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María Gabriela Mata: El sumud venezolano, resistir para renacer

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No lloraré.  Fadwa Tuqan.

Sobre esta tierra hay algo que merece la pena vivir.  Mahmoud Darwish.

Decir “no lloraré” no implica negar el dolor, sino decidir qué hacemos con él. En Venezuela hemos llorado —mucho, y con razón—. Pero hemos aprendido a seguir adelante, a adaptarnos, a sobrevivir. A eso lo hemos llamado resiliencia. Gracias a ella, millones de venezolanos han logrado incluso destacar en sus ámbitos de trabajo o estudio, dando brillo a nuestro gentilicio en medio de la pérdida, el desarraigo y la incertidumbre.

Sin embargo, hay una pregunta que empieza a abrirse paso: ¿basta con resistir adaptándonos? ¿O ha llegado el momento de restearnos, de darlo todo por defender lo que somos?

Existe otra palabra, de origen árabe, nacida de la experiencia del pueblo palestino, que he aprendido a apreciar: sumud. Significa literalmente “permanecer firme”, “mantenerse en pie”, pero su sentido va mucho más allá. Es una forma de resistencia cotidiana, profundamente ligada a la dignidad y a la decisión de seguir existiendo independientemente de las circunstancias. Por su valor simbólico y la fuerza que transmite, sumud dio nombre en 2025 a una misión civil internacional que buscó desafiar el bloqueo naval para llevar ayuda a Gaza.

En un primer momento puede parecer sinónimo de resiliencia, pero en realidad apunta en otra dirección. No habla de adaptarse, sino de sostenerse sin ceder lo esencial.

El peligro de la resiliencia es su tendencia —casi imperceptible— a normalizar lo inaceptable. A convertir la excepción en rutina. A hacer habitable lo que nunca debió serlo.

El sumud, en cambio, es otra cosa. Es una presencia consciente. Es decir: “aquí sigo”, no por inercia, sino por decisión. Es resistir para no desaparecer.

Si lo llevamos a una imagen, la resiliencia se parece a un sauce que se dobla con el viento para no quebrarse. El sumud es el olivo que permanece.

Quizá Venezuela necesita menos adaptación y más arraigo. Menos resignación disfrazada de fortaleza, y más conciencia de lo que no estamos dispuestos a perder. Preguntarnos qué significa permanecer, incluso en la distancia.

Tal vez el sumud venezolano no sea inamovilidad, sino fidelidad: a nuestras costumbres, a nuestro espíritu democrático y a nuestros valores humanos. Pero, sobre todo, la certeza profunda de que este país puede ser lo que está llamado a ser, porque lo haremos posible: defendiendo espacios, reconstruyendo comunidad e instituciones partiendo de un yo fortalecido.

Porque la verdadera transición no es solo política. Es también interior. Tiene que ver con la forma en que nos pensamos, con lo que aceptamos y lo que no; con lo que, en definitiva, decidimos sostener.Y quizá ahí, en ese gesto íntimo de no rendirse por dentro, empieza algo parecido a una resurrección.
No volver a lo que éramos, sino renacer sin dejar de ser.

 

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