra vez resuenan esas ideas sobre la política que, desde la óptica del inmortal Maquiavelo, parecen eludir el reino de la ética aplicada para asentarse en el tablero de la eficacia. Culpa de la realidad, que insiste en chocar con la cosmovisión del idealista, generando esa tensión que ha definido la historia del pensamiento político. La dialéctica entre los tejemanejes del poder y la pureza de los principios no deja de generar atascos, incomodidad, resistencias. Contra la tradición platónica y ciceroniana que priorizaba la búsqueda de virtud en el gobernante, se alza así la certeza de que buena parte del éxito político depende de la gestión de las percepciones, la simulación, la persuasión. Ello explica el avance de negociadores como Talleyrand, por ejemplo, cuya capacidad de leer y adaptarse a las sinuosidades del momento le permitió no sólo salvar a Francia, sino ser arquitecto de la paz en Europa durante el Congreso de Viena de 1815. Su “lealtad” estaba con todos y ninguno, eso sí: pues sirvió al mismo tiempo a la Iglesia, a la Revolución, a Napoleón, a la monarquía restaurada, incluso después de que el propio Napoleón le dijese que era detritus “en una media de seda”.

En mundo signado por la hegemonía del marketing y la realidad ad-hoc que construyen las redes sociales, de hecho, tal vez esto resulta fácil de visualizar. Allí también el ser lidia constantemente con el parecer. En atención a esa punzante certeza, pues, el príncipe debe ser un león capaz de espantar a los lobos, aconseja Maquiavelo, pero sobre todo contar con la astucia del zorro para reconocer y neutralizar las trampas. ¡Ah! En su intento por desencantarnos, por despojarnos de ilusiones infecundas, el florentino va incluso más allá: amén de poseerla, la apariencia de virtud es vital. El pueblo juzga por los resultados, reacciona y elige por lo que ve. El gobernante debe proyectar clemencia, fe, integridad, afirma, incluso cuando la neccesità le obligue a actuar en contra de ellas.

He allí parte de los dilemas que se le presentan al idealista a ultranza. A un sistema de valores rígido y en el que la verdad figura como valor absoluto, se opone a la certeza de que la política es fluida y, a menudo, ciertamente cruel. La trampa de la pureza ha llevado a creer que el interés es factor que corrompe la política, cuando todo indicaría que este es su único motor predecible. Para el realista, la estabilidad del Estado y el bienestar colectivo son fines irrenunciables, de modo que, para protegerlos del “mal mayor”, apelar al mal menor se convierte prácticamente en obligación ética superior.

En la naturaleza de los hombres está el ser “ingratos, volubles, simuladores y disimuladores”, sigue Maquiavelo; en un entorno de competencia feroz, lo primero es neutralizar la vulnerabilidad táctica. Frente al drama que suele plantear la política -no renunciar a la virtud, naturalmente, pero procurando al mismo tiempo que la intransigencia no perjudique al colectivo- el purista suele acabar acorralado por dos destinos: la inacción o el martirio. En una búsqueda más propia de almas bellas, al cruzar pantanos y evitar “mojarse” (Ricardo Sucre dixit), el riesgo es quedar fuera del juego de poder, dejando el espacio vacío para que lo ocupen actores con menos escrúpulos, pero políticamente más eficaces.

“El virtuoso príncipe maquiavélico, el sanguinario César Borgia, no pertenece ni remotamente al mismo universo espiritual del hombre magnánimo de Aristóteles”, apuntaba Harvey C. Mansfield. En efecto, la visión de Maquiavelo puede resultar áspera, despiadada, a ratos insufrible, lo sabemos. Eso no la hace menos útil a la hora de entender una realidad siempre presta a sacrificar a los crédulos. Gracias a ella podemos terciar con la idea de que la política es todo menos gestión de verdades metafísicas; y más bien remite a la escena donde se negocian intereses que, en el mejor y más ventajoso de los casos, se ajustan y presentan bajo el meritorio ropaje de los principios. Ignorar esto, lejos de una muestra de superioridad moral, pudiese estar delatando la incomprensión de la naturaleza del poder. No en balde la reflexión que inaugura el florentino germinó en otros pensadores dispuestos a internarse en esa arena donde máscaras y espectáculo suelen pesar más que las sublimes abstracciones. Pero eludamos por ahora a los realistas políticos de rigor y enfoquémonos en la mirada no ortodoxa, casi perturbadora de Nietzsche, por ejemplo. Si Maquiavelo nos hablaba de la astucia como herramienta para conservar el poder, Nietzsche nos mete en el terreno de lo ontológico. La política, parece sugerirnos en su momento, camina incluso más allá del mero manejo de las apariencias: es la creación misma de la “verdad” a través de la voluntad de poder.

A la luz de esta suerte de realismo profano, la capacidad para adaptarse a cualquier interlocutor no solo se revela como astucia maquiavélica, sino como manifestación de una política que no opera según la moral tradicional. Al no reconocer una verdad trascendente, el poder se siente libre de transmutar su forma constantemente para asegurar su persistencia. Hablamos así del uso de la máscara no para ocultar una esencia, sino porque la máscara ha terminado convertida en el poder mismo. De allí que Nietzsche, tan delirante como iluminado, critique a quienes tras la caída de los fundamentos absolutos sigan aferrados a las sombras propias de la religión. La llamada “fuerza moral”, eso que a primera vista podría calificar como “moral de los señores” por su carácter heroico, por ejemplo, corre sin embargo el riesgo de degradarse si se limita al resentimiento.

La negativa a pactar con quienes se consideran ideológicamente impuros, la idea de que la verdad se impondrá al margen de una voluntad institucionalizada, podría interpretarse en todo caso como resistencia a aceptar que la política es un campo de fuerzas, no de verdades absolutas. En ese punto, la contradicción no se hace esperar: pues mientras unos se apoyan en una presunta fuerza moral, sus oponentes operan en un espacio post-moral donde la capacidad de adaptación a la circunstancia para sobrevivir -y ganar- es vista y usada como una fortaleza; quien actúa en atención a esas premisas al final no se siente “sucio”, claro está, sino victorioso.

¿Puede un guardián de principios inflexibles triunfar al margen de las curvaturas que esa realidad impone? Difícilmente, más si se mide con quienes, aferrados al mando, han entendido que la política es puro devenir y cambio. La fuerza de tal plasticidad, eso sí, no debería librarse del límite que evita que la práctica carnívora del poder devore la legitimidad social. Cabe recalcar que de ningún modo es aceptable un ejercicio de dominación hobbesiano donde el total divorcio entre virtud y acción acabe siendo funcional para la supervivencia del Estado. Pero el problema surge, insistimos, cuando la respuesta ante ese peligro no opera con la congruencia estratégica que requiere, cuando la energía se despilfarra en imaginar soluciones para asuntos que ni siquiera están planteados. Maquiavelo advierte también que quien opta por lo que se debería hacer en lugar de lo que es posible hacer, camina hacia su propia ruina. La ardiente procura de coherencia moral compite así con esa lógica de la efectividad que exige anticipar resultados, que atiende más a la urgencia del contexto y menos a las abstracciones.

En circunstancias donde la configuración de fuerzas castiga con severas asimetrías, quizás conviene responder con un liderazgo tan alineado con la efectividad como abocado a la tarea de estimular esperanzas y canalizar intereses. Eso será posible en la medida en que no se malbarate la capacidad de domesticar los conflictos reales mientras se busca desesperadamente proteger cierto posicionamiento, cierta impoluta imagen. El ejercicio del funambulista político tiene allí el mayor de los desafíos: cómo introducir la responsabilidad como valor central sin caer en la inefectividad del purista ni en la perversidad de quien simula para reemplazar la realidad, a toda costa.

@Mibelis

 

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