(Dedicado a mi querido amigo Bryan Viana)
Cuando pensamos en Brasil casi siempre caemos en la postal fácil, en el lugar común, en la frase hecha. Río de Janeiro visto desde arriba, tomas aéreas del Corcovado, el carnaval que parece una explosión controlada, las garotas que caminan como si la gravedad las tratara con indulgencia, la samba entrando por los pies y subiendo sin pedir permiso. Todo eso es verdad, claro. Pero también es incompleto. Porque lo que nos trajeron los brasileros no cabe en una foto ni en un folleto turístico. Llegó de otra manera. Como llegan las cosas que terminan siendo importantes: sin aviso, sin ceremonia, sin preguntar si había espacio.
Brasil llegó como la brisa del mar cuando uno no la está esperando. Te mueve el pelo, te cambia el ánimo, te obliga a cerrar los ojos un segundo. Llegó despeinando ideas, aflojando rigideces, refrescando costumbres. Se metió en la vida cotidiana con la naturalidad de quien entra en una cocina ajena, abre la nevera sin culpa y ya está colando café como si viviera ahí desde siempre.
De los brasileros aprendimos otra forma de habitar la alegría. No la alegría de propaganda ni de postal a full color, sino una alegría más profunda, casi filosófica, pero con lentejuelas. Una alegría que no niega los problemas, pero se niega rotundamente a dejarse aplastar por ellos. Ese famoso jeitinho brasileiro que tantos malinterpretan. No es trampa. No es viveza. Es gimnasia emocional. Es la capacidad de doblar la realidad sin partirla, de encontrar una rendija donde parecía haber una pared, de improvisar soluciones con la serenidad con la que uno pela una mandarina sin mirarla. Y nosotros, que ya veníamos graduados en sobrevivir con humor, reconocimos de inmediato el parentesco. Era como encontrarse con un primo lejano: habla distinto, gesticula más, pero entiende el chiste antes de que lo termines.
También nos trajeron sabores. No es que la yuca, el casabe o el coco fueran una revelación, pero los brasileros nos enseñaron a mezclarlos sin pedir perdón. A cocinar con desparpajo. A no disculparse por el exceso. La feijoada, por ejemplo, que es como un pabellón criollo que decidió ir al gimnasio, ponerse musculoso y repetir plato. Los guisos espesos que no se comen: se habitan. Los dulces que se derriten rápido, como si supieran que la eternidad no es lo suyo. Y esa costumbre tan brasileña —y tan venezolana— de que la comida no es para llenar el estómago, sino para reunir gente. Comer como excusa. Comer como ritual. Comer como terapia grupal sin seguro médico.
En lo musical, Brasil nos abrió el pecho como quien abre una ventana en pleno agosto. La bossa nova llegó bajito, casi pidiendo permiso, como un susurro que se sienta en el borde de la cama y canta al oído. João Gilberto y Jobim parecían afinar la guitarra dentro de la cabeza de uno. Sérgio Mendes agarró ese susurro, lo puso a viajar, lo mezcló con jazz, con pop, con mundo, y nos demostró que la sofisticación también puede mover los pies. Ivan Lins nos enseñó que la melancolía puede ser elegante, que el drama puede vestirse de armonía perfecta y seguir siendo popular sin perder profundidad.
La samba, en cambio, entró como un tambor sin timidez: sacude, ordena, desordena, cura. Y ahí apareció Eliana Pittman, con esa voz que parecía sonreír mientras cantaba, recordándonos que el swing también puede ser fino, que el goce no está reñido con la clase. Y más adelante, cuando ya creíamos haberlo escuchado todo, llegó Ivete Sangalo como una fuerza de la naturaleza con micrófono. Ivete no canta: Ivete arrastra multitudes, levanta estadios, convierte la alegría en fenómeno físico. Con ella aprendimos que la fiesta también puede ser profesional, disciplinada y profundamente seria, aunque nadie lo note porque todo el mundo está bailando.
Y, por supuesto, la música popular brasilera nos regaló poetas que piensan cantando: Caetano, Gal, Bethânia, Gil, Milton, Djavan… y Chico Buarque, que no es exactamente un cantante, sino un estado emocional. Chico nos enseñó que la palabra puede ser cuchillo y caricia al mismo tiempo, que la ternura también protesta, que una canción puede ser poema, ensayo y puñalada elegante en tres minutos y sin levantar la voz.
En medio de ese oleaje sonoro está Roberto Carlos. El hombre que logró lo impensable: convertir la cursilería en ingeniería emocional. Roberto nos demostró que la ternura también puede tener micrófono, vestirse de azul y blanco y cantar sin pedir disculpas. Sus canciones son como cartas perfumadas que llegan sin aviso, pero que uno abre igual, aunque jure que no va a llorar. Vino tantas veces a Venezuela que terminó siendo de la familia. Aquí lo adoptamos como se adoptan los tíos políticos: llega, canta dos canciones, hace llorar a la abuela, abraza a medio mundo y se va dejando un silencio bonito.
Pero Brasil no es sólo Río ni Bahía. También llegó el Brasil del sertão, con su música de polvo y sequía. El forró, el xote, el baião, la sanfona de Luiz Gonzaga sonando como un acordeón europeo que aprendió a sudar bajo el sol. Esa música nos recordó que la alegría también puede ser áspera, que la nostalgia puede oler a tierra caliente. Y llegó la Amazonia, vecina nuestra por río y por aire, trayendo cantos rituales, percusiones que imitan animales, melodías que flotan como neblina. El carimbó, el lundu, el boi‑bumbá nos enseñaron que el tambor no siempre es fiesta: a veces es llamado, a veces es memoria, a veces es territorio.
Y luego está Jorge Amado. Que no fue sólo un escritor, sino una manera de entender Brasil —y, de paso, de entendernos a nosotros mismos— sin solemnidad innecesaria. Amado escribió con el cuerpo entero: con el estómago, con la piel, con el deseo, con la calle. Sus personajes sudan, comen, aman, mienten, bailan, sobreviven. No son símbolos: son gente. Leer a Jorge Amado fue descubrir que la literatura podía ser popular sin ser simple, política sin ser panfletaria, sensual sin ser obscena. Nos enseñó que la alegría también es una forma de resistencia y que la dignidad no siempre habla bajito ni se viste de domingo. En Venezuela lo leímos como quien escucha a un narrador oral sabio y pícaro a la vez: uno se ríe, pero cuando se da cuenta ya está pensando en la injusticia, el poder, el deseo y la libertad. Jorge Amado fue la prueba de que la cultura puede ser profunda sin perder sabor, como un buen guiso que alimenta y deja ganas de repetir.
A Venezuela también llegó São Paulo. Ese Brasil más urbano, más cerebral, de café fuerte y pensamiento rápido. Gente muy preparada, con mundo, con ambición bien dirigida. Entre ellos recuerdo a mi amigo Tom Lamktree, cuya mente publicitaria parece tener un motor turboalimentado. Tom piensa slogans como otros respiran, ve estructuras donde otros solo ven un papel en blanco, y tiene esa habilidad paulista de convertir ideas en arquitectura. Gente como él trajo a Venezuela otra manera de pensar la creatividad: más estratégica, más afilada, más cosmopolita, sin perder ni un ápice de esa chispa tropical que siempre los delata.
Y, cómo no, Brasil también nos llegó por la pantalla. Las novelas brasileras fueron una adicción nacional, un vicio compartido sin culpa ni rehabilitación. Roque Santeiro, Doña Beija, La esclava Isaura, Pantanal, Terra Nostra, El Clon… y Vale Todo (1989), que no fue una novela sino un examen de conciencia en horario estelar. Esa pregunta todavía incomoda: ¿vale todo para triunfar? El final nos dejó mudos. No hubo moraleja. Hubo ambigüedad. Y eso, en televisión, es casi revolucionario.
Pero quizá lo más profundo que nos trajeron los brasileros fueron ideas. Porque Brasil no solo exporta carnaval: exporta pensamiento. Paulo Freire, Darcy Ribeiro, Lélia Gonzalez, Milton Santos… voces que nos ayudaron a repensar la educación, la identidad, el territorio, la cultura. Nos trajeron preguntas nuevas, y pocas cosas transforman tanto como una buena pregunta.
Y en medio de todo ese intercambio —musical, culinario, emocional, intelectual— pasó algo inevitable: entre venezolanos y brasileros inventamos el portuñol. No en una academia ni en un congreso lingüístico, sino en la calle, en la frontera, en el mercado, en la amistad. Un idioma práctico, cariñoso, lleno de gestos, donde “ahorita” convive con “já”, donde uno dice “tranquilo, tudo bem” sin darse cuenta. El portuñol es la prueba viva de que cuando dos pueblos se entienden, el idioma se acomoda solo.
Por encima de todo, Brasil nos trajo una noción de mezcla sin culpa. Un país que se sabe múltiple, contradictorio, mestizo hasta los huesos. Y que lo celebra. Esa manera de abrazar la mezcla sin pedir perdón nos ayudó a mirarnos distinto, a entender que la identidad no es un museo, sino un carnaval permanente, un tejido vivo que se rehace todos los días.
Al final, lo que nos trajeron los brasileros no cabe en un cliché. Nos trajeron una forma de sentir, de pensar, de cocinar, de cantar, de mezclarnos y de resistir. Una cadencia. Una estética. Una filosofía. Y nosotros, que somos expertos en tropicalizarlo todo, lo incorporamos a la vida sin darnos cuenta. Como se incorporan las cosas que, cuando miras atrás, siempre estuvieron ahí.
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