A lo largo de los últimos veintiséis años en Venezuela, ninguna de nuestras universidades autónomas claudicó ante la evidente deriva autoritaria gubernamental. Siempre fueron -y es algo que como profesor universitario que soy desde hace cuarenta y seis años me enorgullece profundamente- muy críticas ante el talante antidemocrático del gobierno.
Suele decirse que la grandeza de un país existe en relación directa con la importancia que ese país asigne a la educación de sus ciudadanos. Verdad innegable de la que podemos extraer algunas preguntas ¿Cuáles son las prioridades de un gobierno? ¿Cuál el destinatario natural de los dineros del Estado?
La educación, la salud, la protección de la ciudadanía deberían ser los beneficiarios naturales de las arcas estatales. Y todo indica que en Venezuela no fueron ni la educación, ni la salud ni la protección ciudadana sus beneficiarios. Que fueron otros, unos otros absolutamente ajenos al natural destino nacional, quienes aprovecharon los recursos del país. Las consecuencias de semejante desatino están a la vista y lo seguirán estando por muchos años.
Y ahora en relación a lo que hubiera debido ser una justa inversión de los dineros públicos: la Universidad. Recuerdo cómo, en algún momento, absurdamente escuchamos al gobierno amenazar con negar el presupuesto a aquellas universidades autónomas cuyas autoridades se negasen a reconocer a Nicolás Maduro como presidente de Venezuela. Esto es: el dinero de todos los venezolanos convertido en arma de chantaje para lograr la sumisión de las altas casas de estudios del país.
La universidad no existe, no ha existido ni existirá nunca para cumplir los deseos de gobierno alguno. Sus principios se relacionan con imaginación y creatividad, con valores y sueños, con ideales de inclusión y tolerancia. Aspira a formar dignos seres humanos que sean, también, buenos profesionales. Y ese doble propósito explica el significado ético de su siempre necesaria autonomía. Una autonomía alusiva a la mayor fortaleza de la universidad: la libertad de cátedra. Una universidad no es ni será nunca espacio análogo al castrense o al político. Sus miembros: autoridades, profesores, estudiantes, jamás deberían aplaudir bobaliconamente consigna alguna ni se vestirse de color rojo o de ningún otro color.
Alguna vez dijo el poeta Pablo Neruda: “Hay que oír a los poetas. Es una lección de historia”. Algo que me recuerda lo que escuché decir muchas veces a ese gran profesor de la Universidad Central de Venezuela que fue Rigoberto Lanz acerca de una filosofía de nuestro continente iberoamericano surgida no de la mano de algún filósofo profesional sino de la voluntad de un poeta. Y, hablando de la voluntad de los poetas y de la fuerza de la poesía, recuerdo un poema de W.A. Auden titulado “Otro tiempo”, en el cual su autor se refiere a esos seres que “… han olvidado como decir Yo Soy”. Acaso, por sobre todo, la enseñanza universitaria trate de enseñar a los jóvenes a decir “yo soy”, a comunicarles el significado de un “yo soy” del cual depende todo lo demás.
El sentimiento más importante que, como profesores, podamos experimentar es convertir nuestras voces en expresión de verdades y razones en las que creemos, que defendemos, que valoramos. El destino de nuestras palabras es su recepción; la posibilidad de iniciar con ellas diálogos de los que germinen preguntas necesitadas de respuestas. Todo diálogo entre maestro y discípulo comienza con la habilidad de aquél para saber qué preguntar y qué respuestas esperar. Y muchas veces, algunas, inesperadas, pudieran enriquecerlo al maestro tanto como a sus estudiantes.

