Dos noticias aparecieron como quien deja caer una piedrita en el agua sin querer llamar la atención. No hicieron escándalo, no levantaron polvo, pero vibraron. Y en Venezuela, cuando algo vibra, uno sabe que la historia está moviendo sus placas tectónicas.
La primera: Los Cisneros preparan un fondo millonario para invertir en la reconstrucción del país. Adriana Cisneros, con su estilo de estratega que no necesita aspavientos, anda levantando capital para un fondo que apunta a sectores esenciales. No es nostalgia ni romanticismo: es lectura del momento. Es cálculo frío. Es la intuición de quien reconoce que, cuando un país toca fondo, también se abren grietas por donde puede brotar un futuro.
La segunda: Naguib Sawiris llegó a Venezuela. Un magnate egipcio, copto, con una fortuna que podría financiar varias ciudades. No aterriza por turismo. No aterriza por curiosidad. Aterriza porque el dinero —ese dios antiguo que no se arrodilla ante ideologías— huele oportunidades antes que los discursos. Y cuando un hombre así pisa Maiquetía, el tablero entero se reacomoda en silencio.
Mientras tanto, en el Hemiciclo se discuten piezas que podrían reconfigurar el país. No es ruido de choque, sino ruido de engranaje. Proyectos de ley que buscan redefinir propiedad, inversión, participación, control. Reformas que se presentan como modernización, pero que cada bancada interpreta según su propio mapa del poder.
Hay debates que no se oyen, pero se sienten. Hay silencios que pesan más que los discursos. Y hay decisiones que, sin anunciarse, ya están en marcha.
En medio de ese clima, resuena la frase de Ramón J. Velásquez, que vuelve como advertencia y como espejo: “Es el mismo país, el mismo pueblo; lo que cambian son los sufrimientos.” Y sí: la frase cae como pedrada en ojo de boticario. Porque mientras los capitales se mueven y las leyes se afinan, el país profundo sigue lidiando con sus viejas y nuevas cargas.
Y en medio de todo eso aparece Eneas. No el de Virgilio, no el que carga a Anquises mientras Troya arde. El nuestro. El Eneas venezolano: ese personaje colectivo que avanza entre ruinas y anuncios, entre cansancio y terquedad, entre humo y claridades. Ese que escucha estas noticias y siente, sin decirlo, que algo se está desplazando bajo los pies.
Eneas con riquincalla: épica con sonajero, fundación con picardía, destino con humor involuntario.
Porque aquí, incluso en lo solemne, suena un tintineo. El país entero es una mezcla improbable de tragedia y parranda, de cálculo financiero y refrán de abuela. Mientras los grandes capitales tantean el terreno y el Hemiciclo afina su ajedrez legislativo, el venezolano de a pie observa con la sabiduría de siempre:
—“El dinero no tiene ideología”, dice uno.
—“Cuando el río suena…”, responde otro.
—“El que persevera, alcanza”, remata la abuela, aunque ya no sabe si lo dice por fe o por costumbre.
Y justo cuando el país parece entrar en una fase de reacomodo silencioso, ocurre lo otro: a don Evanán lo pusieron preso. Así, sin épica, sin persecución, sin trama de película. Preso por una confusión, dijeron. Una palabra que en Venezuela sirve para todo: para el extravío, para la negligencia, para el absurdo. Pero esta vez la confusión tenía forma: una vieja culebra agazapada en la computadora del aeropuerto.
Una culebra digital, burocrática, silenciosa. Una culebra que llevaba años dormida en un archivo, esperando el momento de saltar. Alguna vez, hace mucho, alguien abrió un expediente, marcó un nombre, activó una alerta. Después, el caso se resolvió, se aclaró, se cerró. Pero nadie —absolutamente nadie— se tomó la molestia de borrar la marca. Y en este país, lo que no se borra, existe. Lo que queda en el sistema, respira. Lo que respira, muerde.
Así que cuando don Evanán pasó su documento por la máquina, la culebra despertó. No por persecución, sino por inercia. La máquina pitó. El funcionario frunció el ceño. Y en cuestión de minutos, don Evanán estaba detenido por un fantasma administrativo. Por un error que ya no era error, sino sentencia.
Porque aquí la burocracia tiene memoria selectiva: olvida lo urgente, pero conserva lo inútil. Borra lo que sirve, pero guarda lo que estorba. Y cuando un nombre queda atrapado en esa telaraña, no hay argumento que valga. La máquina no conversa. La máquina no escucha. La máquina no entiende de contextos ni de vidas que siguieron adelante. La máquina sólo sabe que un día alguien escribió algo y que nadie lo borró.
Don Evanán salió, sí. Pero el susto quedó. Y la pregunta también:
¿Cuántas culebras más estarán dormidas en esas máquinas?
¿Cuántas alertas caducadas, cuántos nombres mal escritos, cuántos errores que nadie corrigió siguen ahí, esperando saltar sobre el próximo viajero?
Y entonces uno mira el país entero y entiende que estamos en un momento extraño:
—por un lado, los grandes capitales tanteando el terreno, oliendo reconstrucción, preparando fondos, aterrizando en Maiquetía;
—por el otro, las culebras viejas que nadie borró, listas para morder al primero que pase;
—y en el medio, el Hemiciclo, ajustando piezas, negociando silencios, redactando futuros posibles.
Eneas sigue caminando. Con riquincalla, sí. Porque aquí hasta la épica suena a calle. Y porque en este país, mientras unos levantan fondos millonarios, otros siguen esquivando culebras digitales, y otros más deciden —o postergan— decisiones que marcarán el rumbo.
Así se mueve Venezuela: entre presagios y archivos viejos, entre magnates y funcionarios somnolientos, entre fondos de inversión, discusiones parlamentarias y computadoras que no olvidan lo que ya no existe.
Un país que avanza, pero con cuidado. Un país que escucha el río sonar. Un país que sabe que, en cualquier momento, puede saltar otra culebra que nadie borró.
Y el pueblo está atento. Atento como quien ya vio demasiadas veces cómo se mueve el poder.
Atento como quien sabe leer lo que no se dice. Atento como quien entiende que algunos quieren que la reconstrucción no sea discurso, sino reparto. Atento porque sabe que, cuando llegue su turno de hablar, no hablará bajito.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

