Todos los economistas hablan enredado, al menos para quienes vivimos la economía desde la calle. Uno los oye y termina como aquel personaje de comiquita: ¿Qué dijo, Harry, qué dijo?.
Asdrúbal Oliveros, dentro de ese gremio, y un economista particularmente inteligente y sereno, es de los pocos a los que logro descifrar. Y esto es, más o menos, lo que dice cuando uno lo traduce al idioma de la gente común. Aquí va lo bueno, lo malo y… lo que da mal de páramo.
Lo bueno es que, después de una década de caída libre, la economía dejó de hundirse. No estamos celebrando, pero sí se frenó el derrumbe. Algunos sectores se mueven: comercio, servicios, ciertas industrias y un petróleo que, aunque débil, dejó de caer. La producción se estabilizó en un nivel bajo pero respirable. El país crece poco —entre 3 % y 5 % en los escenarios más optimistas— pero crece, y en un país que perdió más del 70 % de su PIB, cualquier repunte es noticia. La inflación ya no es un incendio diario, aunque sigue siendo un calor insoportable: 13 % en un mes es para erizar a cualquiera. La casa no está en llamas, pero sigue humeando.
Aparecieron señales que no cambian la historia, pero sí levantan el ánimo: se reabre el espacio aéreo, vuelven rutas directas, y cadenas hoteleras internacionales anuncian su regreso. No es prosperidad, pero sí un soplo de aire fresco en un cuarto cerrado. Y algunas empresas que ya estaban con fecha de cerrar, han decidido esperar y, algunas, hasta invertir.
Lo malo es que ese movimiento no llega al bolsillo. El ingreso real sigue aplastado. La mayoría trabaja para comprar menos que antes. El consumo se sostiene con remesas, inventiva y rebusque, no con salarios dignos. La inflación, aunque más baja que en los años del delirio, sigue en niveles que ningún país normal toleraría: 74 % anual. Y cada vez que el dólar estornuda, los precios se disparan porque no hay ancla, ni política monetaria creíble, ni confianza. El Estado está fiscalmente exhausto: recauda poco, gasta en lo imprescindible y no tiene acceso a financiamiento externo. La deuda externa —más de 150 mil millones de dólares entre compromisos, litigios y pasivos de PDVSA— sigue congelada e impaga. Eso nos deja fuera de los mercados financieros: no se puede pedir prestado, ni refinanciar, ni reestructurar sin acuerdos políticos que están en sala de espera. Y con un riesgo país por encima de 4.000 puntos, Venezuela aparece en los radares internacionales como territorio sísmico: eso limita la inversión a largo plazo, pone en veremos eso que se llama “el día siguiente”.
Lo que asusta, lo que da mal de páramo, es la fragilidad del cuadro. La economía funciona, pero como un aparato viejo sostenido con cables improvisados. Cualquier sacudida —una sanción, un giro en el mercado petrolero, un litigio internacional, un sobresalto político— puede desarmar lo poco que se ha logrado. La estabilidad cambiaria depende de intervenciones del Banco Central que requieren dólares que no siempre están. El sector privado avanza con cautela porque sabe que las reglas pueden cambiar sin aviso. La reinserción internacional avanza, pero a medias, y puede retroceder con la misma facilidad con la que avanzó.
Oliveros lo resume sin adornos: la recuperación existe, pero es frágil, vulnerable, reversible. No es una autopista; es un puente colgante. Y lo inquietante no es solo lo que ya conocemos, sino lo que no controlamos. La economía venezolana está viva, sí, pero vive en terapia intermedia, conectada a máquinas que no maneja.
Miguel Ángel Santos, otro al que se entiende cuando habla, es más directo, quirúrgico, al describir la economía venezolana. Según él, las principales variables no están simplemente desordenadas: están rotas. Habla del tamaño de la economía como un país que se encogió hasta volverse irreconocible, de una producción petrolera que cayó a niveles escalofriantes, que no permiten sostener ni al Estado ni al mercado, de una inflación que dejó de ser hiperinflación pero sigue destruyendo el ingreso. Para él el impacto de la diáspora no es solo un drama humano, sino la evidencia de que el aparato productivo dejó de prometer futuro. Y enfatiza que con una deuda externa tan grande como la que pesa, ningún país puede enfrentarla sin un acuerdo político que abra la puerta al financiamiento internacional. Su mensaje, dicho sin rodeos, es que estas variables no se arreglan con parches ni con anuncios: requieren instituciones que funcionen, reglas claras y un cambio profundo en la forma en que se gestiona la economía. Para Santos, mientras ese marco no exista, cualquier recuperación será frágil, corta y reversible.
Y, así, en este contexto que pintan ambos economistas nos aproximamos al 1 de mayo. Con una caja fiscal tan apretada, la mayoría de los analistas coinciden en que no hay espacio para un aumento salarial ni tan siquiera significativo. La recaudación es limitada, el gasto es rígido, no hay financiamiento externo y la deuda sigue en default. Un incremento amplio implicaría emitir dinero sin respaldo, lo que terminaría devorando el propio aumento. Por eso, lo más probable, lo único plausible, es un ajuste pequeño, casi simbólico, acompañado de algún movimiento en los bonos: subir un poco los montos, reorganizar programas, mover piezas dentro del esquema de transferencias directas. Los bonos son más manejables porque no indexan toda la estructura salarial del sector público y el privado y permiten cierto margen de maniobra sin desatar presiones inflacionarias mayores. Claro y raspao: habrá anuncio, pero no habrá salto. Aunque quisiera, el gobierno encargado no podría. Simplemente no hay plata. He allí una de las consecuencias del monumental daño causado por años de despilfarro, desidia y robo. Los platos rotos los pagamos todos, menos los ladrones. Se robaron el santo y la limosna. Por eso al gobierno encargado hay que tenerle la rienda corta, muy corta.
Sin embargo, y esto es agregado mío, aun con las dificultades a la vista y la incertidumbre respirándonos en la nuca, empiezan a aparecer señales que valen la pena. Todos los días —sin pausa— se organizan reuniones, foros, charlas y coloquios, presenciales o por Zoom, donde empresarios, emprendedores, gente del sector financiero y organizaciones gremiales y académicas analizan con rigor lo que ocurre en el país. Y lo interesante es que, en ese ejercicio profesional, comienzan a detectarse oportunidades donde antes sólo se veía el deterioro acelerado. Ese movimiento – constante, discreto y poco espelucado pero persistente- dice mucho: hay gente pensando, buscando, tanteando caminos posibles incluso en medio del desorden.
Creo —y lo digo desde mi convicción más personal— que si se resuelven los nudos institucionales (recordar cómo terminó el nudo gordiano) y se anuncia con claridad el calendario para unas elecciones generales, de todos los cargos de elección popular y no sólo de presidente, la angustia colectiva bajará varios decibeles. Sentiremos que este tramo de sufrimiento en el que estamos no es infinito y que hay un horizonte que vuelve a dibujarse.
Lo escribí con anterioridad y lo repito: estamos en transición, y una transición, por definición, es temporal y finita. No viene a instalarse ni a echar raíces; es un paréntesis, un tramo intermedio, un pasadizo entre lo que se va y lo que todavía no llega. Y aunque a veces parezca interminable, no lo es: los paréntesis siempre se cierran. Esto es un puente. Y los puentes, por largos que sean, siempre tienen principio y fin.
Y el gobierno, este gobierno -temporal, transitorio, encargado- tiene el deber de dejar que las cosas buenas para el país ocurran, y bajarle dos a las declaraciones insultantes y cínicas. Que el país muestre una tolerancia que habla de madurez, no quiere en modo alguno decir que esté perdonando los muchos desaguisados, delitos y pecados de estos traficantes de miseria. El país le dice al gobierno encargado: asume tu barranco, sin excusas ni pretextos. Ah, y sin alaridos ni habladera de pistoladas. Que cuando gritan se les salen los gallos.
Soledadmorillobelloso@gmail.com

