Paul De Grauwe, un eminente economista de la London School of Economics, ha indicado que el principal problema para Europa es Estados Unidos. Lo señala un experto de perfil liberal, un autor de prestigio por sus contribuciones en el campo de la economía internacional. Y remata: la Unión Europea debería aislar a Estados Unidos, en el sentido de optar por otras opciones asociativas, al tiempo de seguir avanzando en la estrategia inversora de la transición energética. La posición de De Grauwe subraya un claro europeísmo, que se sintetiza en reforzar los lazos intra-europeos y tener claro que cualquier otra opción –como la salida de la Unión, el mal ejemplo británico– es mucho más inquietante que permanecer en un grupo heterogéneo, pero con nexos comunes.
Branko Milanovic, otro economista de enorme interés por sus estudios sobre la desigualdad, acaba de publicar un libro (The Great Global Transformation-National Market Liberalism Multipolar World, Penguin, 2025) en el que defiende una tesis: lo que conocemos como liberalismo económico ostentaba dos facetas reconocibles. Por un lado, la adopción de bajos impuestos, privatizaciones de servicios públicos y todo un mosaico de desregulaciones; por otro, el empuje del libre comercio y de movimiento de capitales, con aranceles reducidos. Pero ahora, con Trump en el poder, este segundo factor está cambiando: proteccionismo económico –subida de aranceles–, chantajes políticos y financieros, menos globalización. Pero, sostiene Milanovic, el mantenimiento de lo apuntado en el primer factor, es decir: bajos impuestos, mayores desregulaciones y la apuesta por la liberalización total de los mercados. La desglobalización.
Se está remachando una idea del capitalismo que descansa sobre un trípode: el beneficio, el derecho de propiedad y la libertad –sin que se llegue a definir qué se entiende por esto–; mientras se elude la defensa de la democracia representativa y las libertades civiles. Esta idea se desgrana, con una enorme fuerza intelectual, en las más de setecientas páginas –es decir, un trabajo muy documentado– del reciente libro de los historiadores de la ciencia Naomi Greskes y Erik Conway (El gran mito, Capitán Swing, 2024). Los autores demuestran, con una apabullante profusión de datos, cómo las empresas han enseñado a aborrecer a los gobiernos y defender, sobre todo, el libre mercado, aunque ello suponga distorsionar los mecanismos intrínsecos al mismo (como, por ejemplo, la libre competencia: un axioma que ya proviene de La riqueza de las naciones de Adam Smith).
Los economistas mencionados –De Grauwe, Milanovic, Greskes, Conway–, en sus sólidos trabajos de investigación, corroboran unos elementos relevantes: la importancia de las instituciones, que deben respetarse; el protagonismo decisivo de los gobiernos en las grandes decisiones económicas; y la necesidad de respetar de manera escrupulosa las normas internas y externas para la buena consecución de las economías. Los tres elementos apuntados han saltado por los aires con la guerra de Irán –y antes con la de Ucrania y en el genocidio en Gaza–. El nuevo rostro del capitalismo: volver al Novecientos, sin titubear.

