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Rafael Fauquié: Ni privatizados ni ideologizados II

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Lo opuesto a la autonomía -dice Castoriadis en su texto “El individuo privatizado”- sería la heteronomía; es decir: lo que nos llega de afuera, lo que no depende de nosotros, lo impuesto, lo creado o pensado o dictado por otros. En el terreno del pensamiento, lo ideológico sería un perfecto ejemplo de heteronomía. Heteronomía de esa doctrina que no habita en el universo propio de cada individuo, en su experiencia, en sus aprendizajes, en sus esperanzas y sueños. La ideología es algo impuesto, el dogma que se ha de obedecer, la creencia recibida, la enseñanza impuesta. En algunos casos, absorbiendo por completo el seso del ideologizado, la ideología puede significar que éste niegue eso que sus ojos le muestran, que no acepte lo que su inteligencia debería llevarle a entender.

Si la ceguera biológica impide ver -dijo alguna vez Octavio Paz- la ceguera ideológica impide pensar, impide entender. Por ello, el ideologizado ha renunciado a pensar por sí mismo. Ha renunciado a valorar por sí mismo. Ha renunciado a sentir por sí mismo. Es un androide fanatizado, un muñeco ventrílocuo programado para ver, oír y vivir de acuerdo a eso para lo cual fu adoctrinado.

Ni el liviano transeúnte privatizado ni el imbécil ideologizado serían aptos para la construcción de sociedades perfectibles, de sana convivencia entre ciudadanos capaces de reflexión, aptos para la emisión de juicios críticos y libre expresión de ideas en medio de un ambiente de justa tolerancia donde la inclusión sea la norma para todos quienes comparten el mismo espacio social.

Castoriadis se remonta al comienzo de las que fueran las primeras sociedades autónomas: las de la democracia en la antigua Grecia. En ese tiempo, recuerda, las leyes comenzaban con una muy sencilla cláusula: “Le ha parecido bien al Consejo y al Pueblo”. Es el comienzo de una autonomía política que acepta que son los hombres los creadores de sus propias instituciones; y esto exige que esas instituciones sean siempre producto de una deliberación colectiva y, a su vez, consecuencia de individualidades autónomas capaces de entender que cada ser humano está en la obligación de actuar para sí mismo e, igualmente, para el bien común.

Dice Castoriadis: “El liberalismo actual pretende que es posible separar enteramente el dominio público del privado. Pero esto es imposible, y pretender que lo ha realizado es una mentira demagógica. Es solo en un régimen verdaderamente democrático que podemos intentar establecer una articulación correcta entre estas tres esferas, preservando al máximo la libertad privada, preservando también al máximo la libertad del ágora, es decir las actividades públicas de los individuos, lo que hace participar a todo el mundo en el poder público.”

Para Castoriadis la conclusión es obvia: resulta preciso establecer condiciones necesarias para que el ser humano entienda la relación entre el dominio público y el privado; que solo en la armoniosa relación entre una libertad privada y lo que él llama la “libertad del ágora”  -libertad de la deliberación ciudadana, de la concordia, del acuerdo, de la tolerancia, de la participación de todos- será posible conquistar sociedades donde la libertad y la dignidad de la persona sean el absoluto soporte de cualquier conquista social.

 

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