La celebración el 23 de abril del día del libro nos brinda una excelente oportunidad para insistir en la importancia de la lectura y en la necesidad de una educación lectora que permita a los alumnos aprender de un modo autónomo y permanente, facilite la comprensión ética y estética de la existencia, ayude a comprender el mundo y amplíe los horizontes culturales. Estudiar significa ante todo, leer. La lectura se halla en el programa de todas las materias. En consecuencia, es problema de todos los maestros y profesores. Si queremos combatir el fracaso escolar y ayudar a que todos los alumnos tengan éxito en sus estudios, debemos fomentar con insistencia la lectura. Hay que leer más y sobre todo leer mejor. Leer hoy en los diversos formatos, físicos o digitales. Leer para informarse, para aprender y entender, para crecer, para abrirnos a la belleza, al sentimiento. Porque la lectura no es sólo un medio privilegiado para cultivar la inteligencia, sino que fomenta la sensibilidad, la imaginación, la creatividad y el pensamiento crítico, permite acercarse a y conocer otros pueblos y culturas, y es una ayuda imprescindible para el crecimiento personal y el ejercicio de una auténtica ciudadanía.
Leer implica a toda la persona: inteligencia y sentimientos, voluntad y fantasía, pasado y presente, memoria y esperanza. Por todo esto, yo no me canso de repetir que si de nuestras aulas salieran alumnos lectores, es decir, que les gusta la lectura, que necesitan leer, que leen habitualmente sin que se les ordene y no sólo por obligación y cuando están estudiando, les estaríamos abriendo la puerta a la sabiduría. Lectores autónomos y críticos que necesitan alimentar su espíritu, su imaginación, su pensamiento, tanto como su cuerpo. Necesitan expresarse, comunicarse, aprender, crecer interiormente. Personas que abren un libro y se disponen a viajar por mundos desconocidos, a ser protagonistas de la increíble aventura de reescribirlo con su imaginación o con su pensamiento. Porque cada lector reescribe el libro, le da vida. Un libro sin lector es un ser muerto. Los libros necesitan de los lectores para poder ser. Leer es resucitar libros, devolverles la palabra a los autores y empezar a dialogar con ellos. Y es asombroso poder dialogar con Homero, San Agustín, Cervantes, Shakespeare, Freinet, Simón Rodríguez, García Márquez, Juan Rulfo, Rafael Cadenas…, es decir, con tantos personajes extraordinarios.
Decimos que la lectura es un diálogo entre el autor del texto y el lector, que va construyendo significado desde lo que él sabe y el autor le dice. Ningún texto se lee independientemente de la experiencia, de la vida, convicciones y creencias del lector. Por ello, es imposible leer un libro dos veces igual (pues cada lectura dependerá del estado emocional, de las inquietudes, preocupaciones, intereses del lector) y si entregamos el mismo libro a un grupo de lectores, cada uno estará leyendo un libro distinto de acuerdo a sus conocimientos, preocupaciones, sentimientos.
En todo diálogo hablan dos personas. Si el lector meramente escucha al libro o texto y repite las ideas del autor sin decirle nada, no es un buen lector, porque no está construyendo significados desde lo que sabe. De ahí que muchos, ante las dificultades de comprensión de un texto, lo memorizan para luego repetirlo. Si no hay comprensión, no hay verdadera lectura y la comprensión exige los basamentos culturales o cognitivos que permitan incorporar y dialogar con lo que dice el autor.
Para hacer alumnos lectores, hay que fomentar el amor a los libros. Un buen libro es como un árbol: da vida, frutos, sombra, purifica el aire. De hecho, somos hijos de nuestros libros; somos lo que somos de acuerdo a los libros que hemos leído.. Estamos habitados por libros y por amigos. En palabras de Ítalo Calvino, “El libro es un compañero, elocuente y mudo. Es un amigo que habla y escucha. Es un interlocutor discreto a quien siempre se puede interrumpir, con quien se puede reanudar el diálogo cuando uno quiere, sin que manifieste ningún pesar. Uno puede refugiarse en él, y estar con él en una moderada soledad, La lectura no es comparable con ningún tipo de aprendizaje y de comunicación, ya que tiene un ritmo propio, gobernado por la voluntad del lector; la lectura abre espacios de interrogación, de meditación, de examen crítico, en suma de libertad”. Si uno aprende a dialogar con los libros, a hacerse preguntas, será capaz de ser una persona reflexiva y crítica.
Difícilmente alguien llegará a ser un buen lector, si no ha disfrutado de los libros .De ahí la importancia de iniciar a los niños, preferiblemente en el hogar, pero si esto no es posible, en la escuela, en la lectura gozosa, amena, divertida. El niño entra en contacto con la literatura, en especial, con la poesía, aun antes de nacer. Percibe el ritmo a través de la madre, siente el latido de su corazón, el sonido de sus pasos, se balancea en su interior mediante el movimiento de sus caderas, Y cuando nace, su contacto con ella es continuo. La madre lo acuna en sus brazos, para que duerma, lo mece al tiempo que le canta canciones de cuna, Luego, cuando crece, empiezan los cuentos orales, los cuentos llenos de ilustraciones que la mamá, el papá o algún familiar le leen antes de dormir, en esos momentos en que. como nos recuerda Rodari, se vive de un modo especialmente intenso la relación del niño con sus seres queridos: “Mientras el río tranquilo del cuento corre entre los dos, el niño puede finalmente gozar de la madre o del padre, a su antojo, observar todos los rasgos de su cara, la boca, la piel…Escucha, sí que escucha, pero gustosamente se permite distraerse, por ejemplo, si ya conoce el cuento(…)La voz de la madre no le habla sólo de la Caperucita Roja o de Pulgarcito: le habla de sí mismo (…). El niño está también interesado en la voz materna, en sus tonos, volúmenes, en la música que comunica ternura, que disuelve los nudos de inquietud, que hace desaparecer los fantasmas del miedo”.
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