¿Cómo lograr -se pregunta Cornelius Castoriadis en su texto “El individuo privatizado”- una justa relación entre lo individual y lo colectivo, cómo transmitir la convicción de que la propia plenitud personal no podría jamás entenderse separada por completo de la convivencia social? Su respuesta es clara y contundente: a través de una educación entendida como formación personal, una educación donde la construcción del carácter individual de la persona no se aparte nunca de la impostergable noción de su responsabilidad para con el entorno. Una educación, en fin, como ésa a la que los antiguos griegos dieron el nombre de “paideia”.
El propósito de la paideia, recuerda Castoriadis, era moldear el carácter del ser humano dentro de una visión de finalidad destinada tanto a su formación integral como a su positiva influencia en la sociedad. Una visión que, hoy en día, se me ocurre, tendría como objetivo la formación de seres autónomos; en ningún caso egoístas incapaces de concebir nada fuera de su pequeña parcela de bienestar; ni, tampoco, lerdos fanatizados sin posibilidad para pensar y entender por cuenta propia. En suma: una educación capaz de formar individuos con la potestad de vivir para sí mismos e interactuar con otros.
En algún momento de su obra dice Nietzsche: “Solo existe la noción de responsabilidad, de compromiso en las individualidades. No hay tal cosa en las masas, en las multitudes”. El maestro no forma colectividades, no enseña responsabilidades éticas a homogéneas muchedumbres sin rostro. No: educa personas, comunica humanidad a seres humanos pensantes y sensibles. Al hacerlo, no solo contribuye a definir la personalidad de éstos sino que participa, también, en la construcción de una sociedad mejor. La educación tiene como reto central hacer del estudiante un ser consciente de sí mismo y de su entorno. Ambas cosas -responsabilidad para consigo y con el mundo que lo rodea- están muy relacionadas con el reconocimiento de algo esencial en él: su vocación; y, junto con ésta, el descubrimiento de sí mismo y de su potestad de ser para otros.
Muchas veces me he referido a una idealizada “poética de la educación” a cargo de maestros empeñados en compartir con sus jóvenes discípulos valores y convicciones a través de diálogos en torno a ciertos temas irremplazables. De este cruce de preguntas y respuestas surge un espacio de comunicación creativo, nunca rutinario y, sobre todo, jamás adoctrinador; por el contrario: vivaz, confidente, sostenido necesariamente sobre una esencial confianza. De la parte del discípulo, confianza en la honestidad de su maestro y en la veracidad de su voces; de la parte del maestro, confianza en la disposición del estudiante a escucharlo y a entenderlo. En fin: poética de una educación destinada a formar seres autónomos, conscientes de sí e igualmente conscientes de su responsabilidad para con el cuerpo social al cual pertenecen; capaces de vivir su existencia desde una individualidad libre, pero, a la vez, necesariamente comprometida con su entorno.

