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Soledad Morillo Belloso: Lo que nos trajeron los dominicanos

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Tal vez en todo este subcontinente los que más se parecen son los venezolanos y los dominicanos. No por geografía ni por manuales de historia, sino por esa afinidad secreta que no se aprende: la capacidad de reírse incluso cuando la vida se pone creativa con sus desgracias. Yo lo confirmé no en teoría, sino en carne viva, cuando la pandemia me dejó varada en Dominicana por nueve meses y once días. Varada, sí, pero también acogida, adoptada, acomodada, como quien llega a una casa ajena y descubre que la silla ya estaba tibia esperándolo.

Los dominicanos no llegan: irrumpen como una brisa que se cuela. Y esa brisa trae ritmo, sazón, una manera de hablar que no se pronuncia sino que se baila. Su merengue no es música: es sistema nervioso. Un merengue que convierte cualquier pasillo en pista de baile y cualquier lunes en Gracias a Dios que es viernes. Venezuela, que nunca ha sido tímida para mover la cintura, se dejó contagiar desde hace décadas. Por eso, cuando yo caí allá en pleno encierro mundial, no sentí extrañeza: sentí reconocimiento. Como si me hubieran devuelto una parte de mí que yo no sabía que había prestado.

Entre esos ritmos que cruzaron el mar llegó también esa joya llamada merengue apambichao. Su nombre viene de las orquestas que tocaban en Palm Beach, donde el merengue se volvió elegante, reposado, casi de salón y se puso traje blanco. Era un merengue insinuante, más de cintura que de pies, más caricia que empuje. El pueblo lo rebautizó apambichao, que es como decir “merengue con swing de hamaca”. Una prueba de que el Caribe también sabe ser suave sin perder fuego.

Y si hablamos de ritmos dominicanos, pues son maneras de caminar por la vida. El merengue es el amigo que te agarra la mano y te dice “vamos a bailar, que la vida es corta”. La bachata es el bolero que se mudó a la esquina: guitarra que llora, bongó que consuela, voz que confiesa. El son dominicano es el abuelo que filosofea con un trago. El gagá es trance, calle, raíz africana que se niega a desaparecer. El palo es tambor ritual, latido antiguo. Y la fusión moderna —esa alquimia donde Chichí Peralta es rey— demuestra que el Caribe no se queda quieto: evoluciona con gracia.

Pero no sólo trajeron música: trajeron cocina, que es otra forma de ternura. La comida dominicana es un abrazo servido en plato hondo. El mangú es filosofía: plátano humilde convertido en gloria. El sancocho dominicano es un abrazo caliente que se toma con cuchara. El locrio es fiesta en arroz. Los víveres son identidad. Y ese bacalao con huevo y cebolla que aparece en cualquier mesa tiene la virtud de reconciliar a cualquiera con la vida. Comer en Dominicana es entender que la ternura también se cocina.

Entre los dominicanos que Venezuela adoptó como parientes del alma, Juan Luis Guerra ocupa un territorio aparte, casi sagrado. En Venezuela no es un artista: es un clima emocional. Tiene la alquimia de convertir la poesía en merengue y bachata, y de volver el merengue y la bachata plegarias que se elevan sin pedir permiso. Sus canciones no se oyen: se inhalan, como quien respira un aire que ya conoce. Cuando suenan “Burbujas de amor” u “Ojalá que llueva café”, el venezolano siente que alguien le canta desde el tuétano del Caribe, desde ese lugar donde la nostalgia y la alegría se abrazan sin pelear. Juan Luis es puente, es bálsamo, es brújula. Y yo, que tuve la fortuna de cruzármelo (porque la vida te muerde pero también te acaricia), puedo decirles que lo suyo no es simplemente escuela; es epifanía.

Si hay algo que une a Venezuela y a Dominicana con devoción casi mística es el béisbol. En ambos países no es deporte: es religión. Se nace con un guante imaginario en la mano. El estadio es templo, el jonrón es milagro, el pitcher es sacerdote y el narrador es profeta. Cuando un dominicano y un venezolano hablan de pelota, no conversan: comulgan.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela trajeron todo eso: ritmos, sabores, creencias, picardías, maneras de querer y de sobrevivir. Trajeron la filosofía del fogón donde cocinar es querer y querer es servir en plato hondo. El mangú se instaló sin pedir permiso. El sancocho dominicano se entendió de inmediato con el venezolano, porque ambos son caldos que abrazan. Y entre víveres, risas y cucharones, se tejió una hermandad que no necesitó papeles.

También trajeron figuras que Venezuela abrazó como familia: Johnny Ventura, terremoto alegre; Wilfrido Vargas, que convirtió al país entero en laboratorio de merengue; Fernando Villalona, “El Mayimbe”, que hacía suspirar a medio país; Chichí Peralta, alquimista del ritmo; Romeo Santos, bachatero universal. Todos ellos se volvieron parte del paisaje emocional venezolano.

Pero hay un dominicano muy especial para todos en Venezuela. Billo Frómeta fue ese dominicano que Venezuela no sólo quiso: lo convirtió en latido propio. Llegó con su elegancia de director eterno y una ternura escondida entre trompetas, y nos miró como quien reconoce un amor antiguo. Y nosotros, al sentirlo, lo adoptamos sin trámite. Billo no vino a dirigir orquestas: vino a bordarnos la alegría. Nos escribió en todas las claves, nos afinó las nostalgias, nos celebró con cada compás. Por eso lo adoramos: porque él nos amó primero, con esa devoción musical que sólo tienen los que entienden que un país también se abraza con melodías.

Los dominicanos trajeron su modo de hablar que derrite tensiones, ese “ven acá” que es caricia, ese “ta’ to’” que es filosofía caribeña. El dominicano habla como quien te acomoda el alma. Y esa cadencia se nos pegó y amplió nuestro repertorio afectivo. Porque entre ellos y nosotros no hay distancia: hay espejo.

En esos nueve meses y once días yo lo vi clarito. No estaba varada: estaba en casa con otro nombre. Dominicana me recibió como quien abre la puerta sin preguntar nada, sólo diciendo “pasa, siéntate, ¿ya comiste?”. Y yo, que sé reconocer la ternura cuando se disfraza de cotidianidad, entendí que estaba entre primos: primos que crecieron en casas distintas pero con la misma abuela, esa que cocina con exageración, que habla cantando, que se ríe hasta cuando regaña, que cree que la vida es dura pero no por eso hay que dejar de bailar.

Los dominicanos que llegaron a Venezuela entraron como quien llega a una casa desconocida con la intuición certera de que allí lo van a recibir con café recién colado. Vinieron con ese tumbao caribeño que ya trae la música puesta por dentro. Y Venezuela, en esos años de barriga llena y petróleo a borbotones, abrió la puerta sin fisgonear por la mirilla.

Se regaron por las ciudades como quien siembra sin mapa: unos se treparon a los andamios, otros a las bodegas, otros a las cocinas. En las costas se mezclaron con los pescadores como si hubieran nacido oliendo ese mismo salitre. En las ciudades petroleras se metieron en el engranaje diario sin aspavientos. Las mujeres dominicanas, con esa mezcla de firmeza y dulzura, se hicieron un lugar en casas que terminaron sintiendo propias. Y tienen manos mágicas para la costura y el bordado.

Y así, con poco ruido pero haciendo vida, los dominicanos se volvieron parte del paisaje venezolano. No como visitantes, sino como esos parientes que un día llegan y, al siguiente ya están sentados en la mesa opinando sobre el béisbol, preguntando si queda más arroz y canturreando mientras te ayudan a recoger la mesa. Entre nuestras costas el mar no separa: hace puente. Y ellos cruzaron ese puente con la naturalidad de quien sabe que al otro lado también hay sol, música y gente que entiende el idioma del Caribe sin necesidad de diccionario.

Ah, y tengo un sobrino dominicano que es un caramelo hecho persona. Él y mi sobrina, venezolana, me han dado el gusto de ser tía abuela de dos preciosos niños que son venezolanos y dominicanos.

 

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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