De pequeño, se me salía con frecuencia la cadena de la bicicleta, de modo que adquirí cierta maña para obligarla a regresar a su sitio. Bastaba un pequeño salto, un cambio de ritmo en el pedaleo, una distracción mínima, y la cadena se desprendía de los dientes del plato con un chasquido seco que interrumpía su marcha. Yo me bajaba, le daba la vuelta y, manchándome las manos de grasa, volvía a poner las cosas en su lugar. Había algo tranquilizador en ese gesto: la certeza de que el mecanismo, aunque traicionero, obedecía a unas leyes. Si encontrabas el punto exacto, si tensabas lo suficiente, todo volvía a encajar. La bicicleta recuperaba su sintaxis y yo podía continuar el trayecto (o la frase) como si nada hubiera ocurrido.
Con los años, también a mí se me sale la cadena. No hay un chasquido audible, pero sí una especie de desplazamiento interior, una pérdida de engranaje con la realidad. Ocurre en momentos inesperados, a veces en mitad de una conversación trivial o mientras espero a que cambie el semáforo. De pronto, algo se desajusta: las palabras de los otros suenan huecas, los gestos se vuelven mecánicos, y yo experimento la sensación de haberme salido del carril común. Como si la relación con el mundo, que damos por hecha, se hubiera roto.
No sé cómo devolverme a mi sitio. Quizá, se me ocurre a veces, no tengo sitio. Me mancharía con gusto las manos si ese fuera el precio. Pero no hay un plato ni un piñón donde recolocar lo desacoplado. Permanezco entonces en una situación de atonía, observando desde fuera una realidad que continúa sin mí, perfectamente engrasada, indiferente a mi avería. Por lo general, el engranaje se recompone solo. Una frase, un golpe de luz, o un recuerdo cualquiera actúan como ese pequeño empujón que devolvía la cadena a su lugar. Entonces, las palabras recuperan su peso, los semáforos su utilidad, y yo, más o menos, mi papel en el conjunto. Pero no logro pillarle el truco.

