Dios: ser supremo, hacedor del universo. Bíblica y secular palabra que de tiempos inmemorables ha encauzado el amor al prójimo y las más sentidas creencias de fe y redención de la humanidad.
Groso modo, es la apreciación de clérigos y eruditos acerca de su inmensidad. De su fiel y controvertida cosmovisión, venerada, cuestionada y atacada, por los siglos de los siglos, de generación en generación.
¿Qué no se ha dicho de este “primer motor, acto puro, ser eterno e inmaterial, perfección inmutable”, que definía Aristóteles?. Que se pueda agregar, al menos, para repudiar la cómplice ironía global, sobre el armamentismo mundial, las costosas guerras y las muertes masivas, que se hacen en el nombre de Dios.
Lamentable, que su amplio e infinito espectro, haya sido erróneamente interpretado a lo largo de la historia con fines inconfesables. Que dirigentes radicales extremistas, en especial afectos al islam, lo hayan usado para sus particulares propósitos. Para sus nefastos intereses de control y dominio colectivo.
Aunque es triste recordar, que de aquellas seculares y casi olvidadas guerras santas, de las cruzadas, del yihad islámico, del judaísmo, surgieron tantas guerras en el mundo, mutando y disputándose unas a otras, el controvertible dilema de las guerras buenas y las guerras malas. Aunque todas cargadas de malicias.
Igualmente reprochable para la historia de la humanidad, siguen siendo los temerarios mártires suicidas, vinculados a facciones radicales islamistas, quienes sin ningún reparo se ciñen un cinturón explosivo a su cuerpo, y luego se inmolan en lugares concurridos dejando un trágico saldo de centenares de muertos y heridos. Tal como lo registran las crónicas de noticias del mundo.
Capítulo aparte, merecen los terribles episodios de los pilotos suicidas contra las torres gemelas de Nueva York, que aún estremecen a vastos sectores del orbe.
También en nombre de Allah, y tras el triunfo de la revolución islámica, y el ascenso de los ayatolas al poder en Irán, en 1979, la teocracia (gobierno de Dios) que se instaurara desde entonces, en la nación persa, se comenzó armar todo un entramado teocrático totalitario de miedo y terror, primero en Irán, y progresivamente, se proyectaría a otros países aliados, de modo de formar un frente único de dominio teológico y geopolítico en el mundo.
Al frente de la novedosa teocracia se hallaba Ruhollaw Jomeini, el más radical de todos los ayatolás. Fue designado por el nuevo orden como Líder Supremo de la República Islámica. Todo el poder del Estado se concentró en su figura, colocada por encima del presidente de la República y el Parlamento (Asamblea Consultiva Islámica).
Con la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela, el gobierno de Irán y particularmente, los ayatolas, buscaron afianzar las relaciones con Caracas. En poco tiempo ensamblaron una alianza estratégica, que apuntó contra los valores de progreso y libertades de occidente. Y que fue muy animada, tanto por Chávez, como posteriormente, por Maduro
Así nació el extraño eje entre la teocracia persa y el narco-socialismo chavista, dos sistemas opuestos en apariencia, pero unidos por un odio ideológico contra EE.UU y todo occidente. Sin perder tiempo ambos bloques, conspiraron para minar la libertad y la democracia en la región. Sumieron a Ecuador, Bolivia y Nicaragua en autoritarismo, y a Argentina, Brasil y Uruguay en nichos de control político y de corrupción.
Desde entonces fue cada vez más firme la alianza que no paró en promover la expansión del chiismo, no solo en el Medio Oriente, sino en todo el mundo. Financiaron grupos terroristas, como Hezbolá en Líbano, Hamas en Gaza y los Hutíes en Yemen.
Afortunadamente, los imperios del miedo suelen olvidar que la historia no tolera indefinidamente el terror. Y las guerras justas de Dios, para hacer frente al poderoso enemigo tampoco lo admiten.
Y como ocurrió en la derrota de los nazis en 1944 del siglo pasado, y se influyó política, militarmente y diplomáticamente en la caída de la Unión Soviética, el mundo civilizado nuevamente evita la hecatombe nuclear, al enfrentar y evitar que Irán se armara con un letal arsenal de bombas y misiles atómicos.
Y Donald Trump, dijo basta, lo hizo con visión y fuerza. Y además, fue contundente y fulminante. Y por supuesto, en el nombre de Dios.
ezzevil34@gmail.com

