La Jueza Endora y el perito que cometió perjurio: El mercado de las condenas.
No darás falso testimonio contra tu prójimo.(Éxodo 20:16).
Sucedió en aquellos tiempos, en el territorio sombrío donde la justicia se desvía, que habitaba una mujer llamada Endora, quien se sentaba en el estrado no para juzgar con rectitud, sino para invocar las sombras del engaño, tal como la pitonisa de antaño en la región de Endor. Esta mujer, revestida con la toga de la ley pero movida por un espíritu de iniquidad, ejercía su dominio sobre los hombres mediante el susurro y la instigación al mal, convirtiendo su tribunal en un antro de confusión. No buscaba la luz de la verdad, sino que, rodeada de expertos serviles, tejía redes de mentiras para atrapar a los incautos. Así como la bruja bíblica conjuraba espíritus para burlar el destino, esta Jueza Endora conjuraba falsos testimonios para alimentar su mercado de condenas, erigiéndose como una soberana de la oscuridad procesal en una tierra sedienta de justicia.
El sistema judicial se corrompe de manera absoluta cuando la verdad es sacrificada en el altar de la maldad y la conveniencia estadística. En un giro indigno, propio de las crónicas más infames, una magistrada y su colaborador técnico han convertido el estrado en un mercado de seres humanos. El título de este escándalo no podría ser otro: La Jueza Endora y el perito cometieron perjurio, actuando en una simbiosis criminal que despoja a la justicia de toda integridad. No existe aquí rastro de honor; lo que observamos es una conducta rastrera donde el perito, de forma recurrente y cínica, vende su alma para alimentar las cifras de un tribunal que necesita condenados para justificar su propia existencia. Esta dinámica de “eficiencia” perversa transforma el derecho en una herramienta de opresión institucionalizada, donde la libertad es moneda de cambio.
La referencia a la Bruja de Endor (1 Samuel 28:7) cobra un sentido literal: al igual que aquella figura que invocaba sombras, la Jueza Endora manipula la realidad para fabricar culpables. En este tribunal, el mandato de “No tomarás el nombre de Dios en vano” es pisoteado con desprecio. El perito inició su farsa en una primera audiencia exclamando con la mano sobre el texto sagrado: “Juro por la Biblia y por Dios que esta firma no es mía; la desconozco totalmente”. Era la voz de un hombre que aún simulaba dignidad ante los hombres, pero que ya tramaba su traición bajo el susurro ponzoñoso de su “ama”, entregando su conciencia al servicio de la falsedad.
La confrontación de su testimonio revela una naturaleza retorcida. Sin pudor alguno, en la audiencia inmediatamente posterior, este mismo sujeto repitió el rito sagrado para sostener la tesis contraria. Con la misma mano sobre el libro santo, declaró: “Juro por la Biblia y por Dios que la firma que ayer juré desconocer, hoy juro que sí es mía”. Esta metamorfosis del testimonio no es un error de memoria, sino un perjurio frontal. Al decir que su juramento anterior era falso, el perito no solo admite su condición de mentiroso profesional, sino que arrastra el nombre de Dios al fango para cumplir con la cuota de condenas que la Jueza Endora le exige para mantener vivo su sistema vil. Es el acto de quien utiliza lo sagrado para validar la impiedad más absoluta y vergonzosa.
Este sistema vil funciona como un mercado de personas donde cada sentencia condenatoria representa un bono de eficiencia. La maldad se disfraza de “cumplimiento del deber”, pero en realidad es una estrategia de supervivencia institucional: condenan para resguardar su existencia. Al jurar en falso dos verdades contrapuestas, el perito valida un engranaje donde la libertad es la moneda de cambio para que el tribunal permanezca abierto. La avaricia estadística de la Jueza Endora la lleva a instruir al perito al oído: “¡Comete perjurio! No te importa el nombre de Dios”. Así aseguran que el flujo de sentencias condenatorias nunca se detenga, sin importar cuántas vidas inocentes sean destruidas en este juego de números y ambiciones desmedidas.
Es fundamental subrayar que esta afrenta nace de una voluntad consciente de ofender a Dios. Ambos sujetos actúan con pleno conocimiento de su impiedad; no hay confusión, sino una decisión deliberada de tomar el nombre del Altísimo en vano para complacer sus intereses mutuos. La Jueza Endora, operando como un demonio instigador, y el perito, como su ejecutor servil, han despreciado la salvación de sus propias almas por una cuota de poder terrenal. Esta corrupción a conciencia es el pecado más grave: saber que se falta a la Ley Divina y, aun así, utilizar el juramento sagrado como un instrumento de engaño procesal para enviar personas al cadalso judicial. No hay ignorancia en sus actos, sino una malicia calculada que desafía la justicia.
Sobre estos dos sujetos, la Jueza Endora y su perito cómplice, ya pesa la sentencia del juicio eterno. Por su obstinación en la mentira y su pacto de maldad, sus nombres ya están inscritos en el libro del abismo; pues quien profana la justicia y el nombre de Dios con tal impiedad, ya habita, aun en vida, en el mismo infierno que han construido para otros. La infamia de sus actos los precede, y no habrá estadística ni bono de eficiencia que los rescate de la justicia verdadera que no admite sobornos ni perjurios. La posteridad los recordará como los mercaderes del templo de la ley, aquellos que cambiaron la verdad por una moneda de cobre y su salvación por un momento de gloria efímera en la tierra de los vivos.
CANON : El presente texto constituye una pieza de narrativa crítica y análisis filológico-teológico. Su estructura se ampara en la parábola alegórica y la libertad de creación literaria, utilizando figuras arquetípicas y referencias bíblicas para ilustrar dilemas éticos y morales universales dentro del ejercicio del derecho y la fe. Cualquier semejanza con la realidad es producto de la interpretación de la justicia como valor absoluto frente a la degradación de la conducta humana.
¡Ay de los que dictan leyes injustas, y de los que escriben decretos opresores, para privar de justicia a los necesitados y para robar de su derecho a los pobres de mi pueblo! (Isaías 10:1-2).
Profesor Universitario – Abogado y Ex Sacerdote – cristantogleon@gmail.com

