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Soledad Morillo Belloso: Adoloridos

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Hay muchas cosas que no sabemos. No porque falte atención, ni porque la mente se nos disperse en tonterías, sino porque la realidad —esta realidad nuestra— tiene capas que no se entregan de inmediato. Hay silencios que esconden historias, gestos que contienen memorias, decisiones que nacen de dolores que no siempre se cuentan.

En Venezuela todos los días ocurren cosas importantes. Importantes no sólo por su peso político, económico o social, sino porque revelan quiénes somos en lo cotidiano, en lo que no se anuncia, en lo que no se celebra.

Importante es la mujer que abre su negocio aunque la luz haya fallado tres veces. Importante es el maestro que llega a su aula con el sueldo hecho polvo pero con la voz firme. Importante es el joven que decide quedarse, o el que decide regresar, porque ambas decisiones nacen del mismo lugar: la búsqueda de dignidad.

Pero también es importante lo que no vemos del todo. Lo que intuimos. Lo que se mueve por debajo. El dolor.

Este país ha pasado por un trauma terrible, uno que no sabemos cómo nombrar. Un trauma que se instaló lentamente, como una enfermedad silenciosa que nadie imaginaba. Aquel “por ahora” fue apenas el comienzo de un padecimiento que se extendió por años, infiltrándose en la vida diaria, en la forma de hablar, de callar, de temer, de resistir. Y todos —en mayor o menor medida— hemos quedado enfermos. Heridos. Marcados.

Los psicólogos tienen un enorme trabajo por delante. No para “arreglar” a un país roto, sino para ayudar a descifrar las cicatrices que llevamos dentro: la desconfianza, la rabia contenida, la tristeza que se hereda, la sensación de que algo esencial nos fue arrebatado y todavía no sabemos cómo recuperarlo, aunque deseamos volver a tenerlo.

Y aun así, conviene recordar que no somos el único país en estado de sufrimiento. Ocurren cosas importantes en el mundo: pueblos desplazados, guerras que no terminan, democracias que se erosionan, familias que huyen, sociedades que intentan recomponerse. El dolor no es exclusivo, pero sí es íntimo.
Y reconocer que otros también padecen no disminuye lo que vivimos: lo contextualiza, lo humaniza, lo vuelve parte de una conversación más amplia sobre lo que significa sobrevivir a la historia.

No sabemos qué hilos sostienen ciertos silencios. No sabemos qué grietas se abren en los otros cuando sonríen. No sabemos qué tormentas se calman cuando alguien respira hondo antes de hablar.

Y sin embargo, esa falta de certeza no es un vacío. Es un territorio.
Un espacio donde la intuición trabaja, donde la ética se afina, donde la memoria insiste.

En Venezuela, cada día ocurre algo que revela una fuerza o una fractura. Algo que exige ser mirado con cuidado, con honestidad, con esa mezcla de dolor y lucidez que nos ha vuelto expertos en sobrevivir sin olvidar.

Porque lo importante no siempre es lo monumental. A veces es apenas un detalle que, si uno lo mira bien, contiene al país entero.

Y lo que no sabemos —eso que se nos escapa, eso que aún no se nombra— también importa.
Porque allí, en esa zona opaca, se está gestando la historia que todavía no entendemos, pero que un día tendremos que contar.

En un video que la nueva Jefe de Misión del gobierno estadounidense en Caracas hizo circular, la señora habla con sobriedad —es momento de firmeza, pero no de gritos—. No hace revelaciones. No lo necesita. Los hechos están hablando.

Algo me llamó la atención, me sorprendió. Fue un gesto que no creo gratuito ni casual: la señora terminó su mensaje con un “Manos a la obra”. Los más jóvenes quizás no lo saben y los mayores tal vez lo olvidaron: esa era la frase con la que Carlos Andrés Pérez cerraba cada una de sus alocuciones al país. A pesar de que, desde el primer día después de los hechos del 3 de enero, el gobierno de Trump dejó claro que esto es una transición por capítulos, la frase escogida por la Jefe de Misión no fue “Por ahora”. Fue “Manos a la obra”. Da como para un denso análisis de psicólogos.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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